Nagorno-Karabaj y los intereses opuestos de Rusia y la UE

El 2 de abril, Armenia lanzó la ofensiva más grande desde el alto el fuego en 1994 contra el ejército de Azerbaiyán en  algunas de las zonas más pobladas de Nagorno-Karabaj. El ataque resultó en docenas de muertos y obligó a pueblos enteros a dejar sus hogares.

Azerbaiyán declaró haber establecido una tregua el 3 de abril, pero sigue habiendo testimonios de ataques. El Grupo de Minsk se reunió el 5 de abril para detener la violencia. El pasado 25 de abril, el Secretario de Estado de Asuntos Europeos francés, Harlem Désir, declaró con motivo de la Conferencia Francófona que es necesario reiniciar las negociaciones. Los presidentes de Armenia y Azerbayán acordaron un alto el fuego el 16 de mayo para resolver el conflicto, bajo la supervisión de Estados Unidos, Francia y Rusia. Sin embargo, el 17 de mayo el ministro de defensa de Azerbayán declaró la muerte de un soldado tras una violación del alto el fuego.

Durante más de 20 años el alto el fuego ha sido frágil, pese a la presencia de la OSCE. Sin embargo, la escalada del conflicto en el último año presenta serias implicaciones para la región y para los intereses de Europa y Rusia.

Nagorno-Karabaj es un región al este de Armenia, perteneciente a Azerbaiyán pero bajo control armenio desde la disolución de la Unión Soviética. La región declaró su independencia de Azerbaiyán en 1988 reivindicando que su anexión se debió a la invasión soviética y alegando que la comunidad armenia había visto limitada su cultura y libertad religiosa. Sin embargo, historiadores coinciden en que la región fue habitada por armenios y asirios por igual desde la antigüedad.

Como otras repúblicas soviéticas, el estado de crisis de la URSS en los años 80 se presentaba a los líderes nacionales como una posibilidad para maximizar su poder político. Manifestaciones en la región en 1991 se convirtieron en un conflicto étnico que llevó a ambos países a la guerra.

En 1994, la OSCE creó el Grupo de Minsk cuyo objetivo es restablecer la paz y terminar con el conflicto. El grupo está formado por diplomáticos rusos, franceses y estadounidenses y desde él se ha apostado por la retirada de las fuerzas armenias y la devolución del territorio a Azerbaiyán. Pese a lograr un alto el fuego en 1994, como resultado de la guerra, la región y siete provincias cercanas están bajo control armenio y el conflicto sigue sin estar resuelto. Descrito como un conflicto congelado en Relaciones Internacionales, este conflicto, junto con otros en la región, sigue latente y sin una resolución permanente.

La influencia de Azerbaiyán en la región es limitada, pese a ser reconocida internacionalmente como una parte de su territorio. Al empezar la guerra, aproximadamente el 25% de la población (alrededor de 40.000 personas) huyeron y en 1994 el número ascendía a 600.000 azerbaiyanos. El censo de 2005 indica que de la población actual (138.000 personas) tan solo 400 no eran armenios

En los últimos años, los ataques armenios contra civiles azeríes se han intensificado, Armenia ha optado por usar artillería pesada, ametralladoras y morteros, mientras que Azerbaiyán ha optado por la vía diplomática y una estrategia defensiva. A principios de mayo Armenia inició un proceso legal para el reconocimiento de independencia de Nagorno-Karabaj. La situación actual hace del alto el fuego algo simbólico y entorpece el proceso de paz.

A pesar de que las consecuencias del conflicto tengan un impacto esencialmente local, actores internacionales con intereses en la región tienen incentivos para intervenir y fomentar una solución en acorde. Nagorno-Karabaj, junto con otros conflicto similares en la región, es un reto político donde confluyen los intereses de integración de la Unión Europea y Rusia.

La UE y la ONU han rechazado la anexión de Nagorno-Karabaj y el uso de la fuerza en la región por parte de Armenia. Para Europa, la estabilidad y seguridad en el Sud del Cáucaso es de vital importancia para sus suministros energéticos. La tubería que atraviesa Bakú-Tbilisi-Ceyan son cruciales para las necesidades energéticas de Europa en un momento en el que la UE intenta reducir el consumo de gas ruso.

Para Rusia, los sucesos recientes presentan una oportunidad para consolidar su posición en la región al margen del grupo de Minsk. El conflicto permite a Moscú proyectar su poder sobre Ereván, la capital Armenia, a la vez que controla la política nacional y exterior de Bakú en Azerbaiyán.  Históricamente, Moscú ha tenido lazos fuertes con Armenia. En 2013, un oficial ruso declaró la intención de Rusia de “unirse al conflicto armado contra Azerbaiyán si decide restablecer su jurisdicción sobre Nagorno-Karabaj” (http://www.eurasianet.org/node/67712).

Recientemente Moscú ha empezado a estrechar lazos con Azerbaiyán para tener un control más exhaustivo de la región y asegurar su rol como mediador. La exportación de armas a Azerbaiyán desde Rusia ha condicionado la búsqueda de aliados de Bakú en la región y podría suponer un cambio en el equilibro de fuerzas en Nagorno-Karabaj. Para evitar enfrentamientos con Rusia y lograr mayores avances diplomáticos, Azerbaiyán ha desestimado una cooperación más cercana con Turquía.

Los intereses de Rusia en relación a la evolución del conflicto no son claros. Por un lado, si el conflicto empeora, Rusia es responsable de enviar tropas a través de la CSTO, por lo que quiere mantener el conflicto a raya. Por otro lado, si el conflicto empeora, Rusia recupera su preponderancia energética en la región.

Azerbaiyán sufre una crisis económica y el descontento de los ciudadanos exige un cambio en el ambiente para revitalizar la confianza en la nación. Bakú cada día está menos convencida de la efectividad de los procesos diplomáticos. A medida que la frustración aumenta y la presión sobre el gobierno para actuar aumenta, el conflicto tiene más cartas para estallar. Sin embargo, tras dos décadas de control sobre la región, es evidente que Armenia no tiene incentivos para hacer concesiones. 

La gestión del conflicto al corto plazo puede mitigar los riesgos y apuros humanitarios, pero a día de hoy, la resolución del conflicto parece improbable. En junio se reanudarán las negociaciones de paz en Viena a cargo de la OSCE. Una solución a largo plazo es imposible si los intereses geopolíticos en la región siguen divergiendo.

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