Malestar social ante el cambio de expectativas

El pasado 14 de septiembre tuvo lugar el debate sobre el “Estado de la Unión Europea”. El primer debate de este tipo tras el Brexit del pasado mes de junio. Quizás por ello este debate estaba envuelto de cierta expectación. Una expectación que aspiraba a oír el inicio de un nuevo replanteamiento de la actual situación política de Europa y del proyecto europeo en su conjunto. Tampoco se esperaba que este debate supusiese un antes y un después dentro de los turbulentos años que estamos viviendo, pero sí que marcase un cambio de rumbo y, sobretodo, de expectativas acerca de lo que supone la Unión Europea (UE) para la ciudadanía.

Sin embargo, nada de esto no ocurrió. Por el contrario, vimos a un Jean-Claude Juncker plano, y hasta cierto punto aburrido, que mostró un discurso carente de ideas novedosas e ilusionantes. El posterior debate tampoco fue mucho mejor. La búsqueda de nuevas ideas pragmáticas que apaciguasen la creciente ola de malestar social que está recorriendo Europa, pareció quedarse en eso, en una búsqueda. A excepción de ciertos rifirrafes entre Guy Verhofstadt (ALDE), Nigel Farage (UKIP) o Marine Le Pen (FN), en cuanto a cómo debería ser la estructura organizativa de Europa, el mensaje que se pudo desprender de la sesión parecía indicar que estábamos ante un Parlamento que no sabe cómo devolver la ilusión por Europa a sus votantes, ni cómo acotar las tensiones eurofobas, ni recuperar las riendas del proyecto con lazos de inclusividad que ha venido gestándose desde los años 50.

Atrás quedan los años en que estos temas sobre el malestar social no llegaban ni a plantearse dentro de la agenda europea. Los años de bonanza europea desde la superación de la crisis del Sistema Monetario Europeo fueron reforzados por la introducción del Euro y tan sólo se vieron salpicados por el rechazo de Francia y de los Países Bajos al establecimiento de una Constitución Europea. Este primer rechazo posiblemente debería haberse entendido como un toque de atención acerca de la manera en que se estaba abordando la creación de las instituciones europeas. Pero no fue el caso, pues nada parecía indicar que el proyecto europeo pudiese descarrilar pese a este primer tropiezo. A cambio, se optó por reformular dicha Constitución en un Tratado (de Lisboa) que a grandes rasgos mantenía las líneas perseguidas por su documento originario, pero no necesitaba de una ronda previa de referéndums nacionales para su aprobación.

Tras estas dos décadas de crecimiento, llegó la mayor crisis económica desde el Crack del 29. Deuda, desempleo, austeridad y un sinfín de nuevos términos han ido surgiendo dentro de la esfera política europea y nacional. Donde antes había crecimiento, ahora tenemos recesión. Lo que hasta entonces era empleo y mejora del bienestar, se ha ido convirtiendo en desempleo, precariedad y exclusión social. Más aún, donde antes existía un proyecto internacional inclusivo que iba adhiriendo más y más países a sus fronteras, ahora por el contrario vemos restricciones a la inmigración, crisis de refugiados e incluso tentativas por abolir el tan popular Tratado de Schengen.

Ante esta situación es razonable pensar que se haya dado un cambio de expectativas entre la ciudadanía europea y, hasta cierto punto, se haya empezado a mirar a Europa con otros ojos. O al menos ese ha sido el mensaje que han perseguido hasta ahora los partidos tanto eurofobos como euroescépticos. En 2014, el economista Lawrence Summers planteó que el bajo crecimiento de la productividad mostrado por las economías desarrolladas, junto con sus elevados niveles de deuda y desempleo, podría derivar en una situación de estancamiento, al que denominó secular, debido a las bajas expectativas de crecimiento a largo plazo. Aunque esta hipótesis está aún por probarse, parece que, hasta el momento, los datos le están dando la razón. Es más, de ser así, tendríamos que reconocer que el ciudadano europeo ha tenido cambiar sus expectativas acerca de su bienestar futuro en un período de tiempo muy breve. En cierto modo, lo que hasta el momento eran promesas de mayor bienestar para el ciudadano de a pie, se han ido traduciendo en decepciones y, en algunos países más que en otros, en frustraciones.

Visto en perspectiva, es difícil pensar que mensajes políticos que pretendan culpar a Europa de todos los males nacionales y que propongan como solución la vuelta a la soberanía nacional, calen de la misma manera entre el electorado en épocas de auge y de recesión. Al fin y al cabo, en épocas de crecimiento las fallas de las instituciones no son tan visibles como lo son en épocas recesivas. De este modo, cabría esperar que en épocas de crecimiento a los individuos les resulte más sencillo ceder parte de su soberanía nacional en favor de un ente supranacional, como la UE, si esto se justifica en aras de un mayor bienestar. Sin embargo, si el crecimiento económico se derrumba por culpa de una crisis como la actual, el ciudadano puede empezar a sentir que el contrato implícito que había suscrito mediante su integración en la UE no se ha terminado de completar según lo deseado. Si este es el caso, la demanda por una vuelta a la soberanía nacional puede acabar entrando en la escena política si además el ente supranacional al que anteriormente se le había cedido soberanía, la UE, pone al descubierto fallas internas en su diseño organizativo. El estancamiento secular por un lado, y la crisis política del euro por el otro, han mostrado los conflictos entre países acreedores y deudores en el seno de la UE, poniendo de manifiesto que las concesiones “por una mayor Europa” podrían haber caído en saco roto. Por ello, no es de extrañar que ciertos colectivos demanden una vuelta de las políticas nacionales que cedieron previamente, si con ello sienten que podrán solventar los nuevos problemas que les acucian y a los que no terminan de ver su solución.

El lector familiarizado habrá notado que este planteamiento viene del marco teórico propuesto por el economista Dani Rodrik en su “trilema de la economía política”. Este trilema plantea una hipótesis difícilmente medible, pero que la UE podría estar evidenciando. Ésta es, cambios institucionales y económicos derivados de la globalización (pérdida de crecimiento) pueden modificar las preferencias o expectativas de los ciudadanos de modo que terminen demandando una mayor soberanía nacional.

En este contexto, cabe preguntarse si este cambio de expectativas se ha llegado a dar. No obstante, hay que tener en cuenta que estas expectativas pueden variar según el espectro ideológico en el que se sitúe el individuo. Por ejemplo, desde la izquierda, las demandas se han centrado en un reparto más igualitario de las consecuencias de la crisis sobre la sociedad. Capturar cambios en las preferencias de los individuos no es tarea fácil, pero en este breve espacio querría compartir una serie de patrones que nos podrían ayudar a entender de una mejor manera qué está pasando dentro de la ola de malestar social europea. Para ello, recurro a datos del último Eurobarómetro disponible (segundo semestre 2015) usando la información para los 28 países UE. En primer lugar, deberíamos esperar que los países que han sufrido de una forma más intensa las consecuencias de la crisis (mayor desigualdad medida a través del índice de Gini), se muestren más recelosos ante esa promesa, en términos de bienestar, que supone ser la globalización. El Eurobarómetro recoge una pregunta relevante en este sentido (traducción propia en cursiva): “¿Creé usted que la globalización es una oportunidad para el crecimiento económico?

Figura 1. Porcentaje de individuos que consideran que la globalización es una oportunidad para el crecimiento económico Vs. coeficiente de Gini. 2015.

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Aunque el gráfico (Figura 1) no pretende recoger causalidad, sí muestra una cierta correlación (negativa) entre aquellos países con mayor desigualdad en 2015 (Grecia, Portugal y España) y el porcentaje de individuos que aceptan esta premisa acerca de la globalización. Entendiendo que “más globalización” implica “mayor integración”, podemos ver que las expectativas acerca de una mayor integración pueden no son compartidas de la misma manera por todas las nacionalidades que comparten la UE. Es decir, no todos estarían sintiendo el mismo beneficio de integrarse aún más en la UE y en la economía mundial, de ahí que sea en estos países (Grecia, Portugal y España) donde estén adquiriendo una mayor relevancia política las coaliciones de izquierdas que muestran un mayor rechazo a la globalización y demanden una vuelta de la soberanía nacional como respuesta ante una mayor desigualdad económica.

El gráfico anterior representa una visión estática de las expectativas. Desgraciadamente no resulta fácil solventar esta deficiencia pues las preguntas del Eurobarómetro no son las mismas en todos los años debido a que los temas de análisis han ido evolucionando. Sin embargo y por suerte, contamos con algunas excepciones. Así, tanto en el año 2007 como en el 2015, la UE hacía la misma pregunta. Ésta es (traducción propia en cursiva): “¿Considera usted que los intereses de su país están bien tenidos en cuenta dentro de la UE?”. Aunque existan otras maneras de captar las preferencias por una vuelta de la soberanía nacional (los datos son un limitante en este sentido), podemos considerar que, si los individuos no sienten que la UE represente de la misma manera los intereses nacionales, se puedan mostrar recelosos hacia un avance en Europa (“más Europa”) o que incluso reviertan sus preferencias por la misma. Además, volviendo al planteamiento del estancamiento secular, éste se ha manifestado principalmente a través de los altos niveles de deuda pública y desempleo. Si enfrentamos la pregunta del Eurobarómetro frente a estas dos dimensiones propias del estancamiento secular (Figura 2), parece apreciarse que, salvo excepciones dignas de un caso de estudio particular (Portugal e Irlanda especialmente), los países que más se han visto afectados por la crisis económica (mayor deuda y desempleo), son los que en mayor parte sienten que la UE no termina de captar los intereses de su país. Por su parte, los países que no han sufrido las mismas consecuencias (Alemania, Países Bajos, Austria o Finlandia) y que han conformado el grupo de países acreedores dentro de las negociaciones de la UE, sí que consideran que la UE recoge sus intereses nacionales en mayor medida.

Figura 2. Porcentaje de individuos que consideran que la UE no toma en buena consideración los intereses de su país Vs. deuda pública y tasa de desempleo. 2015.

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Este último grupo de países además posee una característica diferenciadora, son países en los que los partidos eurofobos y xenófobos de derechas están ganando cada vez más relevancia y participación. En este caso sus demandas no sólo buscan la vuelta de la soberanía nacional como solución ante la desigualdad, sino como instrumento para paliar el sentimiento que la inmigración genera en sus sociedades. Es en este punto donde consiguen distanciarse totalmente de los partidos de izquierda y lo explotan para su beneficio electoral. Con mensajes más sencillos, estos partidos encuentran que este cambio de expectativas entre su electorado sirve de incentivo para demandar una vuelta de las políticas nacionales. Cuando vamos a los datos del Eurobarómetro y buscamos preguntas acerca de las implicaciones que la inmigración pueda tener sobre la ciudadanía, encontramos una pregunta que dice así (traducción propia en cursiva): “Indique qué tipo de sentimiento positivo o negativo le evoca la inmigración de individuos llegados de fuera de la UE”. Para este caso (Figura 3) vemos que surge un patrón ciertamente sorprendente, pues no existe relación directa entre los países que han sufrido fuertemente las consecuencias de la crisis (mayor desigualdad medido a través de Gini) y los que ven (o sienten) como negativa la llegada de inmigrantes de fuera de la UE. Así pues, cabe preguntarse si los movimientos xenófobos de derechas parten del mero cambio de expectativas entre el crecimiento económico y la cesión de soberanía nacional o, por el contrario, sus raíces ahondan en lo más profundo de la condición del individuo en sociedad. Dejo esta pregunta abierta para futuros temas de debate.

Figura 3. Porcentaje de individuos a los que la inmigración de fuera de la UE les genera un sentimiento negativo Vs. coeficiente de Gini. 2015.

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Autoría

2 Comentarios

  1. Hugo
    Hugo 11-05-2016

    Gracias por el artículo Jorge, la cuestión es de máxima relevancia y el enfoque resulta interesante. Una pequeña crítica: quizá el índice de Gini no es la mejor medida de “qué países han sufrido de forma más intensa las consecuencias de la crisis”, porque el nivel que aquél tuviera antes de ésta condicionará los resultados; en esta línea podría ser relevante considerar el cambio relativo durante el periodo de crisis, o incluso desde antes, al menos de forma complementaria. Al menos a mí me gustaría verlo.

    • Jorge Díaz Lanchas
      Jorge Díaz Lanchas 11-06-2016

      Gracias Hugo. Estoy de acuerdo en lo que planteas respecto a la variación del Gini. De hecho, ya cuando se publicó el artículo, al volver a leerlo, pensé que la variación del Gini y no sólo el valor absoluto, hubiera sido incluso más ilustrativa. En cierto modo, no creo que los resultados cualitativos y las conclusiones hubieran variado significativamente pues recurro al GINI (absoluto) como proxy del ajuste desigual (acumulado) a lo largo de estos años, pero sí, estoy de acuerdo contigo en que la variación relativa hubiera complementado muy bien el análisis.
      Saludos.

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