Por el futuro de Colombia

Los grandes problemas del Siglo XXI ya no son exactamente los mismos que los del Siglo XX. En un pasado reciente las cosas fundamentalmente eran blancas o negras, en un mundo partido casi en dos, entre comunistas y capitalistas, pobres y colonialistas, mientras hoy en día todos los análisis deberían resultar a la fuerza más complejos e incluir matices. Resumiendo, llegaríamos a afirmar que la nueva Era de la Globalización que hoy en día estamos viviendo no se trata tanto de una época ideológica como si de tiempos en el fondo más pragmáticos en cuanto a la toma de decisiones. Al menos eso es lo que nos confirman los filósofos de referencia del momento como pueden ser Zygmunt Bauman, con su apreciación sobre la sociedad líquida, y Tzvetan Tódorov, con su elogio de la moderación.

Si debatimos en el nivel internacional, salvo el gran desastre de las guerras sucesivas en Afganistán, Irak y Siria, la geopolítica hegemónica busca soluciones mediante las cuales la mayoría de las piezas del ajedrez mundial puedan obtener beneficios compartidos, sustancialmente económicos, para lo cual se requiere inevitablemente estabilidad política. No se nos debería escapar a nadie entonces que Colombia posee todos los mimbres para alzar el vuelo de forma ostentosa, como país y potencia media regional, sin la existencia de violencia interna, un mejor gobierno, mayor inversión, aprovechamiento de sus materias primas e industria, y una mayor redistribución de las rentas obtenidas entre su población. En esa obviedad parece que se hayan puesto de acuerdo aparentemente las partes enfrentadas del Estado, representado por Juan Manuel Santos, y la guerrilla revolucionaria, al cumplirse más de cincuenta años de guerra continua de baja intensidad. El obstáculo que representan las dudas del antiguo presidente Uribe y parte de la sociedad colombiana ante el proceso de paz, va más allá del puro enfrentamiento individual con su antiguo ministro de defensa y el dolor padecido por las víctimas, y aunque puedan retrasar en sí mismo el hecho de cerrar el último capítulo del libro en cuestión, poniendo el acento en las concesiones y exigencias puestas sobre la mesa en su fase de resolución, no creemos que puedan estar exentas de generosidad y autocrítica por todo lo sucedido, incumbiendo a todas las partes, durante tantas décadas, con el objetivo de llegar a un óptimo deseado.

No en vano, Colombia es el cuarto país por extensión en América, exceptuando siempre a Estados Unidos y Canadá, con casi cincuenta millones de habitantes, representando hasta ahora también el cuarto Producto Interior Bruto (PIB) de la misma zona geográfica (sólo por detrás, pero muy cerca, de México, Brasil y Argentina), posicionándose entre los treinta primeros a nivel mundial. Siendo punta de lanza de las independencias criollas frente a la metrópolis española en 1810, la inestabilidad se instala en su corazón con la consiguiente aparición en 1964 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y otros grupos del mismo tipo posteriores, que engendran, junto con las diferentes respuestas gubernamentales y para-gubernamentales, los condicionantes del miedo, cautiverio, asesinato, narcotráfico y venganza, en la misma lógica de la guerra que venimos conociendo desde siempre, que torpedeaban cualquier factor de éxito futuro. Con la convicción de poder superar esa fase, Colombia tiene la oportunidad de posicionarse paralelamente como una economía emergente, de la misma manera que lo pueden ser en otras zonas del mundo Sudáfrica, Vietnam, Indonesia, Egipto o Turquía, Estados que sin duda tienen que solventar conflictos políticos enquistados para dar mayor estabilidad no sólo a ellos mismos sino a toda la región en la que se ubican. Desde el cambio de siglo, el país ha ido creciendo incansablemente, y pese a todo, hasta llegar a promedios cercanos al seis por ciento anual, con sectores estratégicos bien posicionados en la economía mundial como pueden ser la minería o la generación de energía, el petróleo mismo, la ganadería, el café y la caña de azúcar, o el desarrollo de la construcción y del turismo que igualmente soplan a su favor. Colombia tiene ante sí un reto decisivo que tenemos que apoyar sin duda después de tanto sacrificio y cansancio acumulado. Existen los cimientos y hace falta pues la inteligencia suficiente para llegar hasta el final e instalar, de una vez por todas, una paz definitiva y duradera. Quizás se tenga que abandonar la política como victoria de una ideología determinada para optar por la política como transformación práctica en beneficio de todos.

Y quizás tras los pasos y las lecciones colombianas, dentro de muy poco, si es que efectivamente fructifican, continúen las sinergias suficientes para alcanzar un acuerdo bueno también para Venezuela. Entonces ya toda la región se retroalimentaría en positivo, y como se suele decir: al fin “otro gallo cantaría”.

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