Un país pequeño para un Brexit tan grande

“No hay Estados grandes en la UE, sólo Estados miembros pequeños y otros que no saben que son pequeños”. Así de contundente fue hace unos meses el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, ante el inicio de las negociaciones del Brexit. Y es que, aunque no resulten declaraciones novedosas, lo cierto es que no deja de asombrar que se haya iniciado el proceso por el cual el Reino Unido (RU) abandone la Unión Europea (UE).

Tras un año de incertidumbre sobre cómo se desarrollarían estas negociaciones, parece que, llegado este momento, sabemos aún menos acerca de ellas que tras la resolución del famoso referéndum. Aparte de las declaraciones en marzo de May apostando por un Brexit ‘duro’, todo apunta a que la nueva composición del Parlamento inglés hará la situación aún más difícil. Por ello y a la espera de ir viendo cómo se desarrollarán las negociaciones, cabe preguntarse sobre los efectos que podría tener el Brexit, principalmente en la economía británica.

Y es que mucho ruido se ha generado en torno a su posible impacto. De entre los estudios que han aparecido intentando arrojar luz sobre este fenómeno, sorprenden los planteamientos que hablan incluso de efectos muy positivos para la economía británica. Desde un punto de vista teórico, éstos aluden que el abandono de la UE permitiría a RU reducir drásticamente sus barreras arancelarias y regulatorias con el resto de países que no fuesen parte de la Unión. Gracias a ello se generaría tal flujo de comercio que compensaría la pérdida de actividad mantenida con la UE. Lo sorprendente de este razonamiento es que considera que el ajuste ante la nueva situación británica sería instantáneo sin sopesar que aproximadamente el 58% de las exportaciones de UK tienen como destino principal la UE.

De hecho, esta relación no es simétrica pues, mientras el 12,6% del PIB de RU depende de comerciar con la UE, sólo el 3,1% del PIB de los otros 27 Estados miembro se ve afectado por las exportaciones a RU (European Movement, 2016). Bajo este contexto, una negociación “dura” no haría más que agravar  la situación, provocando tal parón comercial que una de las dos áreas económicas (RU) se vería mucho más afectada que la otra (UE). Es más, si algo sabemos de la literatura es que las relaciones comerciales (no hablamos sólo de los tratados de libre comercio) necesitan mucho tiempo para re-adaptarse ante los nuevos paradigmas, esto es, las empresas y clientes de RU tendrían que crear nuevos vínculos (proveedores y clientes) en otros países, o renegociar los existentes en un periodo de tiempo muy breve si de verdad pretendiesen paliar la caída de actividad resultante.

Esta relativa dependencia comercial de RU con la UE puede, a su vez, no ser baladí a la hora de negociar su salida, especialmente en un escenario de “Brexit duro”. Para entender por qué, miremos a la balanza de pagos (saldos) que mantiene con la UE: el RU tiene un déficit comercial en bienes manufacturados con la UE, y un superávit en el comercio de servicios. Esto puede provocar, por un lado, que la UE use su fuerza negociadora para impedir la entrada de RU en el Mercado Único de bienes. Por el otro, la UE podría forzar la no liberalización de los flujos de servicios (European Movement, 2016), dañando con ello a la economía británica a través de su activo más preciado, la “City de Londres”. Es decir, una actitud fuerte en la negociación bien podría jugar en contra de los británicos si la UE activase mecanismos que, aunque también fuesen negativos para ella, podrían ser  más intensos, perjudiciales y duraderos para la economía anglosajona.

Siendo este el contexto: ¿cómo de grande será el impacto? A pesar de la complejidad de estimar los efectos de un movimiento de este calibre, varios investigadores de la London School of Economics (LSE) han pretendido arrojar cierta luz sobre este tema. Teniendo en cuenta dos escenarios –uno optimista y otro pesimista–, y reconociendo las dificultades del ejercicio, estos autores estiman que la factura a largo plazo debida al Brexit podría variar entre pérdidas de 850£ y 1700£ por hogar, respectivamente. Para entender este dispar impacto, tenemos que tener en cuenta que la opción optimista supone que el Reino Unido mantendría amplio acceso al Mercado Único de la Unión, lo que se conoce como la “vía noruega”. La opción pesimista, en cambio, supondría una salida del mismo donde el Reino Unido comerciaría bajo las reglas comunes de la Organización Mundial del Comercio, tal y como lo hacen países como Estados Unidos o Japón con la UE. Si, además de estos dos escenarios, consideramos las pérdidas que suponen el pertenecer solo al Área Económica Europea respecto a ser un miembro pleno de la Unión en términos de integración comercial, la renta de los hogares se podría ver reducida finalmente entre 4000£ y 5500£.

Por si esto fuese poco, ¿qué pasaría si estos resultados estuviesen infraestimados? Esto es lo que plantean los autores Busch y Matthes tras ofrecer una panorámica de los estudios realizados hasta el momento sobre el impacto del comercio en el bienestar y la renta de las personas para el caso del RU. En él encuentran resultados enfrentados: por un lado existen trabajos en los que se estima que la entrada del RU a la UE supuso una pérdida de alrededor del 10% de su PIB. Por el contrario, encuentran otros estudios en el que los beneficios de la integración alcanzan el 20% del PIB per cápita de los habitantes británicos. Estas divergencias les llevan a distinguir en su trabajo dos tipos de análisis: los teóricos que intentan adelantarse a los acontecimientos (ex-ante, como el estudio de la LSE) y aquellos que realizan un ejercicio de retrospectiva y cuantificación de los beneficios o pérdidas una vez la integración es efectiva (ex-post). Cada uno con sus pros y contras, terminan concluyendo que, en el escenario pesimista, no se deberían descartar pérdidas a largo plazo debidas al Brexit en el rango del 10% del PIB.

En esto, tan sólo una de las posibles situaciones estudiadas contempla la posibilidad de que el Brexit tuviese efectos positivos para la economía británica, llegando éste a incrementar hasta un 1,6% del PIB de RU para 2030. Pero claro, para eso RU tendría que: abrirse totalmente a la competencia con China, India e Indonesia; perseguir una política de liberalización total de la inmigración; y relajar considerablemente los estándares medioambientales, laborales y de regulación de los servicios (European Movement, 2016). Dado el carácter nativista y anti-inmigratorio que caracterizó al Brexit, dudamos mucho de que esta situación llegase a darse. Todo ello obviando, además, los problemas de desigualdad laboral que dicho escenario generaría en el mercado británico.

Vistos estos resultados, cuesta pensar en unas buenas perspectivas para la economía británica tras la ruptura. Pero esto, como hemos dicho antes, no dejan de ser estimaciones, y sólo en el largo plazo podremos conocer los efectos reales del Brexit y si éste realmente ha merecido la pena o no. Por el contrario, sí podemos aventurar un gran coste para RU: su menor rol en el mundo.

¿Qué queremos decir con esto? En primer lugar, cabe esperar que RU no tenga el mismo peso en las negociaciones comerciales, pues no es lo mismo negociar con terceros países representando a 65 millones de personas (la población británica), que a 510 millones de personas (la población de la UE). El potencial de mercado a la hora de abrirte no es igual de atractivo para cualquier otro país externo. De hecho, el que RU participe de la voz y los tratados comerciales que tiene la UE, le permite tener acceso preferencial a 53 “países del exterior” (European Movement, 2016), con los cuáles además ahora se verá en la necesidad de renegociar en un período de tiempo muy reducido si no quiere perder cuota de exportación.

Por otro lado, si intentamos medir la influencia que podría tener RU en el mundo, podemos recurrir al Índice de Presencia Global elaborado por el Real Instituto Elcano. Este índice, aunque no mide exactamente influencia, sí recoge la influencia que cada país puede tener en el mundo atendiendo a múltiples dimensiones (económica, militar, social, etc). En un repaso de los últimos años (2005-2016), podemos ver en la siguiente figura que la UE y EE.UU. tradicionalmente se han disputado la presencia mundial. Sin embargo, RU cada vez está perdiendo más relevancia, viéndose superado por países como China en los últimos años. ¿Qué pasará cuando RU tenga que negociar con países más grandes que él? ¿Y cuando quiera tener la misma voz que el resto en los organismos internacionales? Sinceramente no lo sabemos, pero todo apunta a pensar que el peso de RU en el mundo del s. XXI no será ni parecido al de principios del s. XX.

Figura. Índice de Presencia Global (2005-2016)

  Fuente: Real Instituto Elcano, elaboración propia.

Ante estas perspectivas y mirando hacia atrás, no dejan de sorprender los argumentos esgrimidos por la campaña pro-Brexit. Éstos no estaban teniendo en cuenta que el RU seguirá estando influenciado por la legislación europea en la mayor parte de sus transacciones, algo que en especial pretendían evitar con el Brexit. Es más, aunque el RU era contribuidor neto al presupuesto comunitario, sólo lo era la región de Inglaterra, pues Gales e Irlanda del Norte dependen completamente de los Fondos Estructurales de la UE para su desarrollo, con lo que el gobierno central británico tendrá que hacerse cargo a partir de ahora de esa escasez de fondos. Y no sólo eso, sino que, si RU apuesta por la vía noruega, tendrá que seguir contribuyendo al presupuesto comunitario en un 85% de su aporte tradicional si quiere mantener el acceso al Mercado Único.

Pero de entre todo esto, lo más llamativo resulta ser que todas estas perspectivas no se hubiesen explicado correctamente. ¿Cómo no hubo una amplia movilización anti-Brexit y en favor de la UE? Las consecuencias de todo esto, ¿quién se las explicará a las generaciones futuras? Y entre los pro-Brexit, ¿no sabían que quizás el Brexit es demasiado grande para un Reino Unido tan pequeño?

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