Macron, un presidente sin partido… como Giscard d’Estaing

Ganó Macron con una mayoría amplia, incluso superior a la que vaticinaban las encuestas, aunque sin llegar al 60% del voto emitido. Y Le Pen fracasó porque no pudo convencer a los más de 7 millones de indecisos que no querían votar Macron. Más de 4 millones entre ellos votaron nulo o en blanco, un 12% de los ciudadanos que ejercieron su derecho a voto.  Si tenemos en cuenta el total del voto expresado -incluyendo blancos y nulos-  el resultado de Macron se reduce hasta el 58% de los votos, por un 30% para Marine Le Pen.

El extraordinario nivel de voto en blanco y nulo, inédito en la historia electoral francesa, es un claro triunfo para Jean-Luc Mélenchon. Es la expresión del descontento de la izquierda con una segunda vuelta en la que no se sentían representados. Y augura un gran resultado para los “insumisos” en las elecciones legislativas.

En voto absoluto, Le Pen obtiene 10,6  millones de votos, 3 más que en la primera vuelta. De estos, la mitad provienen de las filas de François Fillon, aproximadamente un millón habían votado por Mélenchon y otro millón por Dupond-Aignan y otros candidatos minoritarios.

Si comparamos los resultados con los de las últimas presidenciales, Macron ha recibido más de 20 millones de votos, 2 más de los que consiguió François Hollande en 2012 (18), y Le Pen ha recibido 6 millones de votos menos que los que obtuvo Sarkozy (16,8).

El objetivo de Le Pen era conseguir reunir el voto de la derecha y la extrema derecha, como hizo Sarkozy hace 5 años. En 2012, Sarkozy mantuvo en la segunda vuelta un discurso duro, más nacional que republicano, para conseguir los más de 6 millones de votos que Le Pen obtuvo en la primera vuelta. Se habló entonces de la “lepenización de los espíritus”. Esa derechización de Sarkozy llevó a Hollande a la victoria, una victoria más republicana que socialista, consiguiendo reunir bajo su candidatura a la inmensa mayoría de los 4 millones de franceses que habían votado por Mélenchon y los más de tres millones que habían votado por el candidato centrista François Bayrou, hoy importante apoyo de Macron.

La derecha nacional que Sarkozy reunió en la segunda vuelta de 2012 ha votado dividida en 2017. Más de un 60% han votado por Le Pen, pero un tercio de los 16,8 millones de  votantes de Sarkozy en 2012 han votado ahora por Macron.

Sin embargo, Macron es un líder sin partido. Y deberá construir una mayoría presidencial. ¿Será capaz de ello? La historia de la Va República nos puede dar algunas respuestas. Se puede trazar cierto paralelismo entre Macron y Giscard d’Estaign, que ganó las elecciones presidenciales de 1974 tras la súbita muerte de Georges Pompidou.

Giscard era el joven (48 años) ministro de Economía que se presentó marcando distancias con el gaullismo, frente a los herederos naturales del partido de De Gaulle, y ganó frenando el ascenso del recientemente creado Partido Socialista de François Mitterrand. En la primera vuelta, Giscard consiguió el 32% de los votos y venció al candidato gaullista, Chaban Delmas (15%), pero quedó muy lejos de Mitterrand (43%).  Fue la campaña en que Mitterrand le acusó en el debate televisado de no tener corazón -por no atender las necesidades sociales de los franceses- y Giscard le respondió  “usted no tiene el monopolio del corazón”. Giscard ganó con el 50,8% de los votos y Mitterrand tuvo que esperar a 1981.

Pero el nuevo presidente centrista tuvo que pactar con el gaullismo, que tenía mayoría en la Asamblea, y nombró a Jacques Chirac como primer ministro. El experimento no duró más de dos años y Giscard fundó su propio partido, la Unión por la Democracia Francesa, que ganó las elecciones legislativas de 1978 frente a los gaullistas y frente a los socialistas, que creyeron tener la victoria al alcance de la mano.

Macron no es el primer presidente centrista de la quinta república y probablemente tendrá los mismos problemas que su antecesor que, como él, fue criticado por tecnócrata pero, a su vez, fue capaz de liderar una campaña innovadora para su tiempo.

Giscard conectó con la clase media que quería abrirse a Europa y al mundo tras 15 años de patriotismo gaullista y consiguió frenar el ascenso del Partido Socialista, pero no consiguió renovar su mandato. Giscard también fue un gran europeísta. Relanzó el proyecto europeo con la puesta en marcha de cumbres semestrales entre los jefes de Estado y de gobierno, impulsó -junto al canciller Helmuth Schmidt- la elección directa del Parlamento Europeo a partir de 1979 y puso en marcha el Sistema Monetario Europeo. Pero los problemas económicos y sociales derivados de la crisis del petróleo hicieron imposible su segundo mandato.

Macron se enfrentará también a una situación económica y social difícil, sin mayoría parlamentaria y con una gran fragmentación política. Según los resultados de las elecciones legislativas, deberá pactar con la derecha y/o con los socialistas, y tendrá grandes dificultades para desarrollar su programa. Si intenta aplicar las reformas económicas que defiende, es probable que se encuentre con un otoño caliente, como el que tuvo que soportar el recién elegido presidente Jacques Chirac en 1995 con Alain Juppé como primer ministro. Su gobierno tampoco duró más de dos años. Convocó elecciones legislativas en 1997 y las ganó la izquierda, iniciando una nueva cohabitación.

Se abre un horizonte político incierto en Francia. Con un presidente audaz y valiente que se puede encontrar solo ante la complejidad de un país profundamente fracturado. Como apuntó Danton en el fragor de la Francia revolucionaria, se necesitan tres cosas para salvar a Francia: “l’audace, encore de l’audace, et toujours de l’audace

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