Pensar el 2-O: la democracia no existe sin conflicto, pero no todo conflicto es democrático

El conflicto es inherente a la política: no es posible concebir un debate político sin conflicto. Asumiendo tal premisa, Chantal Mouffe ha desarrollado la teoría de una democracia ‘agonista’, en la que el conflicto entre posturas ideológicas opuestas se canaliza de tal forma que los diferentes actores se conciben unos a otros como rivales, en lugar de enemigos. Este matiz es utilizado por Mouffe para distinguir un conflicto agonista de uno antagonista. Desde un punto de vista agonista, un conflicto entre rivales que se oponen políticamente, pero que se conciben como legítimos participantes del debate, es sano para una sociedad democrática. El objetivo de un debate agonista no debe ser llegar a un consenso entre los actores políticos, como asumen teóricos de la democracia deliberativa, puesto que la oposición entre ellos no puede llevar a los actores a aceptar una decisión común y ‘racional’ que es buena para todos. Por el contrario, el objetivo de un debate agonista debe ser el compromiso, un concepto bien diferente al del consenso. Llegar a un compromiso entre actores rivales implica que ni unos ni otros acabarán totalmente satisfechos con el resultado, pero todos lo aceptarán como legítimo.

El marco teórico expuesto podría aplicarse perfectamente al caso de Cataluña. La Guardia civil se ha dedicado en estos últimos días a custodiar lugares donde podrían estar imprimiéndose las papeletas para el (pseudo)referéndum catalán por la independencia del 1 de octubre, una votación que ha sido definida por algunos (incluidos miembros del PP y de Ciudadanos) como un ‘golpe de Estado’. Al mismo tiempo, la mayoría parlamentaria de Junts pel Sí y la CUP ha impulsado la Ley de Transitoriedad jurídica en una sesión plenaria tan cómica en algunos instantes (dar dos horas para introducir enmiendas a una ley que puede suponer la independencia de Cataluña sólo puede entenderse como una broma), como dramática en otros (que la mayoría de la oposición se retire del parlamento como protesta al procedimiento de dicha ley no es una buena noticia desde un punto de vista democrático).

El conflicto entre unos y otros puede conceptualizarse de esta forma como antagonista, pues ambos bandos no se conciben como legítimos interlocutores, lo cual está reflejado en la unilateralidad de sus actos. Este tipo de conflicto es poco democrático, en tanto en cuanto unas mayorías parlamentarias limitadas (la del PP y Ciudadanos en el parlamento español, y la de Junts pel Sí y la CUP en el parlamento catalán) invisibilizan a una gran parte de la sociedad. La unilateralidad de los actos de ambas mayorías es en este sentido el mayor problema. Si bien es cierto que algunos independentistas (no todos) toman a todo aquel que se oponga al referéndum como participante ilegítimo del debate, también lo es que algunos miembros del gobierno español no tienen intención alguna de llegar a un compromiso con los actores independentistas. En este contexto, la voz de actores como Joan Coscubiela (diputado de CSQP – ICV) ha sido un soplo de aire fresco, pero los polos antagonistas siguen dominando el debate político. Jordi Évole fue atacado a través de Twitter por la organización independentista Súmate debido a su ‘equidistancia’, mientras en la Universidad de Valencia tuvo lugar una pintada amenazando de muerte a Anna Gabriel por su postura favorable a la independencia. Tales ejemplos son síntoma de una creciente polarización antagonista del debate político, donde los puentes entre unos y otros se vienen abajo día tras día. De no salir de este maniqueísmo, cualquier decisión que se tome con respecto al referéndum y la independencia será percibida como ilegítima por el bando perdedor.

Pase lo que pase el 1 de octubre, partiendo de la democracia agonista, el objetivo a partir del 2 de octubre debería ser establecer un marco de debate político donde todos los actores se reconozcan unos a otros como legítimos participantes del debate, al tiempo que introducen en la esfera pública sus demandas, en algunos casos opuestas. La participación de posturas opuestas en un mismo espacio facilitará la aceptación de cualquier decisión que se tome. Por ello, los demócratas, más allá de ser favorables o no a la celebración de un referéndum en Cataluña (y de la postura con respecto a la independencia), deberían unirse en la construcción de un debate agonista. En tal debate no se debe buscar el consenso, pero sí el compromiso, cuyo contenido dependerá de la correlación de fuerzas política que exista. De no canalizarse el conflicto de forma agonista, la democracia (tanto la española como la catalana) se verá dañada. O se canaliza el conflicto de modo que se reconozca al otro en su diferencia, o no habrá democracia.

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2 Comentarios

  1. Carlos López
    Carlos López 09-24-2017

    Me gusta la diferenciación agonismo vs antagonismo.

    Pero yo creo que nunca se convence a un fanático (o maniático que diría Savater) con razones. Vive de la emoción más fuerte, tanto sea de odio como de idealización. Por ello nunca aceptará ser limitado al agonismo pudiendo desmadrarse con el antagonismo.

    En realidad el problema es que los discursos meramente emocionales calan en la sociedad. Y son discursos muy inmaduros, a los que no se puede tratar como propuestas responsables (transacciones, diálogo…). Hay que reconocer su faceta emocional y aplicar respuesta específica.

    Yo propongo esto:
    – Diagnóstico como emocional
    – Caracterización de la manipulaciones concretas en juego
    – Respuesta asertiva, que ser irracional no proporcione beneficio.

    La faceta emocional del nacionalismo
    http://pajobvios.blogspot.fr/2017/09/la-faceta-emocional-del-nacionalismo.html

    • Carlos López
      Carlos López 09-24-2017

      Corrección. Respecto de lo de Savater, quise decir “maniaco” (vs maniático, que viene a ser un agonista razonable)

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