“Mind the gaps”: las brechas de la democracia británica

Son muchos los motivos que hacen tan interesantes las elecciones que se celebran hoy en el Reino Unido. Baste destacar el empate tan ajustado entre laboristas y conservadores que reflejan los sondeos, la gran incertidumbre sobre las posibles alianzas posteriores, o la inquietud acerca de la política europea que impulsará el gobierno resultante (si es que se consigue formar uno).

Pero la votación alcanza una relevancia aún mayor si se contempla desde la óptica española actual. Seguramente no hay otro país con el que se puedan trazar más analogías políticas. Para empezar, el ciclo económico es similar de modo que, tras largos años de crisis, tanto Rajoy como Cameron rivalizan en presumir de datos de crecimiento superiores al resto del mundo desarrollado. Claro que también es parecida la frágil base de apoyo sobre la que se sustenta esa reciente bonanza; un terreno abonado en los dos casos por el malestar hacia la creciente desigualdad, por las tensiones centro-periferia o por el cinismo hacia los gobernantes de unos ciudadanos que se sienten desempoderados. Asimismo, y éste es seguramente el paralelismo más trascendental, ambos países podrían estar a punto de afrontar una coyuntura crítica hasta el punto que 2015 quizás pase a la historia como un parteaguas en el que se transformaron las características estructurales de dos democracias eminentemente bipartidistas y con gobiernos estables que transitarían ahora hacia una situación mucho más plural y compleja. Sin embargo, por terminar este repaso de similitudes, podría igualmente ocurrir que las viejas tendencias se mostrasen más resistentes y las expectativas de cambios profundos -o incluso de un momento constituyente- acabaran por no cuajar.

En cualquier caso, merece la pena detenerse en la profundidad de las fracturas políticas y sociales que tanto dominan el paisaje británico actual y que se reflejan en esa reiterada alusión a un “Dis-united Kingdom”. Es verdad que los británicos siempre asumieron la división y el conflicto como natural, incluso consustancial a su modelo de convivencia colectiva. Ahí están, por ejemplo, las clases sociales muy marcadas y el orgullo de pertenecer a ellas, la rivalidad moderada entre identidades nacionales diversas, una preferencia por el individualismo competitivo sobre el corporativismo en el mundo de la empresa, una prensa militante y a menudo cruel o, en fin, un estilo de elaboración de las políticas públicas que antepone la confrontación izquierda-derecha al consenso. El problema es que en los últimos años las brechas de la democracia británica se han ensanchado al tiempo que se han deteriorado también los contrapesos tradicionales que servían para desahogar la crispación: el legado histórico compartido, el aprecio por las instituciones comunes, el Estado del Bienestar, o el poder que sentían tener los votantes determinando cada cinco años una alternancia nítida entre los grandes partidos.

Del mismo modo que el metro de Londres advierte por megafonía del peligroso hueco que queda entre el andén y los vagones, en los últimos años no han dejado de emitirse señales rojas por diversos analistas sobre el deterioro del pacto social. Es una advertencia que recorre todo el espectro ideológico. Ahí está Owen Jones avisando desde la izquierda contra la demonización de la clase trabajadora (los denostados Chavs) y la concentración de poder en el establishment político-económico que desplaza a Westminster. Más en el centro puede mencionarse la crítica feroz de David Marquand hacia la mercantilización creciente y la vulgaridad de las élites, y así hasta desembocar en los ataques de los comentaristas más conservadores contra la falta de patriotismo o el poder tecnocrático de la UE.

Cuatro son las grandes fracturas que dividen hoy a la sociedad británica y que condicionan el comportamiento electoral: la desigualdad, el modelo territorial, el multiculturalismo y la relación con Europa. Y las cuatro, por continuar los paralelismos antes aludidos, tienen su correlato en España aunque es cierto que las tiranteces con Bruselas o el rechazo a la inmigración (con expresiones que van desde la xenofobia a la segmentación urbana) no tiene aquí ni de lejos la misma magnitud. Sí es, en cambio, mucho más cercano el riesgo cierto de deslegitimación del sistema si siguen deteriorándose los diques de protección social y aumentan los excluidos o si no se acierta con un modelo territorial capaz de acomodar las aspiraciones de Escocia con las de las demás naciones, incluyendo ahí tanto a la identidad propiamente inglesa como a la británica en general.

El nuevo Reino Unido que sale de las urnas tendrá que gestionar pues esas grandes brechas sociales y políticas. El empeño resulta tan difícil como imperioso. Parece claro que el fracaso en el intento de preservar o avanzar hacia una democracia más cosmopolita, plural y bien conectada con su entorno y la globalización sería una pésima noticia para el mundo en general y para España en particular.

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