Otegui: de la política a la cárcel ida y vuelta

No ha sido Arnaldo Otegui la primera persona encarcelada por la comisión de delitos relacionados con la violencia política que sale de prisión con la intención de hacer o seguir haciendo política. En Euskadi, sin ir más lejos, fueron no pocos los polimilis que, después de haber pasado un tiempo encarcelados y tras abandonar la estrategia político-militar, abrazaron los modos pacíficos de la política tradicional. Kepa Aulestia, Teo Uriarte o Mario Onaindia son, tal vez los nombres más significativos, aunque no los únicos.

Pero sus tiempos fueron otros y los réditos electorales que pudieron obtener, a través de aquella recordada y admirada Euskadiko Eskerra, se derivaron fundamentalmente del proyecto político que defendían, mucho más que de sus peripecias vitales personales, especialmente cuanto tuviera que ver con su condición de “represaliados” por la dictadura o el estado opresor. Nunca su “injusto sufrimiento” formó parte del capital político sobre el que buscaron apoyo electoral.

Muy al contrario, la izquierda abertzale está sabiendo aprovechar bien la conjunción de factores que concurren en el caso de Arnaldo Otegui.

Por un lado, Sortu ha sabido colocar el foco principal en la dimensión política de dicha condena, subrayando la contradicción que supuso encarcelar por colaboración con banda armada a quien apostaba en ese mismo momento con vehemencia por las vías pacíficas y democráticas, y postulando el final del ciclo de la lucha armada. La percepción de injusticia se extendió entre amplios sectores de la sociedad vasca – y también de la española -, con voces políticamente plurales que contribuyeron a fortalecer la legitimidad de su denuncia.

Por otra parte, el gobierno español, que no ha movido un solo dedo para propiciar el avance del proceso de final de la violencia en Euskadi (más allá de las detenciones policiales practicadas, cuyo valor no niego en absoluto), tampoco ha demostrado voluntad de suavizar el cumplimiento de la condena, forzando la integridad del mismo, hasta el último día. Una vuelta de tuerca más a la hora de acrecentar la percepción de injusticia.

Al mismo tiempo, la atención sobre el caso Otegui se ha centrado en su papel en el proceso de cambio de estrategia de la izquierda abertzale, ensalzando su liderazgo en el impulso del mismo hacia las vías exclusivamente pacíficas y democráticas.  Su calificación como “hombre de paz” olvidaba interesadamente su condición de responsable de una formación política que aplaudió, justificó y legitimó la acción terrorista de ETA. Por ejemplo, cuando esta organización asesinó a quien fuera compañero de escaño suyo en el Parlamento Vasco, y exvicelehendakari del gobierno vasco, el socialista Fernando Buesa.

Esta conjunción de factores no ha sido desaprovechada por una izquierda abertzale atribulada con los últimos resultados electorales, en los que perdió mucho gas y contempló, perpleja, la deslumbrante aparición de la izquierda podemita.

La teatralidad de la política y la deriva hacia su dimensión más próxima al espectáculo es uno de los signos de nuestro tiempo. Y también la izquierda abertzale tiene derecho a aprovecharse de los beneficios que tal deriva proporciona. Así que, superando a marchas forzadas las dudas y vacilaciones surgidas en el tránsito desde la épica revolucionaria hacia el aburrimiento de la normalidad democrática moderna, sus dirigentes se han aplicado a explotar los perfiles más rentables del caso Otegui, con la vista puesta en venideros compromisos electorales; singularmente el asalto a la Lehendakaritza.

Una inteligente campaña de comunicación e imagen ha presentado a Arnaldo Otegui como víctima de la represión política injusta del Estado: El hombre que abanderó el camino hacia la Paz en Euskadi encarcelado por ello. Nuestro particular Mandela, como muchos se atrevieron a proclamar, aceptando un nivel de protagonismo personal y culto al líder desconocido hasta ahora en ese mundo político.

Sin embargo, está por ver el efecto real que la presencia pública de Otegui genere en el comportamiento del electorado vasco y, con ello, en el juego político que se inicie tras las elecciones autonómicas a celebrar este mismo año.

Los impactos provocados por factores emocionales tienden a ser efímeros. Y a la profusión y velocidad de los sucesos informativos en el mundo de hoy se une la voracidad con que los medios y la propia opinión pública devoran y desechan cuanto sucede, por importante que sea, urgidos por la siguiente noticia que atropella con su frescura.

A juzgar por algunos detalles, diríase que Otegui ha tomado nota de los nuevos modos y estilos incorporados a la política en sus años de ausencia. Con ellos ha de intentar devolver la ilusión a sus huestes y recuperar el terreno perdido. No lo tiene fácil. Un destacado miembro de Podemos afirmaba que la presencia de Otegui no les perjudicará, pues representa esa política vieja en Euskadi, la que nos vincula a ETA, a los presos, al conflicto…y ese tiempo ha pasado ya para mucha gente.

La izquierda abertzale y el mismo Otegui lo saben y pondrán todo su empeño en conseguir la cuadratura del círculo: contentar a quienes aún respiran por la herida del conflicto y atraer a otros sectores progresistas que viven ya en una sociedad diferente y cuyas aspiraciones principales distan mucho de las reivindicaciones históricas de ETA.

Veremos.

Autoría

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.