¿Nueva política pero viejos perdedores? 15-M, Podemos y las mujeres

Tanto el movimiento 15-M como Podemos, la indignación política en definitiva, están teniendo dificultades para encajar las demandas ‘particulares’ de mujeres feministas,  personas LGTB o inmigrantes. La indignación, en un discurso orgullosamente construido en la verticalidad, difumina las identidades pre-existentes para dibujar un relato sencillo de empoderamiento masivo y cambio sistémico general. Es el relato del ‘nosotros’, la gente corriente, los que no tenemos privilegios, que estamos abajo, frente a ‘ellos’ (la “casta” en el léxico de Podemos), que está por encima.

Las dificultades comienzan ante problemas que tienen que ver con personas que están, por así decirlo, al mismo nivel. ¿Cómo entender el problema, por ejemplo, de la homofobia, del racismo, o de la violencia contra las mujeres? ¿No es cierto que la gente corriente puede ser violenta, puede abusar, puede discriminar? ¿No se puede ser malo sin ser ‘casta’? Para evitar malentendidos: la indignación no es machista, u homófona, en el sentido que lo pudieran ser, por ejemplo, muchos votantes del Partido Popular. Tanto Podemos como el 15-M se han dotado de estructuras feministas ad hoc que han tenido un importante éxito en labores de visibilización y concienciación internas. Gracias a ellas, el movimiento 15-M, por ejemplo, evolucionó hacia posturas cada vez más inclusivas de las mujeres, tanto en términos de funcionamiento de las Asambleas y comisiones como en temas de resoluciones y propuestas. Podemos ha sido exquisito con la paridad de género en la composición de su Consejo Ciudadano.

Pero las propuestas en materia feminista (o LGTB, por poner otro ejemplo), son débiles. El “Manifiesto de Madrid”, documento que incorporaba por vez primera las demandas feministas al relato político del 15-M, relegaba el respeto a la diversidad al último puesto de una lista de 11 puntos; únicamente un reducido número de Asambleas 15-M tomaron postura explícita por la cuestión de la igualdad de género. Se votó una ‘resolución feminista’ en la Asamblea Constituyente de Podemos que, sin embargo, obtuvo un apoyo escueto de 2889 votos (7,01%), no superando el puesto 16. La resolución no hacía mención a los derechos sexuales y reproductivos: estos fueron objeto de una segunda propuesta que aún obtuvo un apoyo muy inferior. El espacio deliberativo en Vista Alegre reservado a las políticas de igualdad, o a las necesidades de los colectivos LGTBQ fue muy escaso. Y el núcleo duro de Podemos es masculino.

Esta alergia a las demandas específicas, particulares, puede explicarse de dos maneras diferentes. La primera es de naturaleza estratégica: la indignación teme que la defensa de identidades pre-existentes (‘izquierda’, ‘gay’, ‘feminista’, ‘ecologista’) haga descarrilar su discurso transformador. Es la estrategia de “definirse lo justo, para hacer concurrir fuerzas de izquierda, centro y derecha en torno a cuestiones que preocupan a todos”. La segunda explicación sugiere un conflicto substantivo entre la indignación y las identidades específicas, que podría incluso incluir dosis latentes de sexismo y homofobia. No faltan voces que detectan, por ejemplo, una hipermasculinización en la (muy hábil por otra parte) estrategia de comunicación política de Podemos, basada en la polarización, el combate cuerpo a cuerpo o la emotividad agresiva. Sea esto verdad o no, sí parece cierto que la experiencia real de muchas mujeres feministas en el movimiento 15-M, y en Podemos, ha sido, y está siendo, ambivalente, y en muchos casos insatisfactoria. Muchos testimonios convergen en lamentar el rechazo inicial hacia el feminismo en el seno del movimiento 15-M. Se han comentado denuncias de agresiones machistas, de diferente tipo e intensidad que, sin embargo, fueron mal resueltas por los responsables de las Asambleas. Cierto que algunas de estas Asambleas acabaron adoptando un lenguaje inclusivo y un mayor respeto al equilibrio de género en los turnos de palabras; pero esto ocurrió tras superar importantes resistencias. Como ha ocurrido siempre, las estructuras feministas se han tenido que volcar en la pedagogía y en la justificación de la presencia, desarrollando forzadamente formas de trabajo propias de partidos y sindicatos para conseguir poco más que la visibilidad de sus propuestas. En realidad, la propia existencia de estructuras de movilización y participación ‘para mujeres’ es contradictoria con el proyecto transversal de la indignación. Ni los ‘Círculos Feministas’ ni las ‘Asambleas Feministas’ deberían existir en un movimiento social que aboga por superar las formas de identificación política identitarias.

Que la indignación preste insuficiente atención a los particularismos puede tener importantes consecuencias. En el corto plazo, quizás el déficit de atención a la cuestión feminista explique la masculinización del apoyo a Podemos: en un país donde el género nunca tiene consecuencias electorales, no deja de sorprender el carácter masculino de los votantes potenciales a este partido político. Según los datos de intención directa del voto de Octubre 2014 (Cis), el 20% de los hombres tenía decidido votar a Podemos, frente a un 15% por parte de las mujeres. Ningún otro partido presentaba diferencias tan abultadas. Pero nos preocupan más las consecuencias al largo plazo: en la simplificación vertical del debate, se recuperan marcos discursivos que vuelven a distinguir entre temas que aparentemente son ‘en verdad’ importantes, y otros que al parecer no lo son. Se descuida la visibilidad y la presencia, y al hacerlo se contribuye, está por ver si voluntaria o involuntariamente, al desmantelamiento de un paradigma, institucionalizado en políticas de igualdad bien conocidas, que permitía a las minorías políticas y a otros grupos con demandas particulares un manera eficiente para la articulación de sus demandas. Un paradigma que nos permite criticar a Syriza por su paupérrimo tratamiento inicial a la cuestión de la paridad; y que nos permite, también, confiar en que Carolina Bescansa, la única mujer en el núcleo duro de Podemos, haya dejado de pensar que el aborto “no constituye potencial político de transformación y por lo tanto no es prioritario”.

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