Nobel de Economía 2018: dos maneras de entender la ‘macro’

Tras varios años en que los premios Nobel de Economía (sí, ya sabemos que es un premio que no otorga la academia sueca, sino el banco de Suecia en honor a Alfred Nobel, bla bla bla) recayeron en otras ramas de esta disciplina como la economía financiera o la microeconomía, los premiados este año son eminentemente macro-economistas, algo que no sucedía desde 2011. Y es que pese al avance de la economía del comportamiento y la experimental, la macro sigue siendo importante y, de alguna manera, es donde se concentra buena parte de los debates abiertos en la disciplina.

Los dos galardonados son viejos conocidos de la profesión: William D. Nordhaus, profesor en la Universidad de Yale, es conocido entre los académicos por sus aportaciones en el entendimiento económico del cambio climático y sus efectos, campo en el que ha acumulado numerosos trabajos en los últimos 20 años. Como veterano, ha ejercido también un papel en los consejos de asesores económicos del presidente de Estados Unidos, particularmente durante la época de James Carter a finales de los 70, cuando el mundo se enfrentaba a la crisis del petróleo y en la profesión se abría paso la revolución de las expectativas racionales y la nueva macroeconomía clásica, de la mano de Robert Lucas, que supuso un cambio de paradigma que envió la síntesis neoclásica al baúl de los recuerdos. Mientras esto ocurría, Nordhaus se daba a conocer entre los estudiantes gracias a su coautoría del más famoso –pero quizá no tan leído- manual de introducción a la economía, el Samuelson, en el que colaboró desde la 13ª edición en 1985 hasta la muerte de Paul Samuelson; sirviendo, además, de instrumento de extensión de dicha síntesis neoclásico-keynesiana en numerosas facultades de Ciencias Económicas.

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Pero más allá de que cientos de miles de estudiantes han visto su nombre durante décadas en la portada de su manual, Nordhaus ha hecho contribuciones muy relevantes en el ámbito de la economía gracias a su dedicación al análisis económico del cambio climático, especialmente desde la publicación, en 1991, de su artículo seminal “to Slow or not to Slow”. De hecho, y de acuerdo con Google Scholar, de sus 10 artículos más citados ocho se refieren al cambio climático (aunque no el primero, que es una visión kaleckiana del ciclo económico que pasó bastante inadvertido durante los primeros 20 años y que vivió una segunda juventud a partir de 2008).

De esta forma, hoy Nordhaus es un economista fundamentalmente relacionado con dichos estudios, y, particularmente, por el desarrollo del modelo DICE, un modelo dinámico en el que integró los efectos del cambio climático. Sus trabajos no han estado exentos de cierto debate, particularmente con otro de los grandes de la economía del cambio climático, el británico Nicholas Stern. De hecho, cuando Stern publicó su famoso informe en 2006, Nordhaus le obsequió con una reseña en la que, si bien reconocía el esfuerzo de sistematización y análisis, señalaba que bajo otras asunciones de partida, los mensajes más políticamente significativos del mismo no se podrían sostener. No sabemos si esta reseña le gustó a Stern, pero dadas las referencias que se pueden encontrar a la misma, parece que tuvo más resonancia de lo que le habría gustado. Stern, por su parte, no ha evitado criticar el punto de vista de Nordhaus, llegando a utilizar su propio modelo DICE para insistir en una acción de control de emisiones más decidida. El debate sigue abierto.

El segundo galardonado este año es Paul Romer, uno de los enfant terrible de la profesión, quien en su primera etapa en Chicago, y bajo la atenta mirada de su mentor Lucas –quien le supervisó la tesis– alumbró en dos artículos  (en 19861990) el inicio de una etapa de renacimiento de los estudios del crecimiento económico, que habían estado arrinconados en la agenda de la macroeconomía desde el modelo de Solow. Al contrario que éste, que situaba el progreso tecnológico como exógeno, Romer integra el conocimiento y el progreso tecnológico como elementos endógenos del modelo, y abre las puertas a la moderna teoría del crecimiento económico.

Esta aportación ya habría sido suficiente para ameritar el premio Nobel, pero Paul Romer decidió, de una manera un tanto abrupta, salir de su alma mater en Chicago y dedicarse a dar clases en escuelas de negocios, a probar como inversor y emprendedor en diferentes ‘start-ups’, y a proponer idea peregrinas como sus ‘charter cities’ –ciudades con institucionalidad propia y separada de país donde se sitúa– para promover el desarrollo económico. Su nombre volvió a la portada de los debates económicos cuando desveló, en un artículo en 2015 y en una serie de posts en su blog, su oposición a la dirección que había tomado el Departamento de Economía de Chicago y, por extensión, buena parte de la teoría macroeconómica que había salido de él, a la que acusó de utilizar las matemáticas como cortina de humo para esconder sus inconsistencias teóricas, en un clima de ausencia de pensamiento crítico y de revisión en profundidad de los resultados de la investigación teórica. Sus denuncias fueron tomadas en cuenta por parte de la profesión, y en muchos casos, mal entendidas por aquellos que no tardan en encontrar ocasiones para denostar a la economía como una pseudo-ciencia. Bien al contrario, Romer pretendía, con sus escritos, elevar el listón de exigencia para evitar que los ‘politiqueos’ entre corrientes llevaran la disciplina al sumidero de lo irrelevante.

Con estos escritos, su rentrée en el panorama económico fue bastante sonada y un año más tarde, el Banco Mundial lo nombraba su economista jefe, puesto que le duraría poco tras cierto escándalo con las modificaciones de los informes del Banco para favorecer a determinados gobiernos, que Romer destapó y que le pusieron en una situación que terminó por hacer preferible su salida a principios de 2018. Romer ha recibido la noticia de su galardón en la escuela de negocios de la New York University, donde ejerce su docencia.

Dos economistas separados por 15 años y que marcan la línea divisoria de dos generaciones: de la síntesis neoclásica-keynesiana, a las expectativas racionales de la nueva macro clásica; de quizá uno de los últimos grandes maestros de la macroeconomía de la síntesis, al enfant terrible de la revolución de los 80 y 90 y el crecimiento endógeno. Dos grandes macro-economistas que han aportado mucho a la disciplina. Enhorabuena a ambos.

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