Pobreza y desigualdad: las dos caras de la misma moneda

Que la humanidad ha evolucionado a un estado en el cual disfrutamos de un bienestar inimaginable hace tan solo un par de centurias se debe exclusivamente al avance tecnológico. Este ha permitido, gracias a su asociación con la division del trabajo, que la productividad se haya disparado, que los costes de producción hayan colapsado y que, en definitiva, haya permitido a parte de los habitantes de este planeta, los del primer mundo, disfrutar de un estilo de vida envidia del resto de sus habitantes.

El fuego, el arado, la rueda, la escritura, el número cero, el vapor, la electricidad, el motor de explosión, la computación,… todos estos cambios llegaron para mejorar nuestras vidas y permitirnos escapar de milenios de subsistencia y penurias. Pero además de elevar el nivel medio de bienestar de la sociedad, en general, este cambio tecnológico ha sido en su mayor parte integrador. Por ejemplo, Goldin y Katz (1996) muestran que, pese a que la revolución industrial del XIX fue sobre todo igualitaria, pues eliminó el premio salarial que disfrutaban algunos de los trabajadores cualificados como eran los artesanos, a partir del inicio del siglo XX, el cambio tecnológico necesitó de trabajadores medianamente cualificados, los llamados “blue-collars”, lo que permitió la creación de una clase media “laboral”. A pesar de la creación inicial de un proletario, y de las revoluciones que esto provocó en la medianía del siglo XIX, conforme el desarrollo avanza en las últimas décadas de dicho siglo y se intensifica durante el XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad industrial y de servicios se transforma en una sociedad más igualitaria, con menores diferencias y con mejores estándares de vida.

Sin embargo, el cambio tecnológico que estamos experimentado en estas cuatro últimas décadas parece mostrar una cara algo más amarga, menos amable, que los experimentados en momentos anteriores. Así, como ya he escrito en numerosas ocasiones y en diversos foros, el actual cambio tecnológico, a pesar de mejorar la vida media y general de la sociedad, está creando una brecha en la misma y por varios motivos. El primero de ellos porque expulsa un tipo de trabajador del proceso productivo, en particular este “blue-collar”. Si las revoluciones anteriores suprimían empleos excesivamente cualificados, aunque muy específicos, por trabajadores igualmente cualificaciones aunque en tareas más concretas y de más fácil aprendizaje y mejor amoldadas a los nuevos procesos productivos, ahora, el trabajador que es expulsado de los procesos productivos es aquél cuyas tareas pueden ser realizadas por los ordenadores y sus extensiones robóticas. Estos trabajadores están siendo desplazados hacia empleos donde se realizan otras tareas, en algunos casos manuales, donde ninguna o poca cualificación es necesitada y otros, los más afortunados, hacia empleos donde la cualificación exigida es mucho mayor, y que es precisamente donde este cambio tecnológico es bien recibido (aquí).

A este proceso de mejora tecnológica hay que añadir el efecto que la globalización está generando en las sociedades acomodadas de Occidente. A decir verdad no estábamos preparados para absorber en nuestros mercados, sin coste, a más de mil quinientos millones de trabajadores con ansias de competir. Esta “invasión” comercial ha trastocado nuestras industrias y nuestros mercados de trabajo. Y por mucho que estos hayan sido flexibles y hayan podido reaccionar rápidamente, las heridas están siendo intensas, sin que lamerlas nos permita encontrar consuelo por el dolor infligido.

Y aunque los efectos generales de tales cambios, tecnológico y comercial, pudieran ser positivos en el largo plazo, en el corto y medio plazo los costes pueden ser elevados. Frente a los cambios integradores de antaño, estos parecen ser algo más nocivos para una parte más importante de la población.

La principal consecuencia es el aumento de la desigualdad salarial. Muchos son los economistas que han concentrado su análisis en esta cuestión. Así, existen magníficos trabajos  para Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y más recientemente para España. Aunque las experiencias son diferentes, evidentemente debido a muchas otras variables institucionales y económicas que pueden modelar los efectos de similares causas, en general se acepta que estas dos grandes fuerzas del cambio están o van a elevar las diferencias entre los ciudadanos.

Pero además, esta tendencia en la desigualdad va a tener un efecto sobre la pobreza. Personalmente dudo que tanto la pobreza como la desigualdad sean dos manifestaciones diferentes de distintas tendencias socio-económicas. Ambas puede estar muy interrelacionadas y compartir causas comunes, como así, recientemente, expliqué con detalle en una entrada (aquí). Muy resumidamente, la transferencia de empleos desde ocupaciones de ingresos medios (rutinarios, tanto industriales como de servicios) hacia otros manuales mucho peor remunerados, puede crear una bolsa de trabajadores con salarios reales de baja capacidad adquisitiva. Además, el aumento de la productividad derivado del propio cambio tecnológico elevará el nivel de vida medio y que actuará como un ácido corroyendo los ingresos estancados o en colapso de los trabajadores con empleos manuales. Este aumento de la desigualdad por la caída de ingresos reales en las capas más bajas de la sociedad llevará inexorablemente al aumento de la pobreza. Es por ello que no tiene sentido hablar de dos problemas diferentes, sino atender a ambos problemas como diferentes manifestaciones de un mismo evento, el efecto del cambio sobre parte de la sociedad.

Hay algunas experiencias reales que parecen dar la razón a las previsiones argumentaras en los párrafos anteriores. Así, por ejemplo, en la Meca del desarrollo tecnológico, como es Silicon Valley y la Bahía de San Francisco, las desigualdades han aumentado considerablemente en los últimos años. Es esta ciudad, una de las más caras para vivir e incluso visitar de todos los Estados Unidos, lo que no ayuda a los grupos de población con menores ingresos. De hecho, varias empresas del valle se han dado cuenta de este problema y han iniciado por su cuenta y riesgo algunos experimentos con transferencias de renta a las familias más necesitadas para evaluar efectos y proyectar de este modo en el futuro posibles políticas públicas que atenúen un problema que parece va a intensificarse.

En conclusión, aunque el avance tecnológico es deseable pues es la última causa de crecimiento económico y desarrollo, el que actualmente experimentamos puede estar amenazando unos de los más preciosos anhelos de toda sociedad desarrollada, la reducción de las desigualdades. Si con anterioridad, primero el mercado y después la actuación pública consiguieron atenuar las diferencias, ahora parece que al menos el primero puede estar ejerciendo una presión contraria. A este efecto de cambio tecnológico debemos sumar los efectos de la incorporación al primer mundo de economías superhabitadas con sus anhelos y deseos de alcanzar igualmente cotas de bienestar hasta ahora propiedad del primer mundo.

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