¿Más y mejor informados?

En los últimos años se ha vuelto una convención afirmar que vivimos en el mejor de los tiempos cuando de diversidad y acceso a la información se trata. Tenemos más información, más canales para expresarla y difundirla, más formatos de acceso y más inmediatez que nunca. De eso, no cabe duda.  

Pero, ¿esa explosión cuantitativa necesariamente se traduce en una esfera pública más informada, en un debate ciudadano más rico y diverso y, por tanto, en mejores políticas públicas y más rendición de cuentas —el fin, en última instancia, de los medios de comunicación—? La respuesta a esta segunda cuestión es mucho menos clara, más escurridiza y, lamentablemente, no le hemos prestado toda la atención y seriedad que merece. Nos hemos ido de bruces en la adopción de los estándares tecnológicos de última generación y los formatos más efectistas sin reflexionar si son estos los que en realidad contribuyen a enriquecer la conversación pública (ahora, parece, lo que se empieza a llevar es el periodismo en realidad virtual; toda una sugerente metáfora sobre el estado de confusión que existe en la profesión actualmente).  

En los últimos años han ido apareciendo una serie de libros y reflexiones académicas que analizan el tema desde distintos ángulos y permiten establecer unas conclusiones preliminares más o menos claras (digo preliminares porque se trata de un campo que se transforma a gran velocidad). En su conjunto, el escenario no es precisamente halagüeño. En un extremo, en el mejor de los casos, la multiplicación de formatos y canales ha servido para incorporar discursos minoritarios, ampliar la base de los emisores (se ha roto definitivamente el techo de cristal de la emisión) y distribuir la información con mayor libertad que antes. Pero en ningún caso estamos ante esa panacea del ciudadano informado, participativo y más crítico que algunos quieren ver. En el otro extremo, en el peor de los supuestos, podríamos estar incluso ante un claro retroceso en la forma de construir discurso político y debatir los asuntos públicos. Un escenario paradójico pero plausible: una opinión pública con más información a su alcance que nunca que, sin embargo, entiende cada vez menos.   

Pienso sobre todo en textos surgidos a partir de la explosión de los canales y medios de comunicación provocada por la democratización de internet y el aumento exponencial de su uso, allá por mediados y finales de los años noventa del siglo pasado. En 1999, por ejemplo, aparecía Rich Media, Poor Democracy: Communication Politics in Dubious Times (The New Press) de Robert McChesney. Un libro importante que identificaba un empobrecimiento paulatino del discurso público como consecuencia de la consolidación de grandes conglomerados de información (antes, incluso, en 1985, un libro fundamental como Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business de Neil Postman ya identificaba el embrión de algunos de los males que nos aquejan hoy, aunque lo hacía en la era pre digital, de la que aquí no me ocuparé). En Republic.com (Princeton University Press) de 2001, Cass Sunstein de la universidad de Harvard advertía sobre las echo chambers (cámaras de eco), también conocidas como “silos informativos”. Sunstein se adelantaba unos años y proyectaba el peligro que conllevaría atomizar la opinión pública en tantos y tan específicos apartados que la gente terminaría aislándose y eligiendo solo relacionarse a través de aquello afín a sus intereses y opiniones ya establecidas (una observación confirmada en incontables estudios posteriores; desde el punto de vista informativo, cada vez estamos menos expuestos a opiniones e informaciones que nos son ideológicamente antagónicas). A principios de esta década Eli Pariser identificó el fenómeno de la “burbuja de los filtros” que desarrolló en The Filter Bubble: What The Internet Is Hiding From You (Penguin Press, 2011), en el que anticipaba temas importantes sobre la manipulación algorítmica a la que está sujeta buena parte de la información que hoy circula por las redes. En la gran mayoría de los casos, en la red de 2016 —muy distinta a la de 2006— lo que vemos en las pantallas no es una representación fiel y libre de la información disponible, sino una representación algoritmicamente manipulada que busca sacar el mayor partido comercial de los contenidos. También está el trabajo de Tim Wu de la universidad de Columbia, que en 2010 publicó The Master Switch: The Rise and Fall of Information Empires (Knopf), en el que explicó cómo el poder de los medios oscila entre la disrupción de formatos tecnológicos, la llegada de nuevos jugadores, su consolidación y finalmente su inevitable transformación en nuevos monopolios. Un patrón cíclico que se viene repitiendo desde la época del telégrafo en el siglo XIX. Google y otro puñado de empresas de Silicon Valley son solo su manifestación más reciente. En últimas fechas, Emily Bell del Tow Center for Journalism de la universidad de Nueva York describió el estado de los medios y su reconversión digital en un breve y elocuente ensayo titulado The End of the News as We Know It: How Facebook Swallowed Journalism. Bell hace una exposición desoladora sobre la debilidad estructural ante la que se encuentra el periodismo de calidad en 2016. En muy resumidas cuentas, una plataforma como Facebook ha conseguido tres cosas con las que ningún medio de comunicación tradicional podría siquiera soñar: una escala abrumadora (en torno a 1.650 millones de usuarios activos, más de uno de cada cuatro habitantes del planeta); convertirse en el nuevo gatekeeper de la información al monopolizar la función de intermediación entre los contenidos que producen los medios tradicionales y el público que los consume; y, en tercer lugar, ha conseguido ser la plataforma que monetiza esta nueva dinámica de la esfera pública (desplazando aún más a los medios tradicionales, sobre todo a la prensa escrita, que se desangra irremediablemente). En resumen, un nuevo tipo de intermediario con más poder y control que nunca; y con un único objetivo: convertir el caudal de datos e información personal en una plataforma publicitaria a escala planetaria.   

Este mismo año Michael Patrick Lynch de la universidad de Connecticut ha hecho una contribución importante al debate llevando el argumento un paso más allá. Para Lynch la discusión académica ya no solamente debería analizar las ventajas de más o menos canales, de más o menos información, de nuevos y antiguos gatekeepers. Debería dar paso, más bien, a un debate filosófico y epistemológico sobre cómo asignamos valor y credibilidad al relato que construye la narrativa colectiva. En su libro más reciente, The Internet of Us: Knowing More and Understanding Less in the Age of Big Data (Liveright, 2016), Lynch argumenta con lucidez y establece una relación inversamente proporcional entre la cantidad de información emitida y la capacidad para establecer objetivamente unos hechos (facts) aceptados por la mayoría. La proliferación de canales y emisión de información sin apenas filtros ha permitido una nueva forma de consumir noticias en la que selectivamente se decide a qué datos o informaciones se les presta atención y a cuáles no. Se trata de lo que los angloparlantes se refieren de manera genérica como cherry picking. Es decir, ante la abundancia de información se construyen argumentos, relatos, opiniones o incluso se diseñan políticas públicas en base a un ejercicio interesado de selección en el que solo se toman en cuenta las evidencias que refuerzan el punto de vista de partida. Cualquier evidencia incómoda, contradictoria o que no se alinee con los presupuestos ideológicos, se descarta. De esta forma, en una esfera pública compleja y atomizada como la actual, el problema ya no solo consiste en acercar posiciones y encontrar puntos de encuentro, el problema se traslada y muta de lo estrictamente político a lo epistemológico: cómo establecer unos hechos aceptados que sirvan como base fundacional de lo público y punto de partida del debate político. Un claro retroceso si tomamos en cuenta el famoso axioma del senador e intelectual estadounidense Daniel Patrick Moynihan que decía que “todos tenemos derecho a nuestra propia opinión, pero no a nuestros propios hechos”. Hoy, el problema es que hechos demostrables elementales para la discusión pública son constantemente puestos en duda y sepultados debajo de un runrún mediático interesado que se genera con ese único objetivo (ha sido así como hemos caído en necias e interminables discusiones sobre si Obama nació en Estados Unidos, sobre si los humanos contribuimos al incremento de los gases de efecto invernadero o sobre si aumenta la desigualdad dentro de los países; es decir, tres discusiones sobre las que hay evidencia empírica incontestable y que sin embargo el ruido mediático pone en duda e inunda de confusión). 

Un estudio presentado el mes pasado en la conferencia anual de la Asociación de Ciencias Políticas del Medio Oeste en Chicago, documenta bien esta realidad: un porcentaje muy elevado de votantes conservadores en Estados Unidos solo atienden a lo que dicen ya no solo dos o tres medios afines, sino un puñado de sus presentadores (existe evidencia empírica clara de que se trata de un fenómeno más recurrente en la derecha que en la izquierda). Titulado The Not-So-Great Debate: Party Asymmetry and the News Media in American Politics, el estudio explica cómo gran parte de los ideales que giran en torno a la importancia de una prensa libre y una opinión pública informada, se han diluido cuando uno de los dos grandes partidos ha montado un sistema propio y paralelo de medios y canales de información que decididamente manipula los contenidos en beneficio de causas e intereses establecidos a priori. El partido Republicano ya lo hacía en la era de la televisión; desde la explosión de los medios digitales y el aumento de la emisión de información, el fenómeno se ha multiplicado y su complejidad aumentado exponencialmente (una dinámica que en gran parte explica el surgimiento y éxito del movimiento conservador en Estados Unidos después de la derrota de Barry Goldwater en 1964).

Zeynep Tufekci, una perspicaz y aguda socióloga de la universidad de Carolina del Norte lo tiene claro cuando afirma que el ascenso de Donald Trump es más un producto de la debilidad de los medios de comunicación actuales que de su fortaleza. Y ello a pesar de que la candidatura del empresario convertido en político es un fenómeno eminentemente mediático. En esa aparente contradicción se encierra una lógica contraintuitiva que apunta a la pérdida de capacidad de los llamados mainstream media para establecer una narrativa que defina contornos, implemente filtros y establezca jerarquías para dotar de credibilidad a una esfera pública desvencijada (lo que antes se conseguía a través de la llamada “ventana Overton”, que hoy los medios de comunicación tradicionales ya no controlan). Ha sido precisamente por esa rendija por la que se ha colado Trump y su escandalosa y estrambótica candidatura. Una esfera pública en la que el valor de los hechos verificables ha pasado a un segundo plano y en la que para el consumidor medio de información fenómenos tan dispares como Trump, los llamados youtubers o las últimas noticas de Alepo son parte de un mismo relato mediático que se funde, homogeneiza y fagocita en las pantallas de sus dispositivos. 

Al comienzo me refería a la falta de atención que se le presta al tema. Lo decía sobre todo desde una perspectiva europea. La mayor parte de la bibliografía repasada aquí aborda principalmente aspectos relacionados con la degradación de la esfera pública en Estados Unidos. Y aunque muchos de esos argumentos valen tanto para Europa en general como España en particular, seguimos careciendo de un análisis y documentación rigurosa propia que nos ayude a explicar las particularidades de este fenómeno al otro lado del Atlántico. En España casi a diario escuchamos todo tipo de bulos, declaraciones acusatorias e incluso fabricación de documentos que después circulan por las redes y se utilizan para confundir a la opinión pública. Pero entendemos poco todavía sobre las características estructurales de estas dinámicas y carecemos de un conocimiento sistematizado que facilite el estudio del fenómeno. Que permita tanto analizarlo en su conjunto como valorar cualitativamente con herramientas adecuadas la salud y evolución de nuestra conversación pública. 

¿Queríamos llevar hasta sus últimas consecuencias la democratización de los medios de información —ese tópico discursivo utilizado por generaciones de periodistas y gente relacionada con los medios de comunicación—? Pues aquí lo tenemos, lo hemos conseguido. En los próximos años descubriremos si somos capaces de lidiar con sus consecuencias.

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