El Parlament más fragmentado de la historia

En vísperas de la cita electoral catalana, escribíamos dos posts en los que intentábamos exponer, por un lado, la historia y el funcionamiento del sistema electoral catalán y, por otro, qué efectos podía desplegar a partir de la distribución geográfica del voto esperada. Con los resultados en la mano, estamos ahora en condiciones de hacer balance de los rendimientos de las duodécimas elecciones autonómicas en perspectiva histórica y comparada.

Participación

La expectación generada dentro y fuera de Cataluña ha hecho que la cifra de participación haya sido histórica: el 81,94% de los electores han acudido a las urnas. Esta cifra supera el que hasta ahora era el récord de participación en unas elecciones celebradas en España, las elecciones generales de 1982, en las que rondó el 80%. También supera las tasas de participación más altas hasta la fecha en otros comicios autonómicos: las elecciones a la Asamblea de Extremadura de 1995 (78,3%), las elecciones a las Cortes de Castilla-La Mancha del mismo año (78,8%), y las elecciones al Parlamento Vasco de 2001 (79,97%). Estos datos, sumados al 75% alcanzado en las elecciones de 2015, permiten afirmar que el electorado catalán parece estar sacudiéndose su habitual tendencia abstencionista en las elecciones autonómicas en comparación con las elecciones generales (abstención diferencial).

Desproporcionalidad

Respecto a la proporcionalidad global de los resultados (el ajuste entre el porcentaje de votos y el porcentaje de escaños que recibe cada partido), el índice de desproporcionalidad de Gallagher (uno de los más utilizados) es de 4, ligeramente inferior al 4,85 de las elecciones autonómicas de 2012 y 2015. De este modo, el sistema electoral catalán continúa siendo el quinto más proporcional en el conjunto de comunidades autónomas en el promedio histórico (Tabla 1).

Fuente: Elaboración propia

Primas y penalizaciones

Por lo que se refiere a las primas y penalizaciones con que el sistema electoral premia o castiga a los partidos, es posible hacer varias consideraciones. De entrada, y como suele suceder con cualquier sistema electoral, los tres partidos más votados (Ciudadanos, JxCat y ERC) salen beneficiados, mientras que los cuatro partidos menos votados (PSC, comunes, CUP y PP), salen perjudicados. Ahora bien, lo que no es tan habitual es que el primer partido en votos (Cs) no sea el que recibe una mayor bonificación en términos de escaños, sino que lo sea la segunda fuerza (JxCat). Esto se explica por el sesgo del sistema electoral, que beneficia a los partidos nacionalistas catalanes, al sobrerrepresentar las provincias menos densamente pobladas (Tarragona, Lleida y Girona) y donde, por tanto, el voto es más valioso. Tradicionalmente, este sesgo ha beneficiado esencialmente a CiU y sus sucesores políticos, que han recibido importantes primas electorales de forma continuada (Tabla 2). No es de extrañar que este partido haya bloqueado los principales intentos de aprobar una ley electoral catalana que modificase un sistema que le favorecía. Es más, entre los partidos nacionalistas catalanes el modelo bonifica de forma más intensa a JxCat que a ERC: con un porcentaje de sufragios similar, los primeros obtienen dos escaños más que los segundos, debido a que concentran fundamentalmente su voto en las comarcas de Lleida y Girona, mientras que los republicanos tienen un respaldo mayor en ciertas comarcas del sur de Tarragona.

Asimismo, resulta también muy ilustrativo mostrar la tasa de ventaja de los partidos en las elecciones catalanas, que es el cociente resultante entre el porcentaje de escaños y de votos (Gráfico 1). Así, si un partido obtiene menos escaños de los que proporcionalmente le corresponderían en función de sus votos, su tasa de ventaja fluctúa entre 0 y 1; mientras que si acapara más, la tasa de ventaja estaría por encima del 1. A lo largo de las elecciones, CiU siempre ha estado por encima del 1 (la línea que marca la proporcionalidad perfecta), mientras que el PSC ha oscilado en torno a la representación ajustada y una ligera sobrerrepresentación. Por su parte, algunos de los más afectados por el sistema electoral han sido IU, PP, En Comú-Podem y la CUP. Lo mismo puede decirse de Ciudadanos en los primeros comicios a los que concurría; sin embargo, este partido, al ser ya una de las candidaturas más votadas, obtiene bonificaciones en estas últimas elecciones.  

Gráfico 1. Tasa de ventaja de los partidos en las doce elecciones autonómicas al Parlamento de Cataluña

Fuente: elaboración propia

Fragmentación

Si prestamos atención a la fragmentación que se ha producido en estas elecciones, medida a partir del indicador del número efectivo de partidos, observamos que es de 5,34 en su versión electoral y de 4,64 en su versión parlamentaria. Este será el Parlament más fragmentado de la historia, aunque similar al resultante de las elecciones de 2012 (4,6). Sin embargo, no será la Asamblea legislativa más fragmentada del panorama político autonómico, pues las Cortes de Aragón (4,82) y el Parlamento de Navarra (5,25) exhiben un mosaico parlamentario aún más colorido y fraccionado.  

La existencia de un cleavage nacionalista o centro-periferia fuerte sigue siendo el principal factor que explica la elevada fragmentación del sistema de partidos catalán en comparación con lo que sucede en otras comunidades autónomas. Ahora bien, existen otros sistemas de partidos autonómicos aún más fragmentados en promedio histórico, tales como el vasco, el navarro, o el canario (Tabla 3).

Fuente: elaboración propia

Una muestra de la elevada fragmentación de estas elecciones se pone de relieve en el hecho de que Ciudadanos, pese a su éxito sin paliativos, sea la fuerza más votada en unos comicios con un menor porcentaje de votos y con un grupo parlamentario más reducido de la historia autonómica catalana. Asimismo, tanto el partido que gobierna a nivel nacional (PP) como el que marcó el ritmo al Govern la pasada legislatura catalana y podría continuar haciéndolo en la actual (la CUP) tendrán, salvo sorpresas, que compartir el Grupo Mixto, al no alcanzar ninguno de ellos los cinco diputados que exige el Reglamento del Parlament para formar grupo parlamentario.

Esta acusada fragmentación partidista, sumada a la fuerte polarización existente, dejará sentir sus efectos en la formación del Gobierno y, por extensión, en la gobernabilidad a lo largo de la legislatura. La inexistencia de una mayoría partidista vuelve a abocar a un probable gobierno de coalición entre JxCat y ERC, que deberá contar con el apoyo de la CUP o de En Comú-Podem, ya sea de forma activa o pasiva: la aritmética parlamentaria permitiría la investidura de un candidato independentista con la abstención de algunas de estas dos fuerzas políticas.

Volatilidad electoral

La volatilidad electoral, es decir, el intercambio de preferencias políticas que se da entre una elección y otra, es un buen indicador para medir la estabilidad política de un país o región. Su evolución (Gráfico 2) no ha sido muy distinta a la observada a nivel nacional: si en el conjunto del Estado, se superaba en 1982 el 40% de volatilidad debido a la implosión de la UCD; en Cataluña, en 1984, se alcanzaba casi el 33% debido a causas similares. Por lo demás, y tras cierta estabilidad electoral, en las elecciones de 2015, como sucedió en la gran mayoría de comunidades autónomas, los niveles de volatilidad se dispararon, alcanzando el 22,5%: irrumpieron nuevos partidos y los ya existentes vieron cómo, sobre todo dentro del mismo bloque ideológico, se producían fuertes trasvases electorales. Por lo que respecta a 2017, la dinámica ha ido a la baja. A la espera de encuestas postelectorales, el porcentaje de volatilidad alcanzado podría justificarse por trasvases electorales del PP y PSC a Ciudadanos y de la CUP y Podemos a ERC. En cualquier caso, la frenética evolución política en Cataluña desde las elecciones de 2010, que se evidencia en parte en las elevadas tasas de volatilidad registradas desde entonces, apunta a que el sistema de partidos catalán está débilmente institucionalizado.

Gráfico 2. Volatilidad electoral en las elecciones autonómicas catalanas

Fuente: elaboración propia

En resumen, el sistema electoral catalán, pese a ser uno de los más proporcionales en España, continúa castigando comparativamente a quienes aglutinan su voto en la ciudad de Barcelona y su zona metropolitana (donde se halla más del 70% de la población de Cataluña), mientras que premia a quienes lo concentran en las provincias menos pobladas. El 47,5% de los votos cosechado por partidos independentistas se ha traducido en 70 diputados, el 51,85% de los escaños del Parlament: el sesgo del sistema electoral catalán sigue concediendo victorias.    

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