¿Podemos aguantar tanta polarización en Cataluña?

¿Cuántas veces han oído a algún político llamar miserable a otro últimamente? En estos o parecidos términos, en Cataluña, muchas. El creciente recurso a tratar las diferencias políticas en términos de ruptura, de identidad o de pureza moral (dignidad, honestidad…) favorece las descalificaciones rotundas o, simplemente, el insulto. El procés contenía todos estos ingredientes: una revolución que aspiraba a quebrar un Estado y su marco constitucional para construir otro, promocionando (inevitablemente) unas identidades en detrimento de otras, y dotado de una ostentosa superioridad moral.

El resultado ahora nos resulta evidente: una sociedad polarizada en torno a la cuestión territorial, pero también identitaria. También se hacen patentes sus consecuencias: se rompen los puentes y se achican los márgenes para el acuerdo entre fuerzas opuestas, favoreciendo la segmentación política y social en bloques, y dificultando el cambio de parejas entre coaliciones de gobierno distintas. La fragmentación puede hacer el resto, conduciendo la escena catalana hacia la ingobernabilidad, incluso en el caso de mayorías sostenidas por las pinzas de la necesidad momentánea.

No es un fenómeno exclusivo de Cataluña. El aumento del disenso en valores y opiniones políticas es una tendencia en las democracias contemporáneas. En Estados Unidos, han visto en las últimas dos décadas (incluso antes) cómo la creciente importancia de los asuntos morales y religiosos, así como la desafección política de miles de trabajadores, acrecentaba la polarización social y política, devorando los tradicionales espacios de acuerdo entre las elites políticas republicanas y demócratas. El estudio de Campbell sobre ello (Polarized, 2016) es incontestable. Trump supo beneficiarse de ello, y no dejará de alimentarla desde su cuenta de Twitter.

En Europa, la polarización tiene su origen más reciente, y aunque el ritmo varía por países ha acabado afectando por doquier, a menudo en beneficio de las emergentes opciones populistas y euroescépticas. Además, allí donde los dirigentes han recurrido a referendos o votaciones plebiscitarias para dirimir temas divisivos, el resultado ha empeorado la situación: votaciones aprobadas o rechazadas por la mitad escasa con la oposición frontal de los perdedores, o gobiernos de mayorías más o menos débiles pero sin margen de diálogo con los adversarios. Es una generalización quizá demasiado imprecisa, pero mucho más nítida si miramos a Reino Unido o algunas democracias del este.

Sin embargo, Cataluña ha alcanzado un nivel inédito de polarización respecto a la cuestión nacional en el período democrático. Si medimos esta polarización mediante uno de los indicadores usuales en ciencia política, basándonos en las opiniones de los ciudadanos y su percepción de los partidos, la evolución es clara (gráfico 1).

Aunque los datos de los años 80 son más dispersos y no del todo comparables, sí nos sugieren que, hasta 2010, los ciudadanos mantuvieron un nivel de disenso relativamente estable, entre 3 y 4 puntos sobre una escala de 10. Como suele suceder, la polarización percibida entre los partidos era ligeramente superior. Pero a partir de 2012 esta se incrementó casi un 20% entre ciudadanos, y aún más entre partidos. Tengamos en cuenta que el disenso en cuestiones básicas por encima de 5 suele ser indicador de un grado destacable de crispación en la vida política. En las elecciones del 27S de 2015, la polarización asignada a los partidos por los ciudadanos casi alcanzó los 7 puntos.

La división del electorado y de los partidos en torno a la cuestión nacional es si cabe más llamativa si la comparamos con la polarización en términos de izquierda-derecha, eje tradicional de la confrontación política europea. En realidad, el disenso en términos de identidad siempre ha arrastrado en Cataluña más polarización que en términos ideológicos (gráfico 2), y esta ha tendido a ser mayor en las elecciones autonómicas que en las generales, como apunta Lucía Medina.

De hecho, la polarización ideológica en España ha sido más débil de lo que suelen reflejar las broncas mediáticas, aunque en 2016 el disenso alcanzó su mayor nivel desde la Transición: 4 puntos entre los ciudadanos y 5 entre los partidos (gráfico 3). Una situación provocada por la crisis económica y financiera, pero que en Cataluña no se plasmó en las actitudes ideológicas, sino en la cuestión nacional.

No existen muchas certezas sobre qué consecuencias a largo plazo generan niveles altos de polarización sociopolítica. Pero el análisis comparado de este fenómeno suele sugerir dos apuntes útiles para el pos-21-D. Uno, la polarización no desaparece de un día para otro. Podría incluso convertirse en algo usual para los jóvenes que han empezado a votar en los últimos años, si se acostumbran a entender las diferencias partidistas con una lógica ganador/perdedor antes que con espíritu de concordia y entendimiento entre opuestos. Caldo de cultivo para una Cataluña segmentada en dos comunidades.

Por otro lado, y esto ya es visible, la polarización encorseta excesivamente a los representantes políticos dispuestos a moderar sus planteamientos pero reacios a asumir sus costes, si temen con ellos el sacrificio de su carrera política. Quizá los líderes del independentismo esperan al 22D para redefinir sus estrategias, pero no está claro que puedan hacerlo. El 26 de octubre Puigdemont se vio confrontado con la polarización que previamente él mismo (junto a sus socios de gobierno) había contribuido a exacerbar. Y tomó entonces la decisión de ponerse al frente –y no enfrente- de la ola.

Quizá con ello condujo Cataluña a una situación peor de lo que habría querido, pero su decisión no carecía de irracionalidad: la polarización aleja a los votantes que nunca te votarán, pero también sabemos que refuerza el apego partidista de quienes sí te votaron, incluso con dudas. Por eso, no parece que quienes impulsaron la ola de la polarización puedan estar interesados en diluirla, si se siguen beneficiando de ella. ¿Acabarán convirtiéndola en un tsunami?

Nota metodológica: He medido la polarización para España y Cataluña (datos de postelectorales del CIS) con la fórmula propuesta por Russell Dalton para comparar sistemas de partidos, y que suele ser más conservadoras que otras anteriores.

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