Nuestros queridos dictadores

El sábado 16 por la mañana, cuando la intentona de golpe de Estado en Turquía mostraba ya claros signos de acabar en fracaso, las diversas cancillerías occidentales expresaban su satisfacción por la victoria de la democracia frente al poder de las armas, y aplaudían la reacción popular de apoyo al Presidente Erdogan y al Gobierno electo del país.

La noche anterior Erdogan había hecho uso de las nuevas tecnologías para llamar a la resistencia y expresar su convicción de que los rebeldes no conseguirían sus objetivos.

Es sin duda una gran paradoja que el dirigente político que había perseguido con ahínco las protestas populares en su contra (recordemos los hechos de Gezi Park en 2013) o perfeccionado hasta extremos muy graves el control y represión de lo que se decía en las redes (especialmente cuando se le cuestionaba o criticaba) haya tenido que animar a sus seguidores a utilizar tales instrumentos para evitar el establecimiento de un régimen (aún más) autoritario.

Hemos visto también que la reacción de Erdogan al golpe de Estado ha sido contundente e inmisericorde: detenciones masivas, expulsión sumaria de jueces de sus puestos y otras medidas restrictivas que con toda seguridad están por llegar. Si los dirigentes occidentales han sido tibios hasta la fecha en la condena de las graves violaciones de los derechos humanos en el país (precio pagado a cambio de un entendimiento para lidiar contra la crisis siria y de los refugiados), no parece que en los próximos días asistamos a ningún llamamiento convencido a la moderación y al respeto de las libertades en la gestión del post-golpe.

Resulta tentador pensar cuál hubiese sido la reacción de las potencias occidentales en el caso de que el golpe hubiese triunfado y la autoridad competente (militar, por supuesto) hubiese reiterado (tal y como por cierto pareció apuntar al iniciarse el golpe) su firme voluntad de respetar los compromisos previamente adquiridos en materia de lucha antiterrorista, gestión de la crisis de los refugiados y alineamiento con las potencias occidentales en la crisis siria. De hecho, la primavera árabe y sus secuelas (particularmente en Egipto) nos mostraron ya cómo nuestros dirigentes democráticos disponen de gran flexibilidad y adaptabilidad en lo que se refiere a la aceptación de regímenes no electos y surgidos del uso de las armas, si de lo que se trata es de preservar un cierto nivel de estabilidad e interlocución con el país en cuestión. En tales escenarios los derechos humanos y la democracia pasan a ocupar un papel secundario.   

Es cierto que en las democracias occidentales la acusación de apoyo a regímenes autoritarios se utiliza todavía como arma política arrojadiza. Basta ver las polémicas y encontronazos que se han producido en nuestro país a costa de Venezuela y los reproches a dirigentes de un partido político por haber colaborado con sus autoridades. Sin embargo, estos sólidas convicciones democráticas se esfuman cuando la realpolitik asoma su rostro. Nadie osaría decir que Arabia Saudí, por ejemplo, es un país más ejemplar que la república bolivariana de Maduro en lo que la protección de los derechos humanos se refiere, pero casi nadie parece cuestionar el uso de cualquier resorte y de las más altas instancias del Estado para la obtención de jugosos contratos de obras públicas que beneficiarían a empresas constructoras españolas. El liberalismo en cuestiones económicas parece más fácil de defender en cualquier escenario, mucho más que el que se refiere al ejercicio de los derechos de las personas.

A todo ello se suma en estos días el miedo como el factor legitimador. En un contexto de guerra global contra un enemigo mal definido pero aterrador el miedo convertiría a la excepción en regla. No es sólo que cada vez se sea más generoso en cuanto las limitaciones de derechos a nivel nacional bajo el paraguas legitimador de la seguridad, sino que subcontratar una parte del trabajo sucio a manos de países menos garantistas parece una gran idea, plenamente justificada.

Cuando cayeron los regímenes comunistas de Europa del Este hay quienes dieron la bienvenida al final de la Historia. La Historia continúa, en cambio, de forma aciaga y turbulenta y seguramente sólo la perspectiva de las próximas décadas permitirá hacer un análisis correcto de los tiempos actuales. En todo caso, parece que los valores y principios que conformaron una determinada idea del orden internacional en la segunda mitad del siglo pasado se encuentran claramente en crisis, sin poder vislumbrarse ninguna alternativa mínimamente tranquilizadora.

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