¿Por qué el nacionalismo marcha en Polonia?

El pasado fin de semana los medios de comunicación internacionales se horrorizaron ante las imágenes de la llamada Marcha de la Independencia que teñía de rojo la capital de Polonia.  Las imágenes de manifestantes portando símbolos y eslóganes xenófobos, racistas y antisemitas dieron la vuelta al mundo. Ante las críticas que llovieron al gobierno polaco, tanto dentro del país como fuera, el Ministerio de Asuntos Exteriores polaco publicaba al día siguiente de la marcha un escueto comunicado indicando que se trataba de “incidentes” que no representaban lo que para ellos había sido una marcha pacífica y patriótica, y condenando a su vez opiniones racistas, antisemitas o xenófobas. Pero ¿cómo es posible que en un país miembro de la Unión Europea se celebre un acto multitudinario con elementos tan claros de apología al fascismo y el gobierno se esté congratulando que la fiesta nacional haya sido un éxito?

Mientras que el Día de la Independencia de Polonia se conmemora anualmente el 11 de noviembre con un día de fiesta y múltiples actos gubernamentales, la Marcha de la Independencia es un evento que se celebra hace tan sólo unos años pero que ha tenido mucho éxito congregando los elementos más radicales del país. Además la marcha se ha vuelto punto de reunión para los violentos hooligans que ya no tienen cabida en los estadios de fútbol como antes. En el 2013, un incidente relacionado con la marcha terminó con la quema de una instalación de arte colocada en una céntrica plaza de Varsovia. Se trataba de un arco iris, convertido entonces en un símbolo de la resistencia frente a la creciente presencia de la derecha radical en la fiesta. Sin embargo, pese a las quejas y denuncias que se presentaban cada año, ni el anterior ni el actual gobierno han sabido contener esos sucesos.

La marcha estuvo coordinada por una asociación de reciente creación en la que confluyen organizaciones como Obóz Radykalno-Narodowy (ONR – El Campo Radical Nacional), que se presenta como la continuación de una (ilegalizada entonces) organización antisemita del periodo de entreguerras, o Młodzież Wszechpolska (las Juventudes de Toda Polonia), la organización que pretende despertar el espíritu católico y nacionalista de los jóvenes polacos. Estas organizaciones, llamativas por su apología del fascismo y racismo, constituyen, sin embargo, un extremo minoritario del escenario político de Polonia. Aunque oficialmente existe un partido asociado a ONR – Ruch Narodowy (Movimiento Nacional), éste no ha tenido éxito electoral y ha obtenido presencia en el Sejm sólo gracias a su socio en el actual parlamento, la formación anti-sistema del controvertido excantante Pawel Kukiz. Por tanto, más que de una radicalización generalizada, se trata de una normalización de actitudes radicales en el espacio público.

Sin embargo, es importante preguntarse porque en un país que no ha sufrido la crisis económica en la última década, y cuya modernización y desarrollo han sido ejemplares en gran parte gracias a ser el mayor receptor de fondos estructurales de la UE, estamos ante la apropiación de la fiesta nacional por las corrientes más extremas de la derecha radical. No existe una única respuesta a esta pregunta, pero cabe destacar varios elementos de una generalizada deriva nacionalista que ha facilitado tenido este resultado y que ha tenido su reflejo en la aplastante victoria de la derecha en las últimas elecciones generales (un escenario político analizado en este análisis de Agenda Pública).

Mientras que económicamente las últimas décadas han sido las más exitosas en la historia del país, hay que recordar que al inicio de la transformación democrática a los ciudadanos polacos se les prometía que la democracia y el mercado libre iban a resolver todos sus problemas. Los polacos sufrieron los brutales costes de los ajustes económicos de la Terapia de Shock post-1989, siempre con la esperanza de que el resultado final les traería riqueza y bienestar. Esas aspiraciones también se reflejaban en la ambición de formar parte de la Unión Europea, para ser partícipe de la prosperidad y libertades que se observaban en la parte occidental del continente. Todo eso hace que hoy en día los polacos comparen sus salarios, su calidad de vida o la calidad de sus servicios sanitarios no con los de su propio país hace 20 años (y se muestren satisfechos con los increíbles avances),  sino con los países de Europa Occidental, a los que, por cierto, emigraron varios millones de sus compatriotas en los últimos años. Estas comparaciones se hacen cada vez más fáciles (y odiosas) gracias a los medios de comunicación y a las redes sociales. Las frustraciones resultantes son precisamente las que ha sabido explotar el actual partido de gobierno Ley y Justicia al formular su discurso proteccionista y xenófobo.

Además, irónicamente, la década de desarrollo económico bajo el anterior gobierno de Plataforma Cívica ha facilitado el encaje de ese discurso de miedo y odio. Mientras que los polacos veían a sus políticos presumir de lo bien que iba la economía en los foros internacionales, muchos de ellos aún vivían con muchas dificultades, sobre todo en la parte este del país, la menos desarrollada económicamente. Estos votantes fácilmente creyeron a un partido que venía prometiendo rescatar el país de las manos de las élites corruptas y devolverlo a sus ciudadanos. La absoluta insignificancia de la izquierda en el escenario político del país es un tema aparte, pero su fracaso ha dejado espacio a discursos radicales de derecha que prometen proteger y ayudar a los trabajadores polacos, que se sienten abandonados por las élites liberales y cosmopolitas.

A los factores económicos habría que añadir que Polonia es un país que, debido a su historia de invasiones y amenaza constante, así como opresión comunista, siempre ha tenido la idea de patriotismo e identidad nacional muy presente, como condición de su supervivencia. Este elemento también lo supieron explotar los políticos de Ley y Justicia que incorporaron en su programa una fuerte defensa de los valores tradicionales polacos, a la vez que incorporaron un discurso de miedo hacia los inmigrantes y refugiados aludiendo a los presuntos riesgos de las llamadas políticas “multi-culti” de Occidente. Desgraciadamente, esta deriva xenófoba ha contado con el apoyo tácito de una parte de la Iglesia católica polaca, que conserva un papel importante en la sociedad polaca debido a su rol como plataforma de oposición durante los años de socialismo. Por todo ello, mientras que el actual gobierno rechaza oficialmente los lemas racistas y antisemitas de la marcha de fin de semana pasado, lo cierto es que los medios públicos no cierran sus puertas a los representantes de la derecha radical, mientras que los representantes de la izquierda o las feministas son atacados constantemente como anti-polacos por los propios miembros del gobierno.

En definitiva, mientras que las lamentables imágenes del sábado pasado representan tan solo un extremo minoritario del espectro político de Polonia, lo cierto es que estamos ante una deriva claramente nacionalista y xenófoba de la opinión pública, facilitada por las élites políticas en busca de réditos electorales. El número de ataques a extranjeros, sobre todo musulmanes o árabes, se ha duplicado el año pasado, y las tiendas de kebab se han convertido en un negocio de riesgo en Polonia. Aunque las manifestaciones feministas nunca ha sido un asunto fácil las contra-marchas – antifascistas, feministas, de organizaciones judías, o incluso la oposición de los ciudadanos de a pie– se vuelven cada vez más arriesgadas frente a la agresiva ideología nacionalista. Y el actual gobierno tiene la culpa de permitir no sólo que los elementos más violentos de la derecha se hayan apropiado de una fiesta patriótica, sino de que sus discursos se vayan normalizando en el espacio público, facilitando el arraigo de actitudes radicales que son muy difícilmente cambiables, sobre todo entre los jóvenes.

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