No, Brasil no se ha hundido de la nada

Cuando Lula dejó la presidencia el 1 de enero de 2011, el éxito de sus dos gobiernos era un consenso dentro y fuera de su país. Su 83% de aprobación popular se debió principalmente a los índices de crecimiento históricos, con un aumento medio anual del 4% del PIB. La tasa de paro cerraba 2010 al 5,3% y hasta el Banco Mundial reconocía el logro brasileño al haber sacado decenas de millones de personas de la pobreza y la miseria.

Avance rápido a 2016. El contraste con la escena económica y política es la imagen perfecta para el drama que Brasil vive en la actualidad. El paro llegó al 11% ya en el primer trimestre del año, cerca del casi 13% que Lula orgullosamente derrumbó cuando llegó al gobierno. El PIB disminuyó casi el 4% en 2015 y se prevé que cierre 2016 en un valor parecido. Dilma Rousseff, la presidenta elegida gracias a la alta popularidad de Lula, ha sido apartada de la presidencia en un proceso de destitución técnicamente cuestionable (así lo ha confirmado el New York Times en una editorial). Sus sustitutos son un presidente y ministros interinos con acusaciones graves de corrupción.

En el contexto global, una China que crece menos y la bajada del precio del petróleo y otras commodities impactó casi por completo a las economías de América Latina. Hasta los países menos dependientes de la exportación de materias básicas se ven afectados, con los inversores internacionales menos propensos a tomar riesgos.

Pero aunque la coyuntura internacional sea clave a la hora de explicar qué pasa en Brasil, los factores internos no pueden ser ignorados. Y no me refiero exclusivamente a escándalos actuales, en que el protagonista es la estatal Petrobras — con indicios de desvío de dinero a entidades privadas y partidos políticos.

El Brasil que nunca ha cambiado

Los impresionantes números de los gobiernos del Partido de los Trabajadores, principalmente de la era Lula, dejan en segundo plano el hecho de que, desde un punto de vista estructural, el país ha cambiado poco. De hecho, lo que se ha conocido en Brasil como el “lulismo” retrata que los gobiernos Lula fueron principalmente un pacto social entre el gran empresariado del país y las capas más pobres de la población, que garantizaron su derecho a no morirse de hambre — y algún acceso a bienes de consumo a través del abaratamiento del crédito. El principal símbolo de esa forma de gobernar fue la Carta al Pueblo Brasileño de Lula, publicada meses antes de su primera victoria electoral.

Es por esa razón que, a la vez que el gobierno alcanzaba el increíble logro de sacar a 28 millones de ciudadanos de la pobreza con el apoyo de programas de renta mínima como el Bolsa Familia y el aumento real del sueldo mínimo nacional, los bancos brasileños se lucraban 8 veces más que en el período del gobierno neoliberal de Fernando Henrique Cardoso.

Bajo el eslogan de que “todos ganaron” durante su gobierno, Lula quitó visibilidad a los problemas profundos de una sociedad de orígenes terrateniente y esclava. Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo. La mejora del indicador en los últimos años se ha dado principalmente en la base de la pirámide social, sin afectar a las capas acomodadas y ricas de la población. El mantenimiento de un sistema tributario altamente regresivo ayuda a perpetuar la violenta sociedad de clases brasileña, en la que el 1% más rico de su población retiene nada menos que un tercio de la renta nacional.

El pacto “lulista” también se vislumbra en otras áreas de notoria centralización de poder en el país, como el mediático. La concentración de medios de comunicación en Brasil sigue siendo surreal, con la omnipresente TV Globo acaparando el 70% del presupuesto publicitario del gobierno federal. La familia Marinho, citada en los Papeles de Panamá y dueña de la imperial Organizaciones Globo, es la sexta familia más rica de América Latina según la revista Forbes, y consta en la famosa lista de la revista estadounidense desde el año 1987.

No sin ironía, las Organizaciones Globo, juntamente con otras grandes medios de comunicación del país, han sido una de las principales promotoras del proceso de destitución de Dilma. Bajo el mantra del rechazo a la corrupción, Globo lanzó titulares y columnistas altamente intolerantes con toda y cualquier irregularidad, aparente o real, del Partido de los Trabajadores. Mientras tanto, el grupo sistemáticamente disminuye las acusaciones y evidencias relacionadas al nuevo gobierno interino, y principalmente las conectadas con su partido favorito, el neoliberal PSDB.

El verdadero pecado del Partido de los Trabajadores

Pese a las fuertes acusaciones y condenas hacia varias figuras importantes del PT (Lula incluido), es probable que el punto negativo que realmente marque su historia sea el mantenimiento de las políticas neoliberales y del proceso de desindustrialización, con el agravio de la “primarización” de la pauta exportadora brasileña.

El bajo desarrollo de la economía industrial del país, fenómeno compartido en América Latina desde los años 1980, no ayudó a que las ganancias salariales reales de las capas trabajadoras más pobres del país se dieran de manera sostenible. Con el crecimiento de la importancia de la pauta económica exportadora, enfocada sobretodo a alimentar la industrialización china con commodities básicas como el mineral de hierro, Brasil aumentó su grado de vulnerabilidad frente a crisis externas — como la que ocurre ahora.

Un crecimiento importante del mercado de consumo interno, fomentado por un incremento del poder adquisitivo de las capas más pobres y el aumento de acceso al crédito, no fue suficiente como para contrarrestar esa lógica.

El PT no aprovechó los años de bonanza, debido también al gasto público expansivo y muchas veces correctamente anticíclico, para reestructurar la economía y la fiscalidad brasileña en sus bases. El aumento del mercado de consumo interno no fue seguido de fuertes políticas de desarrollo de la producción nacional, que podría haber abierto una oportunidad quizás única para una industrialización moderna – verde y social, enfocada a la creación de trabajos de calidad y a servicios básicos a la población. Las líneas neoliberales del escaso desarrollo brasileño en los últimos 15 años también quedó patente en otros sectores, como la educación y el medio ambiente.

¿Vendrá la “nueva política” a Brasil?

Los observadores del país seguramente no estarán en su mejor estado de ánimo. Su nivel de polarización política deja entrever pocas alternativas no solo en el sistema político-partidario, sino también en el campo periodístico y mediático.

La apuesta de los poderes fácticos brasileños es por una estabilidad institucional que agrade al mercado financiero y vuelva a atraer inversiones externas en el corto plazo, sin importar que el actual gobierno de Michel Temer tenga una base política y social frágil, o bien directamente corrupta.

La expectativa por el surgimiento de algo nuevo en Brasil, como ha pasado con la candidatura de Bernie Sanders en Estados Unidos o la ascensión de Podemos en España y James Corbyn en el Partido Laborista británico, parece ser ahora mismo irreal. Aunque sea verdad que una de las principales características de esos movimientos fue su crecimiento inesperado.

Como la esperanza es lo último que se pierde, una encuesta de Datafolha publicada justo en medio de la turbulencia política de los últimos meses indica a la ambientalista Marina Silva y Lula como probables candidatos a la segunda ronda de las elecciones presidenciales de 2018. Es poco creíble que un nuevo gobierno de Lula cambiase en esencia la manera de gobernar que se consolidó en sus dos mandatos. Y la mayoría de analistas no están realmente seguros sobre qué orientación tendría un gobierno del nuevo partido Rede de Marina Silva — pese al consenso sobre su respetable biografía.

Sin embargo, la encuesta es una de las pocas noticias positivas de la tragedia del último año. Con el neoliberal PSDB bajando en la intención de voto, se concluye que la población es menos manipulable de lo que uno a veces cree. No importa si por escepticismo, ignorancia o nihilismo.

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