Partidos extremistas, ¿esta vez es diferente?

El 2016 ha sido, quizás, el año más incierto políticamente de las últimas décadas. Y el hecho no es para menos pues si algo ha caracterizado a este año ha sido la sensación de rechazo, indignación y preocupación, que se ha respirado a lo largo de la población tanto de Europa como de Estados Unidos. Tal ha sido el clima de incertidumbre que varias han sido las alarmas que han saltado entre los analistas: ¿Por qué está surgiendo un rechazo cada vez más importante al modelo económico actual? ¿Por qué lo que hasta el momento parecía funcionar, ahora se ha convertido en objeto de toda crítica desde los sectores más extremistas del espectro político? Y lo que es más crucial, todo este rechazo, ¿es nuevo?

La respuesta a esta última pregunta no es para nada simple pero, en breve, diré  que este fenómeno de rechazo al modelo económico o a la globalización desde una visión más amplia, no es para nada nuevo. Este malestar no es propio ni del año 2016, ni de la Gran Recesión, ni de la globalización, ni de la historia reciente…al menos desde el siglo XIX. Sin entrar en visiones más pesimistas que ya ven en la actual situación de inestabilidad política, signos y semejanzas con la frustración que llevaron al poder al partido fascista de Mussolini o al partido nazi de Hitler en la década de los años 30 del siglo XX, en estas breves líneas argumentaré que hay razones para pensar que esta situación es tan sólo transitoria y que podría haber motivos para ser más optimista acerca del futuro.

En concreto y de acuerdo a la evidencia disponible, pretendo mostrar que este malestar social que recorre los países desarrollados parece seguir un patrón histórico recurrente tras el estallido de una crisis financiera. De hecho, este rechazo, materializado fundamentalmente a través del voto a partidos populistas de extrema derecha, tiende a durar en torno a diez años, alcanzando su pico a los cinco años desde el inicio de una crisis de este tipo. Con esto querría matizar que los efectos que vamos a comentar únicamente tienen lugar en las crisis financieras y no en otras crisis económicas cuyo origen es distinto del financiero, pues en estas últimas no parece apreciarse dicho patrón posterior de voto a partidos extremistas. 

Para ser honestos, tal ejercicio empírico no seré yo quien lo realice, sino que me basaré en un trabajo muy interesante de los investigadores Funke, Schularick y Trebesch publicado recientemente en la European Economic Review. Dichos autores elaboran una base de datos única con la recogen información sobre el tipo de voto a partidos extremistas, de izquierdas y de derechas, para 20 países avanzados y a lo largo de un período de tiempo muy extenso, 1870-2014. Intencionadamente se centran sólo en países avanzados y no en países emergentes pues, aparte de tener más información histórica para los primeros, su interés estriba en conocer cuál es el patrón de voto cuando estallan distintos tipos de crisis. Con este fin, y en el espíritu de Reinhart y Rogoff (2009), distinguen entre crisis financieras, definidas como aquellas cuyo estallido ocurre a los dos años de haberse alcanzado el pico alcista de una burbuja especulativa, y crisis no financieras que llegan a alcanzar, en media, contracciones del PIB del 5,82%. Al disponer de un período de años tan amplio, incluso pueden diferenciar entre crisis y patrones de voto que tuvieron lugar antes y después de la Segunda Guerra Mundial, siendo “curiosamente” las crisis no financieras las predominantes en el primero de estos sub-períodos. A su vez, esta distinción temporal permite a estos autores diferenciar, dentro de los votos de la extrema derecha, aquellos que pertenecen a partidos propiamente fascistas y que son anteriores a la Segunda Guerra Mundial, de los votos a partidos de extrema derecha (“New Right”), más propios de las últimas décadas y que muestran posturas más moderadas y centradas en el nacionalismo, la xenofobia y el secesionismo. Aparte, no sólo se centran en el porcentaje de votos de la extrema derecha, sino que recurren a otras medidas que ofrecen más detalle de la incertidumbre política, como son el número de partidos en el parlamento, la participación de partidos de extrema derecha en el Gobierno, o el nivel de fraccionamiento del parlamento, medido como la probabilidad de que el poder legislativo se lleva a cabo por dos partidos distintos. Finalmente, y como indicador adicional de la agitación social que se vive tras una crisis financiera, el estudio recoge información acerca del número de huelgas generales, manifestaciones y protestas violentas callejeras.

Con toda esta información, el artículo se centra en el patrón de voto a partidos de extrema derecha, aunque también recoge datos sobre el voto a partidos de extrema izquierda (post-comunistas y de izquierda radical). Su énfasis en la extrema derecha estriba en que, históricamente, los partidos de extrema izquierda no han conseguido atraer un mayor porcentaje del electorado tras una crisis financiera. Tal y como muestra la Figura 1, las diferencias en el voto a partidos extremistas antes y después de una crisis, únicamente son significativas para el caso de la extrema derecha, mientras que la extrema izquierda no consigue levantar pasiones entre su electorado menos tradicional.

Figura 1: Porcentaje de votos a partidos de extrema derecha y extrema izquierda antes y después de una crisis financiera. 1870-2014.

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Fuente: Funke et al.

Por su actualidad, los autores se encuentran interesados en los patrones de voto a la extrema derecha en las últimas elecciones, fundamentalmente a nivel europeo. Así, tal y como muestra la Figura 2, son estos partidos los que mayor concentración del voto han experimentado en las elecciones europeas, en especial tras el estallido de la crisis de 2008. Es más, este fenómeno de voto a partidos radicales de derechas (no fascistas) es un elemento característico del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, llegando a darse en muchos países con incrementos del voto de hasta del 30%. Por el contrario, en los años anteriores a dicha guerra, únicamente fueron Alemania e Italia los que colapsaron dicho patrón de voto. Estos resultados son robustos incluso quitando del análisis crisis atípicas históricamente tales como la Gran Depresión (Crack del 29) y la Gran Recesión (Crack del 2008).

Figura 2: Porcentaje de votos a partidos de extrema derecha en elecciones europeas. 2004-2014.

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Fuente: Funke et al.

Como adelantábamos anteriormente, cogiendo una base de datos tan amplia en años y número de países es cuando realmente podemos conseguir mejores evidencias acerca de qué patrones siguen los países tras el estallido de una crisis. En un primer lugar, los autores argumentan que, en las últimas décadas y en cada crisis financiera, los partidos de extrema derecha acumulan un porcentaje importante de votos. Tras ello, las mayorías parlamentarias previas terminan hundiéndose, los parlamentos se fraccionan y un destacable número de partidos de extrema derecha termina entrando en los hemiciclos nacionales. Este patrón parece alcanzar su cenit a los cinco años tras el inicio de una crisis. Posteriormente, esta tendencia al voto de extrema derecha se revierte y es a partir del octavo año cuando los autores del estudio no encuentran que el voto a estos partidos resulte significativamente distinto de cero. De hecho, muestran evidencias de que la radicalización política se va reduciendo con el tiempo, la fragmentación política vuelve a niveles pre-crisis y tan sólo la entrada de nuevos partidos en el parlamento es la única variable que parece mantenerse a lo largo de los diez años de análisis. Este comportamiento puede apreciarse fácilmente en la Figura 3, donde se recoge la tendencia (línea roja) tanto en el voto a partidos de extrema derecha (eje de ordenadas), como en el resto de las tres variables (participación en el gobierno, fraccionamiento del parlamento, número de partidos en el parlamento), para un período temporal de diez años (eje de abscisas) tanto antes como después de la Segunda Guerra Mundial.

Figura 3: Proyección de distintas variables a lo largo de diez años para el conjunto de los 20 países de la muestra. 1870-2014.

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Fuente: Funke et al.

Estos resultados que obtienen parecen ir en línea con el clima de malestar social que mencionábamos al principio. Este malestar puede recogerse a través de las variables referidas a protestas callejeras, huelgas y manifestaciones. Si vamos a los datos que ofrecen estos autores y que están resumidos en la Figura 4, es en este punto donde el artículo parece quedarse corto, pues efectivamente nos muestran que estas variables sobre el clima social alcanzan su máximo entre los cuatro y cinco años tras el inicio de una crisis, pero no ofrecen evidencias más detalladas acerca de qué ocurre en un período temporal de diez años.

Nuevamente es necesario remarcar que, todos estos patrones que hemos visto, apuntan a que son propios de las crisis financieras y no de otras crisis económicas como, por ejemplo, las Crisis del Petróleo de los años 70. Los autores llevan a cabo multitud de análisis para conocer la robustez de este resultado, y todos ellos indican que las crisis no financieras, aunque también generan malestar social, únicamente lo hacen en sus primeros dos años sin llegar a resolverse en un voto creciente hacia la extrema derecha. Los autores plantean diferentes hipótesis acerca de por qué las crisis financieras parecen ser percibidas de manera distinta entre la población, llevando con ello al auge de la extrema derecha. Una primera razón podría ser que las crisis financieras son percibidas como más injustas socialmente ya que los gobiernos suelen recurrir a políticas que implican riesgo moral o incluso favoritismos hacia ciertos grupos. Un ejemplo de esto para el caso español sería el rescate al sistema bancario por parte del Estado. Otra segunda razón que plantean, se refiere a la visibilidad que adquieren los conflictos entre deudores y acreedores que surgen dentro de las crisis financieras a diferencia del resto de crisis. Quizás este sea éste el punto más llamativo pues permite ver el auge de los partidos extremistas, tanto dentro de los países como resultado, por ejemplo, de los procesos de impago de hipotecas y de ejecución de viviendas, como a nivel europeo, a través del conflicto entre gobiernos nacionales y supranacionales, como sería el caso de la crisis de deuda griega.

Figura 4: Número medio de incidentes sociales por año, antes y después de una crisis financiera. 1870-2014.

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Fuente: Funke et al.

Con todo, el artículo no entra a analizar dos grandes preguntas que deja abiertas: ¿Por qué el apoyo a partidos extremistas parece caer bruscamente después de transcurridos ocho años tras el estallido de una crisis? Y, ¿por qué los votantes optan por posturas extremas cuando los estragos financieros se perpetúan en el tiempo?

Respecto de la primera de estas preguntas y ante mi desconocimiento de evidencias que expliquen esta caída en votos a partidos radicales, permítanme plantear una hipótesis personal que pudiese suscitar debate. Posiblemente uno de los grandes debates que está teniendo lugar en estos momentos es la pregunta acerca de si la economía mundial está entrando en una situación de estancamiento (secular) de largo plazo. Aunque esta tesis posee fuertes defensores, quizás con razón a la vista a los patrones de envejecimiento y aumento de los niveles de deuda y paro que estamos presenciando, está surgiendo una hipótesis alternativa que explica que el estancamiento internacional se debe a ciclos amplios (super-ciclos) de endeudamiento. De acuerdo a esta segunda idea, los países se encontrarían en procesos largos de endeudamiento y desapalancamiento continuos a través de los cuáles adquirirían deuda y, tras años de acumulación y después del estallido de una crisis, estos niveles de deuda irían reduciéndose paulatinamente en un período de aproximadamente unos ocho años a partir del cual se recuperarían los niveles de PIB e ingresos de pre-crisis (Reinhart y Rogoff, 2014), experimentando los países nuevas tasas de crecimiento no esperadas. De este modo, la economía estadounidense ya se encontraría en los últimos años de eliminación de deudas, la europea estaría sumergida en la fase de absorción y pago de las mismas, y la economía china se encontraría en las primeras fases del ciclo de endeudamiento. Si este enfoque, y no el del estancamiento secular, fuese el que mejor nos explicase la situación que estamos viviendo, ¿podría tener esto alguna relación con la inestabilidad política actual? ¿Qué pasaría si, a los ocho años y tras recuperar los niveles de renta de pre-crisis, se apaciguase el apoyo a las posturas radicales? Desconozco la respuesta a estas preguntas y además reconozco que el voto a Trump se habría producido cuando EE.UU. ya estaría saliendo del super-ciclo de deuda. Por ello, lanzo esta hipótesis por la que querría plantear si existiese alguna relación entre los procesos de desapalancamiento y la reducción en el apoyo en votos a partidos extremistas.

Volviendo a la segunda de las preguntas que deja abierta el artículo, cabe que nos preguntemos cuáles son los factores por los que los votantes, ante la frustración derivada de una crisis financiera, se ven seducidos por mensajes simplistas, xenófobos y que, en última instancia, proponen medidas que incluso podrían jugar en contra de ellos mismos. Para entender un poco más estos factores que llevan al auge de los extremismos políticos, tendríamos que movernos hacia otro estudio más reciente. En concreto, los profesores Ronald Inglehart (Universidad de Michigan) y Pipa Norris (Harvard Kennedy School) han analizado las causas por las que, a lo largo de 2016, hemos presenciado el inesperado voto a opciones tales como el Brexit, la presidencia de Donald Trump o, en última instancia, el crecimiento constante de los populismos a lo largo de Europa.

Para este estudio, se centran en analizar dos de las principales vertientes teóricas que pretenden explicar el rechazo social a la globalización económica que estamos presenciando. Por un lado y desde un enfoque de economía política, diferentes visiones (Dani Rodrik y otros) argumentan que el aumento de la desigualdad, la percepción de que los ajustes de la crisis han recaído más en unas capas sociales que en otras, la automatización y la apertura a través del comercio, estarían explicando el auge de los extremismos como forma de rechazo ante el modelo económico imperante en los países desarrollados. De esta manera, serían las capas más desfavorecidas y más expuestas a los efectos negativos de la globalización, las que estarían favoreciendo este patrón de voto a partidos extremistas. Por el otro lado, tanto Pipa Norris como otros autores, argumentan que este malestar social y la tendencia a aceptar mensajes y políticas xenófobas, poco tiene que ver con la economía, sino con valores culturales tradicionales. Así, mientras una parte de la población de estos países ha podido evolucionar hacia posturas propias de sociedades cosmopolitas, multiculturales y en definitiva, post-materialistas, la otra parte de la población ha quedado totalmente desconectada de esta tendencia. Es en esta dicotomía en la que entran los partidos extremistas aludiendo a una vuelta a los valores en los que esta población desconectada y tradicional volvería a encontrarse cómoda y sin cambios culturales fuertes ante los que se sintiesen incapaces hacer frente.

De confirmarse la primera de estas vertientes teóricas, necesitaríamos abrir un debate muy profundo de ideas y políticas redistributivas, como el que estamos presenciando en los últimos años, con el fin de paliar la inseguridad económica de los individuos más desfavorecidos por el proceso globalizador. Con ello evitaríamos además que estas capas de la población recurriesen al voto de posturas más extremistas a través de las cuáles pretendiesen conseguir sus ansiados cambios. Por el contrario, si el segundo enfoque teórico explicase en mayor medida el auge populista, deberíamos enfatizar y perseguir políticas educativas más ambiciosas que permitiesen aumentar, no sólo los niveles educativos de toda la población, sino que transmitiesen de una manera más eficaz los valores relativos al multiculturalismo y la diversidad étnica.

Dentro de este contexto, el valor del trabajo de Inglehart y Norris estriba en analizar con datos de la European Social Survey estos dos enfoques encontrando que, en mayor medida, el auge de los populismos viene explicado por la segunda de estas vertientes, es decir, los cambios bruscos y repentinos en los valores culturales parecen explicar este rechazo a la globalización, llevando la situación política al extremo. De todas formas, esto no quiere decir que la inseguridad económica no juegue un rol pues, tal y como reconocen estos autores, la importancia de los factores que explicarían tal inseguridad es significativa estadísticamente dentro de sus resultados. Siendo este el caso, podemos concluir que, de entre el conjunto de políticas públicas que se pueden llevar a cabo para paliar los extremismos políticos, necesitaríamos potenciar un mix de políticas redistributivas y educativas si queremos que las democracias occidentales no lleguen a estar en tela de juicio, ¿o no es eso lo que buscamos?

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