No es el islam, es el salafismo

Una vez más, los terroristas han conseguido golpearnos. Y una vez más, escuchamos los mismos argumentos: desde la derecha nos dicen que el islam es incompatible con nuestras sociedades, a pesar de que la inmensa mayoría de los musulmanes están claramente consternados por este nuevo acto de violencia. Desde la izquierda repiten que la culpa la tiene la política exterior occidental y el apoyo a regímenes autoritarios que promueven ciertas ideologías extremistas, como el saudí, o las combaten, como el egipcio, ignorando las contradicciones de tal razonamiento. Dichos argumentos dicen más de las posiciones políticas de los que los blanden que de la realidad, pero ambos tienen algo de verdad.

Los que buscan en el islam el motivo para los ataques confunden el todo con una parte. Existe una corriente dentro del islam que fomenta el terrorismo. Una corriente supremacista, que proclama su superioridad sobre los demás religiones e ideologías; totalitaria, puesto que desprecia el diálogo y busca imponerse; y mesiánica, convencida de que en última instancia será victoriosa. Se trata del salafismo. Y habitualmente es quietista, limitándose a predicar para atraer a adeptos y aislarlos en la medida de lo posible de las sociedades en las que viven, y contentándose de ser “la secta salvada” de la que habla la tradición.

Pero, en ocasiones, esa corriente pasa de la predicación a la violencia y se convierte en salafismo yihadista. Sus partidarios pueden citar numerosas aleyas y hadices, porque la historia de la Revelación del islam también es la historia de la aparición de una entidad política que se impuso por la fuerza de las armas. Y sus referentes intelectuales son muy anteriores a la prohibición del velo en las escuelas públicas francesas, o la ocupación de Palestina, o incluso la colonización europea. Los principales son Ibn Hanbal (780-855), que se enfrentó a los mutazilíes que intentaban conciliar fe y razón; e Ibn Taymiyya (1263-1328), que vivió las traumáticas invasiones mongolas.

Los que se decantan por nuestra responsabilidad en el terrorismo yihadista también tienen parte de razón. Nuestros intereses nos han empujado a apoyar al régimen que ha hecho más para propagar el salafismo que lo alimenta: el de Arabia Saudí. Este se fundamenta en la ideología wahabí, una reformulación del pensamiento de Ibn Hanbal e Ibn Taymiyya utilizada en un principio para movilizar a los beduinos de Arabia y establecer un Estado, y, desde entonces, para legitimar la existencia de dicho Estado y demonizar a todos aquellos que percibe como una amenaza.

Hace ya décadas que el régimen saudí es consciente de estar jugando con fuego. Al menos desde 1979, cuando un grupo de exaltados ocupó la Gran Mezquita de La Meca, tomando a cientos de peregrinos como rehenes y exigiendo la revocación de medidas modernizadoras como la educación de las niñas. En los años noventa, Osama bin Laden, héroe de la yihad en Afganistán, se volvió contra la familia real porque, ante la amenaza de Saddam Hussein, esta eligió la protección de las fuerzas occidentales en lugar de sus muyahidines. Más recientemente, la financiación de grupos extremistas en Siria dio lugar a la aparición de Daesh, que ha atraído a miles de combatientes saudíes y no oculta su desprecio por la Casa de Saud.

Sin embargo, Arabia Saudí continúa financiando la propagación del salafismo, en una huida hacia adelante cuyas consecuencias pagamos todos. Y en tiempos más recientes, también ha comenzado a hacerlo Qatar, como parte de su estrategia para elevar su perfil internacional. La actual crisis entre ambos países proviene en gran medida del deseo qatarí de usar su poder económico para proyectar su influencia, y de desacuerdos sobre los grupos que ha elegido para hacerlo (en particular, los Hermanos Musulmanes, cuya ideología islamista es simplemente una versión más moderna y pragmática del salafismo tradicional).

El pasado verano supimos de la preocupación de los Mossos d’Esquadra ante el hecho de que un tercio de las mezquitas de Cataluña (es decir, unas ochenta) están controladas por salafistas. Es demasiado pronto para saber cómo se radicalizaron los terroristas que perpetraron los ataques del pasado jueves, pero una y otra vez hemos visto que el salafismo constituye un caldo de cultivo ideal para la radicalización. Y que, en demasiadas ocasiones, su supuesto quietismo es solo una máscara, a la espera del buen momento para imponerse… o para vengarse.

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2 Comentarios

  1. Francisco J. Amor Martinez
    Francisco J. Amor Martinez 08-29-2017

    Muy clarificador el articulo.
    ¿Y que relacion hay entre los sunies y el salafismo?

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