“¿Neutrali-qué?” … Lo que nos jugamos con la neutralidad de la Red

Es claro: eso de la “neutralidad de la Red” nos suena abstruso (y ahora que ha salido a colación a propósito de una decisión de la Administración norteamericana, bastante lejano). Lo primero lo probaba BEREC, el organismo que agrupa a los reguladores europeos de telecomunicaciones, en un interesante estudio de 2015.

Siempre según ese estudio, sin embargo, con lo que sí nos familiarizamos más los europeos es con la necesidad de que los operadores (léase las Telefónicas, Vodafone u Orange en España) gestionen sus redes, que son las que nos permiten el acceso a Internet. Ahora bien, y aquí está la clave, aceptamos esta gestión siempre y cuando no se haga a expensas del acceso a la Red de nadie, ni en particular de nuestra propia calidad de acceso a Internet. Es decir, que como asegura BEREC: “Los consumidores europeos manifestamos una elevada sensibilidad hacia la justicia en cuanto se refiere a la neutralidad de la Red.”

En otras palabras: quizá no sepamos definir la neutralidad de la Red, pero, paradójicamente, ¡sabemos perfectamente en qué consiste! En el fondo, consiste justamente en eso: en que nadie pueda evitar nuestro acceso a Internet, en que nadie pueda perturbar nuestra calidad de navegación y en que nadie pueda priorizar tráfico alguno sobre otro, si ello perjudica una u otra cosa. Nada de esto quiere decir que, como demuestra el estudio, las operadoras no puedan gestionar las redes, pero habrá de ser, se desprende de lo dicho, por razones justas.

La neutralidad de la Red busca garantizar que el tráfico de Internet fluya libre de discriminaciones injustificadas respecto de aplicaciones o de servicios. Esas discriminaciones pueden materializarse en tres conductas: bloquear cierto tráfico, ralentizarlo o cobrar por priorizar algunas aplicaciones o contenidos sobre otros. Un ejemplo de lo primero: nuestro operador de telefonía bloquea las películas o las series de Netflix, pongamos por caso, porque compiten con su propia oferta de películas y series. Otro de lo segundo: nuestro operador ralentiza el flujo de esas mismas películas de Netflix, porque sabe que no pertenecen a su propio paquete de contenidos. Y otro de lo tercero: ese mismo operador abre una especie de “carril rápido” para el tráfico de aquellos de sus clientes que pagan una tarifa “premium”, mientras que el de los demás debe seguir circulando por el “carril ordinario”.

De todo lo anterior se deduce que la gestión de las redes se deba sujetar a necesidades imperativas, entre las que sin duda destacan dos: la seguridad de la red en sí y su posible congestión. Más allá de estos dos supuestos, entraríamos precisamente en las tres conductas indebidas.

Existe, eso sí, una zona gris, a medio camino entre lo admisible y lo que claramente quiebra la neutralidad. Es el territorio de los llamados “servicios especializados”. Sin duda el ejemplo más importante de estos servicios son los paquetes de entretenimiento de las operadoras. Y, ¿por qué están a medio camino entre lo claramente admisible (seguridad, congestión) y lo claramente inadmisible (bloqueo, ralentización y cobro por priorización)? Porque las dos normativas más influyentes del mundo sobre esta materia, la estadounidense y la europea, ambas de 2015, facultan a las operadoras a gestionar su red para proteger esos servicios propios “especializados”, bajo el argumento de que necesitan un determinado (es decir, suficientemente aceptable) nivel de “calidad de servicio”.

Cierto también que las normas norteamericanas de 2015 son más estrictas que las europeas en lo que se refiere a estos servicios especializados, por dos razones principales: por sujetar la capacidad de gestión de las operadoras sobre tales servicios a algunas limitaciones materiales que no existen en Europa; y porque su control se ejerce por una autoridad centralizada, la Federal Communications Commission (FCC), que puede asegurar una aplicación uniforme de dicha normativa (mientras que en Europa queda sujeta a criterios potencialmente divergentes por parte de cada una de las 28 autoridades regulatorias).

Dos pruebas de esta mayor laxitud de las normas europeas. Vodafone ha comenzado a ofrecer, sin ir más lejos en España, no cobrar a sus clientes “si se quedan sin megas”, respecto de algunos servicios o aplicaciones predeterminados por la propia operadora (WhatsApp, por ejemplo), mientras que han de pagar el exceso “de megas” respecto de todos los demás. Es lo que se conoce como “zero rating”.

Otra más, difundida en un tuit por un miembro de la Cámara de Representantes estadounidense (Ro Khanna), y de la que se hace eco el New York Times: la operadora móvil portuguesa Meo divide Internet en función de sus contenidos (vídeo, con YouTube, etc.), mensajería (con WhatsApp etc.), redes sociales (con Facebook, etc.), y así otros tres, para cobrar diferentes tarifas a sus abonados en función de que se suscriban a un paquete, a algunos o a todos. Un verdadero “troceo” de Internet, como el propio Khanna subraya, y a quien extraña tanto la situación, que da por hecho en el tuit que ¡en Portugal no rige la neutralidad de la Red!

Y aquí enlazamos con la actualidad, con la decisión de la FCC del pasado 14 de diciembre de eliminar la normativa de 2015, que prohibía, con mucha lógica como hemos visto, bloquear, ralentizar o cobrar por priorizar aplicaciones o servicios, y que era incluso más efectiva que la europea para impedir abusos de los “servicios especializados”. Es decir, que, desde el 14 de diciembre, en EE.UU. ninguna norma impedirá hacer todo eso. Si simplemente una regulación excesivamente relajada de los “servicios especializados”, como la existente en Europa, puede llevar a abusos del tipo de los que hemos visto, imaginemos lo que puede llegar a suceder en EE.UU. a partir de ahora.

Los defensores de la eliminación arguyen que ninguno de esos males inadmisibles había llegado a ocurrir antes de 2015. También que lo que se busca es aumentar las opciones para el consumidor. Y potenciar la innovación.

Puede ser. Aunque también puede ser cierto que nunca antes de 2015 había sido tan probable esa “balcanización” en los contenidos de Internet, siendo ese riesgo aún mayor en 2017 (lo atestiguan algunos de los ejemplos anteriores). Y es igualmente verdad que esas mayores opciones para el consumidor no son elegidas por él mismo, sino por el operador correspondiente, en función de sus intereses comerciales.

Y en cuanto a potenciar la innovación, qué mejor para ello que una red como es por esencia Internet, abierta “de extremo a extremo”, en gran medida “tonta” (en palabras del gran experto norteamericano D. Post), porque se limita a permitir la comunicación, sin que importen ni la tecnología subyacente ni la naturaleza de los contenidos que se enlazan. ¿O alguien duda de que si no hubiera sido por esa apertura y esa ceguera respecto de lo que se enlaza y distribuye, aplicaciones y servicios nacidos en colegios mayores y que hoy se llaman Google, por solo citar un ejemplo, difícilmente habrían superado la mediocridad?

Internet, como toda obra humana, tiene defectos y entraña riesgos. Unos y otros empiezan a ser crecientemente conocidos, conforme toda una ola de pensamiento “ciberescéptico” va surgiendo a la luz. Aunque difícilmente se podrá negar que esta Red ha llegado a convertirse en un instrumento imprescindible para la libertad y para el progreso de la Humanidad. Y a esto se ha llegado gracias a ese ADN inescindible de la propia Internet, que es su neutralidad.

¿Por qué interferir en ello, cuando nos ha traído tan lejos? ¿Por qué entorpecerlo, cuando gracias a ello, Internet funciona tan bien?

Lo que más valoramos en nuestro acceso a Internet, la misma justicia, y nada menos… eso nos jugamos con la neutralidad de la Red.

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