Podemos: ¿de partido anticasta a estandarte de la plurinacionalidad?

¿Podemos quiere ser una Izquierda Unida grande o un nuevo PSOE? En términos simplificados, ese parece ser el debate abierto desde hace meses en el seno de la formación, y que se está recrudeciendo tras la convocatoria de la próxima asamblea de Vistalegre. Las dos posturas personalizadas en torno a Pablo Iglesias e Iñigo Errejón discutirán sobre el posicionamiento del partido –su discursos y sus políticas- en el eje izquierda/derecha. No está claro que Errejón sea más moderado que Iglesias, pero sí apuesta por ampliar el electorado de Podemos hacia el centro-izquierda. Hasta ese punto ha cambiado un partido que, cuando se formó, recurrió intensamente al eje populista contra la casta para eludir su definición ideológica.

Sin embargo, a pesar de la importancia que ese debate tiene par el futuro de Podemos, hay otro que puede condicionar con mayor trascendencia la evolución del partido y su propia estructura como organización: la cuestión territorial. Que en realidad son tres y que a menudo se presentan solapadamente: la organización del Estado, el reconocimiento de las identidades nacionales (comenzando por qué se entiende por nación) y la cuestión instrumental del referéndum como forma de vehicular la voz de estas.

En una investigación publicada recientemente, argumentamos que, en realidad, la principal transformación de Podemos en estos casi tres años tiene mucho que ver con este segundo debate, y está relacionada con la competencia partidista que Podemos tuvo que afrontar en su camino hacia la Moncloa (que, de momento, se detuvo en la Carrera de San Jerónimo). Es posible que si se hubieran convocado elecciones generales en los meses posteriores a las elecciones europeas de 2014, la historia de Podemos habría sido completamente distinta (incluso en el supuesto de haberse repetido los mismos resultados que se dieron, por ejemplo, en junio de 2016). Y habría respondido al relato que proyectaron los medios de comunicación en aquel otoño de 2014 e invierno de 2015: el de un partido que venía a derribar las elites del régimen de 1978. Pero una vez disipadas las especulaciones sobre un adelanto electoral, el calendario político impuso a Podemos unos derroteros distintos a los que previeron quienes lanzaron la convocatoria del partido en enero de 2014. Podemos tuvo que descender a los barros de la política autonómica y local española. Y ahí cambió todo.

Podemos había nacido con la intención de aglutinar el malestar que generaron las políticas de austeridad llevadas a cabo desde 2010 por los gobiernos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y del Partido Popular (PP). Sus apoyos en las elecciones europeas de 2014 se procedieron de bolsas de votantes indignados, con fuertes sentimientos anti-establishment y llenos de expectativas incumplidas (como muestran los estudios de José Fernández Albertos y de Luis Ramiro y Raúl Gómez).  Un discurso populista hábilmente articulado, una gran capacidad para la agitación en las redes sociales y una notable presencia en grandes medios de comunicación fueron algunos de los aspectos clave del éxito del partido en su etapa fundacional. Otros elementos muy destacados fueron la creación de una organización que combinaba, no por casualidad, una extraordinaria centralización del poder entorno a su líder, Pablo Iglesias, una muy laxa definición de la membresía y grandes dosis de democracia interna. Visto en perspectiva, el éxito del proyecto es incontestable: en menos de tres años se ha consolidado como una organización con cientos de miles de inscritos, tiene representación política en el parlamento nacional, en todas las Comunidades Autónomas y en el Parlamento Europeo, y le ha faltado poco para convertirse en el principal partido de la izquierda.

La cara menos visible de esta fulgurante evolución tiene que ver con la implantación de Podemos en el nivel local y autonómico. Con el fin de mantener el control sobre el proceso de crecimiento del partido, los dirigentes de Podemos rechazaron presentarse a las elecciones locales de 2015.  No obstante, el partido participó activamente en la campaña local y luego se benefició de la corriente de cambio que trajeron los alcaldes de la ‘nueva política’ (cuyas victorias fueron, en realidad, muy ajustadas electoralmente, sin mayorías absolutas, dando lugar a gobiernos inestables en minoría). Sin embargo, al evitar el coste seguro que hubiera tenido para una organización en proceso de creación el tener que coordinar miles de candidaturas locales, Podemos dejó margen para que, en algunos territorios importantes, emergieran nuevos liderazgos, desligados de la jerarquía del nuevo partido. Esto abrió una ventana de oportunidad a proyectos locales muy parecidos a los de Podemos, pero sin someterse a la autoridad y control de Pablo Iglesias. Por su trascendencia, los más importantes fueron Barcelona en Comú liderado por la activista Ada Colau, Ahora Madrid encabezada por la veterana jurista Manuela Carmena  y En Marea en diversas ciudades de Galicia. Ada Colau es el caso ejemplar.  A diferencia de Carmena, cuyos apoyos están determinados por la gente de Podemos, la victoria de Colau en Barcelona abortó el desarrollo de un gran Podemos catalán. Y con ello, supeditó al partido de Iglesias y Errejón a una dinámica ajena, que ahora trata de convertirse en el gran partido del centro-izquierda catalán no independentista. El partido de Colau.

Esa evolución también se dio en el ámbito autonómico. A partir del verano de 2015, Podemos comenzó una etapa de intensa colaboración con la izquierda regional en Catalunya, Galicia, Valencia y, más tarde Baleares (pero no en Euskadi o Navarra). Estos acuerdos sin duda contribuyeron a sus éxitos electorales, aunque no fueron suficientes, ni siquiera con el apoyo de IU, para superar al PSOE.

Las consecuencias de esta estrategia de Podemos de competición en la política autonómcia y local son evidentes. El proceso de confluencia con las izquierdas regionales ha obligado a adaptar el discurso y parte de la agenda política del partido. Tras unos primeros intentos de adaptar la retórica populista a la arena territorial (luchando contra las castas regionale so locales), Podemos tuvo que afrontar abiertamente la agenda de los nacionalismos periféricos. El ejemplo más conocido es la petición de un referéndum para la autodeterminación de Cataluña como reclamo de la campaña electoral de 2015. Pero lo mismo puede decirse de las propuestas para formar grupo parlamentario propio de sus socios valencianos, catalanes y gallegos, que finalmente no llegaron a prosperar. Este giro en la estrategia electoral y discursiva también está empezando a tener sus derivadas organizativas. Hasta el momento la cuestión más relevante tiene que ver en cómo se estructura la vinculación organizativa entre Podemos y sus socios. En Galicia se ha apostado por la creación de una organización de nuevo cuño y de afiliación directa. Ya actualmente  se está debatiendo al respecto en Cataluña y en  la Comunidad Valenciana. Es probable que este giro afecte también al modelo centralizado de funcionamiento surgido de la primera asamblea de Podemos. Las recientes peticiones de mayor autonomía por parte de la rama andaluza del partido así parecen sugerirlo.

Todos estos debates tienen un claro reflejo en la fisonomía de su electorado, en el que Podemos parece estar substituyendo al PSOE como referente para los partidarios de una mayor descentralización. La evidencia que aportamos en nuestra investigación así parece corroborarlo. Junto a otros factores sociales ya conocidos como la edad, la residencia, el uso de las nuevas tecnologías, la ideología o la preocupación por la situación económica, las preferencias sobre la cuestión territorial constituyen un factor relevante en el voto a Podemos frente a partidos como el PSOE o Ciudadanos. Además, las preferencias territoriales también son un elemento de heterogeneidad entre sus votantes, sobre todo cuando lo que se discute es sobre la independencia de Cataluña. Es allí donde la confluencia en la que participa Podemos ha conseguido aparecer como opción estratégica ante muchos catalanistas de izquierda que en el pasado habrían votado por el PSOE.

El futuro de Podemos pasa por cómo mantiene esos apoyos circunstanciales al tiempo que consolida un voto de izquierda propio. El PSOE supo hacerlo durante décadas, aunque ahora esté generando dudas sobre qué España quiere representar: la que le ha dado 85 escaños o la que le vuelva a dar 169 escaños como en 2008.

Paradójicamente, a Podemos puede haberle pasado como al independentismo catalán: se beneficiaron de una ola de desafección y malestar político que los encumbró en las encuestas, pero que no supieron o no pudieron aprovechar inmediatamente para sus respectivo fines. Cuando esa ola ha empezado a declinar, ahora se ven emplazados a operar con la complejidad de un electorado fragmentado y multidimensional. Y para ello, las herramientas de hace tres años son mucho menos efectivas. Es por ello que uno de los mayores retos al que se enfrenta el partido es cómo adaptar lo que queda de su retórica populista a la complejidad de la identidad nacional en España, y muy en particular a las aspiraciones de los movimientos secesionistas de Cataluña y País Vasco. ¿El partido de España o el de las Españas? Responder a ese dilema en términos organizativos y de propuestas generará sin duda una fuente de tensión con sus aliados regionales. En la política española ese dilema es el que marca el camino que va de los cielos a los infiernos.

Este artículo también ha sido elaborado por Astrid Barrio y Óscar Barberà y forma parte de una colaboración con la revista académica South European Society and Politics.

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