Lula y el drama brasileño

No es sencillo explicar las razones que están detrás del encarcelamiento del ex presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, puesto que hay distintas versiones de los mismos hechos en función la posición de los medios. Podemos compararlas con un drama de Shakespeare, pero cada una nos lleva a uno distinto.

Según el relato de los medios de comunicación conservadores brasileños (el dominante), se trataría de Ricardo III. Después de perder la batalla, al final el tirano se queda solo y derrotado. En esta narrativa, Lula es culpable de liderar una banda de criminales que organizó una red de corrupción en el país. Gracias al incansable trabajo de la Policía Federal y de la Fiscalía, comandadas por el juez súperhéroe Sérgio Moro, se ha hecho justicia y esto prueba la solidez de la democracia en Brasil. Hoy se hacen películas y series de televisión con esta versión. Personas vestidas de verde y amarillo y con banderas brasileñas, predominantemente de las clases medias de las grandes ciudades, han salido a las calles para celebrar la condena.

Para los miembros del Partido de los Trabajadores (PT) y demás simpatizantes de Lula, lo ocurrido está más cerca de Hamlet, el príncipe destronado; aunque cambiarían la venganza del final de la obra del escritor británico por la devolución del trono a su dueño legítimo. Creen que hay una persecución política en su contra por ser el único que puede llevar al Gobierno a una alianza de izquierdas, después del golpe parlamentario que sacó de la Presidencia a su sucesora, Dilma Rousseff, y devolvió el poder a los neoliberales. Los procesos y la condena de cárcel serían parte de la estrategia de una elite conservadora incapaz de vencer las elecciones y que ha utilizado al Poder Judicial como aliado. En esta tragedia, Lula es la víctima de una traición. Los manifestantes de los sindicatos, con sus banderas predominantemente rojas, y de los movimientos sociales de los barrios y regiones más pobres también han salido a la calle.

Pero hay otra posibilidad, y es la más próxima al Rey Lear y -creo- de la realidad. Hay un final en que el antiguo rey está solo y al borde del precipicio, abandonado por aquellos a quienes quiso beneficiar. Pero es tanto víctima como responsable de su situación, pues fueron sus decisiones las que le llevaron a la tragedia.

Se puede decir que la sentencia contra Lula y su encarcelamiento provisional, antes de que se resuelvan los recursos presentados ante las instancias judiciales superiores, son de una legalidad muy discutible.

A diferencia del relato triunfal de la prensa brasileña, la operación Lava Jato, la investigación impulsada por la Policía Federal bajo el mandato de la Fiscalía Nacional, está lejos de ser motivo de celebración. Es cierto que ha destapado una red de corrupción que implica a algunas de las mayores empresas públicas y privadas brasileñas y un mecanismo de financiación ilegal de partidos políticos a cambio de privilegios en contratos públicos. Pero para hacerlo se han utilizado mecanismos que no concuerdan con un derecho penal que garantice los derechos de los investigados. Para empezar, las 50 (sí, 50) actuaciones de la operación han recaído en un único juez en Curitiba, Sérgio Moro, a pesar de que los hechos se produjeron en distintos momentos y en distintas partes del país. Moro, que está actuando más como un aliado de la Fiscalía que como un juez imparcial, ha decretado prisiones provisionales prolongadas antes incluso de que se presentaran las acusaciones. Estos encarcelamientos han sido utilizados para negociar puestas en libertad a cambio de la implicación de otros acusados, una estrategia inspirada en la italiana Mani Pulite (proceso judicial anticorrupción comandado en la década de los 90 por el fiscal Antonio di Pietro). Así, la acusación contra Lula por un hecho ocurrido en São Paulo fue juzgada por Moro en Curitiba y la fundamentación para condenarlo reside, principalmente, en las confesiones de acusados que han negociado penas mucho menores, en algunos casos cumplidas mediante arresto domiciliario.

La acusación por la que Lula fue condenado y entró en prisión suena, per se, ridícula: habría recibido un piso en la playa, que nunca utilizó y no está en su nombre, a cambio de decisiones tomadas cuando ya no era presidente. Los fiscales han valorado el piso, siguiendo un criterio más propio de la burbuja inmobiliaria, en 800.000 euros. No se han encontrado cuentas en Suiza o en las Islas Jersey (como tienen algunos diputados de otros partidos) ni empresas en los Panama Papers (como tenían ministros del presidente Michel Temer). Muy poco comparado con un ex ministro de éste último, Jedel Vieira Lima, que tenía en un piso alquilado maletas con 11 millones de euros en billetes.

Pero Lula no es sólo la víctima inocente de una persecución política para impedir que vuelva a la Presidencia. El Partido de los Trabajadores no creó el sistema de corrupción existente ni las relaciones espurias entre Gobierno y empresas, y el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) de Temer tiene en la operación Lava Jato más investigados en sus filas que el PT. Lula fue presidente ocho años y llegó a ser el gobernante más popular de Brasil de las últimas décadas. Su partido ganó cuatro elecciones y gobernó casi 14 años, pero no utilizó su poder para cambiar el sistema político, sino que creyó que podía manipular a políticos corruptos a cambio de apoyo para hacer políticas en beneficio de la población más humilde. Fueron víctimas de su propia ingenuidad y manipulados por las élites conservadoras que pensaban controlar. Llegado el momento, estos grupos políticos no tuvieron reparos en destituir a la presidenta Rousseff para impedir un candidato incómodo en las elecciones.

La ironía es que la ley que puede impedir a Lula presentarse como candidato (otra aberración legal, la llamada Lei da Ficha Limpa, que impide candidaturas de personas condenadas por corrupción, aunque la sentencia no sea firme) fue en gran parte impulsada con el apoyo del PT, basándose en un discurso maniqueísta de separación entre los puros y los parias. Las víctimas reales en todo este proceso son la democracia y la población de Brasil, que en adelante seguirán padeciendo años difíciles y de inestabilidad política. No es previsible que tengamos pronto sueños de una noche de verano.

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