¿Por qué no fue posible un Gobierno del cambio en España?

El exministro socialista Jordi Sevilla protagonizó hace dos semanas uno de los habituales encuentros de Agenda Pública en Barcelona. El coloquio, moderado por el director de El Periódico Enric Hernández, giró en torno a la reciente publicación del libro “Vetos, pinzas y vetos. ¿Por qué no fue posible un Gobierno del cambio?” (Ediciones Deusto), donde el exministro relata en primera persona su experiencia como negociador del PSOE en 2016 para formar un Gobierno progresista en España.

Antes de entrar en el fondo del asunto vale la pena reconocer el trabajo de Agenda Pública no solo como instrumento para la divulgación del conocimiento en medios de comunicación, sino como punto de encuentro de referencia entre progresistas en ciudades como Madrid y Barcelona. La incapacidad del PSOE, Podemos o Ciudadanos, entre otros, a lo largo del 2016 a la hora de tejer complicidades entre progresistas evidencian la necesidad de generar capital social entre ciudadanos con valores y horizontes compartidos.

Jordi Sevilla es un personaje complejo, de matices y de contrastes. Y aunque se define como socioliberal, es partidario desde hace más de una década de la Renta Básica Universal, fue de los primeros en criticar en 2010 la política económica del Gobierno Zapatero y es uno de los grandes defensores del “no es no” a la investidura de Mariano Rajoy. En su opinión, de hecho, pase lo que pase en las primarias del PSOE del 21 de mayo el ganador o ganadora deberá volver a recuperar ese eslogan para marcar distancias con el PP y recuperar el voto progresista que abandonó al PSOE (especialmente en 2011) y que ahora está en Podemos.

¿Por qué no fue posible un Gobierno del cambio en España? De la conversación colectiva del encuentro que organizó Agenda Pública (por tanto, todas las afirmaciones no son atribuibles al autor del libro) se pueden sacar, al menos, tres conclusiones: (1) Pablo Iglesias nunca tuvo ninguna intención de alcanzar un acuerdo con el PSOE cegado por las posibilidad de superarlo en una nueva convocatoria electoral y pese a que ello supusiera la continuidad de Rajoy, (2) Ciudadanos y Podemos se vetaron en un momento (marzo) u otro (junio) pese a compartir un programa regenerador en muchos aspectos, (y 3) en el PSOE hubo resistencias que más tenían que ver con aspectos orgánicos que políticos.

El libro de Sevilla es útil para comprender en qué medida la política española pudo dar un vuelco el pasado año e impulsar una nueva etapa de la historia de nuestro país. Y es útil también para identificar qué vetos y errores deberían evitarse en el futuro para recuperar esa oportunidad. La frustración de expectativas que muchos progresistas tuvieron el pasado año, así como las heridas abiertas en el seno del PSOE en el famoso Comité Federal del mes de octubre, deberían servir para que la conversación pueda avanzar de otro modo en el futuro y no detenerse en la nostalgia de lo que pudo ser el pasado.

El exministro relata en su libro que tras la negativa de Mariano Rajoy a principios de 2016 de someterse a la investidura (un hecho que algunos atribuyen a que Rajoy disponía de información y sabía que Podemos no iba llegar bajo ningún concepto a ningún acuerdo con el PSOE, y de ahí la teoría de la pinza), la estrategia del PSOE consistió básicamente en acercarse a Podemos a través de IU y Compromís. Entendiendo, también, que la aritmética parlamentaria obligaba a incorporar a otros actores fuera de la familia de las izquierdas (ya fuera a Ciudadanos o a los nacionalistas vascos y catalanes) para ser mayoría.

Por ello, explica Sevilla, las primeras reuniones del equipo negociador de los socialistas fue con las dos formaciones hermanas del partido de Iglesias, con los que avanzaron acuerdos programáticos que la prensa llegó a reflejar. A partir de ahí, el autor identifica hasta “seis portazos” de Podemos que indicaron en su opinión la nula voluntad del partido de Iglesias de llegar a ningún acuerdo y la necesidad de empezar a sumar apoyos con otros grupos para el debate de investidura.

Todos recordamos como tras visitar al Rey en su segunda ronda de conversaciones con los líderes políticos, y mientras Pedro Sanchez estaba reunido con el Monarca, Iglesias afirmó que Sanchez debería aprovechar la “sonrisa del destino” de ser presidente junto a él de vicepresidente. En los documentos que el equipo de Iñigo Errejón presentó en el Congreso de Vistalegre II se reconoce que los “viejos enconos antisocialistas del viejo comunismo” frenaron la posibilidad de formar un nuevo Gobierno en España. Nos entendemos.

Lo que pasó en las sucesivas semanas es conocido también por todos. El PSOE y Ciudadanos llegaron a un acuerdo (quizá anunciado con una escenificación excesiva) que no contó con el apoyo de Podemos (contrastando con la demanda que hace Iglesias ahora a Ciudadanos de apoyar un acuerdo a tres en una moción de censura) y se volvieron a repetir las elecciones. Unos comicios en los que (1) PSOE y Ciudadanos no consiguieron capitalizar su voluntad de formar una alternativa, (2) Podemos no logró superar al PSOE pese a sus expectativas y (3) Rajoy mejoró sus resultados quedándose de nuevo muy lejos de la mayoría absoluta.

Es partir de este punto donde el debate, y el libro, tiene más interés. ¿Por qué a partir del mes de junio no se aprendió de los vetos y errores del pasado para dar forma a la voluntad de cambio expresada de nuevo en las urnas? Pese a que desde el principio PP logró imponer con éxito su marco (“Rajoy ha mejorado su posición y por tanto debe gobernar”) más de 200 diputados representaban opciones distintas y compartían la voluntad de cambiar la orientación de la política en España.

Así lo reflejaron también los sondeos publicados entonces: (1) la alianza preferida por los electores progresistas (como señalaba por ejemplo My World para la SER) era un pacto a tres entre PSOE, Podemos y Ciudadanos; y (2) los electores del PSOE en particular no apoyaban de manera mayoritaria en absoluto la solución que el partido acabó tomando meses después absteniéndose ante la investidura de Rajoy. Por aquellas fechas se llegó incluso a publicar un sonado manifiesto con reconocidos personajes del ámbito cultural y social pidiendo un acuerdo a tres.

¿Qué pasó entonces? Una interpretación de los hechos nos podría llevar a concluir que (1) Ciudadanos vetó la posibilidad de repetir la misma fórmula de los meses anteriores (interpretaron el resultado electoral como un castigo por su coqueteo con otros partidos progresistas y de forma acelerada ofrecieron facilitar la investidura a Rajoy), (2) Podemos prefirió apuntalar al PP no facilitando un escenario alternativo (en esta ocasión con el objetivo de llevar al PSOE a la contradicción histórica que finalmente acabó asumiendo tras el Comité Federal del 1 de octubre) y (3) en el PSOE a partir de ese momento primó más el debate orgánico que el político.

Solo desde esa lógica, la orgánica, es posible entender el posicionamiento de algunos dirigentes socialistas de facilitar el Gobierno a Rajoy sin querer si quiera evidenciar claramente que si finalmente el PSOE se tenía que abstener en esta nueva legislatura (o ir a terceras elecciones) era porque Ciudadanos y Podemos no querían entenderse.  En consecuencia, que ambas formaciones preferían que gobernara Rajoy (Podemos también al no optar si quiera por el mal menor). Y que eso podía llevar a decidir una abstención (en un contexto de negociación, contrastando con la gratuidad de los votos con los que contó finalmente Rajoy en su investidura) o de ir a unas terceras elecciones (confiando en (1) que el PSOE mejorara en detrimento de Podemos por su freno al cambio, (2) PP y Ciudadanos quedaran cerca de la mayoría absoluta, y (3) se pudiera evitar la contradicción de la abstención al no ser necesaria su implicación). Dos escenarios que Sanchez contempló.

Los argumentos políticos que se hicieron circular entonces (“Rajoy ha quedado primero”, “hemos tenido el peor resultado de la historia”, “tenemos que asumir la responsabilidad de desbloquear la situación”) no hubieran permitido (1) que el PSOE gobernara en Valencia, Aragón o Castilla La Mancha, (2) hubieran permitido que Esperanza Aguirre se hubiera convertido en alcaldesa de Madrid, y (3) han quedado desmentidos por la mayoría parlamentaria que Rajoy está articulando para aprobar los presupuestos.

También desde la lógica política y de la propia historia del PSOE, los intentos de tratar a Sanchez como un joven dirigente sectario, sin sentido de Estado y con una visión de España que hace el juego a los independentistas (“¡No como antes!”), quedan desmentidos o contrastan con la trayectoria del partido: (1) Felipe González nunca se planteó abstenerse pese a la falta de mayoría de Leopoldo Calvo Sotelo tras el 23F (y eso si que era una crisis institucional, y no lo que se vivió el año pasado en España), (2) Almunia se presentó a las elecciones del 2000 tratando al PP caricaturizado con unos doberman y (3) Zapatero fue presidente gracias a los votos de ERC y afirmando que España era una nación de naciones.

Los hechos vividos en 2016 en la política española quedan reflejados, con análisis que en algunos aspectos contrastan con los que se afirman en este artículo, en “Vetos, pinzas y vetos. ¿Por qué no fue posible un Gobierno del cambio?” (Ediciones Deusto) con la esperanza de que sirvan para encarar lo que queda de 2017 y las nuevas oportunidades de cambio que se den en el futuro. Y con la certeza que para que se puedan dar esos escenarios el PSOE es imprescindible (al menos en el corto plazo) y debe aclarar su propuesta política.

Aunque el mantra de algunos ha consistido en mostrar a Sánchez como el gran responsable de la situación actual de los socialistas en España (sin atender por qué en Francia, Holanda o Grecia la socialdemocracia está prácticamente desaparecida), vale la pena recordar que (1) la gran pérdida de votos del PSOE se da tres años antes de que él empiece a liderar el partido (y tras la gestión de la crisis económica del Gobierno Zapatero), que (2) cuando él llega a secretario general del PSOE, el partido de Iglesias ya existe desde hace hace más de un año y (3) que en ese momento Podemos lidera todas las encuestas.

Las últimas reflexiones son importantes no por diluir o repartir responsabilidades, sino (1) para entender bien el comportamiento de los ciudadanos progresistas que son los que pueden hacer posibles escenarios alternativos en el futuro, (2) para entender la lógica política que movió al entonces secretario general del PSOE al quererse distanciar del partido de Rajoy y (3) para entender qué debe guiar a los dirigentes socialistas en la nueva etapa.

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