Los (no) costes económicos del “referéndum”

La situación actual en Cataluña es excepcional. La tensión generada por la convocatoria de un referéndum para el primero de octubre ha aumentado de forma exponencial en las últimas semanas. En esta situación, es habitual que haya quienes se vuelvan a los economistas y nos pregunten en qué y cómo puede afectar dicha tensión a la evolución de la economía catalana, así como a la del resto de España. Muchos, en su lógica, acostumbran a pensar que una situación de incertidumbre como la actual debe necesariamente afectar negativamente a las decisiones de los particulares y por ello el de las economías en su conjunto. Sin embargo, hasta el momento no se detecta en los diversos indicadores disponibles que exista tal efecto negativo. Una explicación es que las economías son muy resilientes, es decir, tienen una fuerte persistencia. Otra, y complementaria a la anterior, que las expectativas del 1-O estén, de momento, ancladas sin que se espere en el corto plazo nada más que una tensión institucional que habrá de resolver de un modo dialogado. Y una tercera, que simplemente los indicadores son una fotografía del pasado (lo que ha ocurrido) y realmente, en estos últimos días, sí se esté deteriorando las relaciones económicas como consecuencia de la incertidumbre generada.

Empezando por lo que sabemos hasta ahora, no se detecta a través de los numerosos indicadores de coyuntura disponibles que la situación generada por la convocatoria del referéndum haya afectado a los cimientos del crecimiento económico catalán. Para muestra, unos cuantos botones. Por ejemplo, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef), que evalúa el crecimiento regional en tiempo real, estima un crecimiento interanual del PIB para el segundo trimestre de 2017 en Cataluña del 3,4%, dos décimas superior al estimado para el conjunto de España. En lo que respecta a los índices de confianza empresarial, estos marcan mejores expectativas en el sector productivo catalán para el trimestre entrante que en el resto de España. El número de hipotecas constituidas en las cuatro provincias catalanas crece al mismo ritmo que en España, aunque ligeramente inferior en cuantía total. Los datos de la Estadística de Sociedades Mercantiles tampoco muestra una situación dramática. Así, el número de empresas constituidas en Cataluña en el último año (julio 2017 frente julio 2016) cayó en un 4%, lo mismo que en España. Sin embargo, el capital de estas nuevas sociedades “catalanas”, unas 20 mil en un año, fue un 27% superior a las constituidas un año antes, mientras que en España cayeron en un 23%. Por último, el número de sociedades en Cataluña disueltas cayó un 10% en el último año, 1920 frente a 2121. En España aumentó en un 4%.

Los datos del mercado de trabajo tampoco muestran particularidades negativas. Tanto la ocupación como el desempleo, el paro registrado, el número de afiliados y los contratos dibujan a una Cataluña algo más dinámica que el resto de España. La cifra de negocios y numerosos indicadores del sector servicios confirman esta relativa mejor evolución. Lo mismo con algunos indicadores  del sector exterior. En resumen, algunos indicadores evolucionan mejor, otros peor, más numerosos los primeros, pero en general sin nada especial que reflejar.

Como decía al principio, dos razones complementarias pueden explicar esta falta de reacción de la economía. La primera de ellas son las expectativas. Es probable que la inmensa mayoría de los actores económicos vean la situación actual como excepcional y que tarde o temprano todo volverá a la normalidad. En este sentido, las expectativas de una declaración unilateral de independencia que pueda desembocar en un empeoramiento de la situación sencillamente no se contempla.

La segunda explicación tiene más que ver con la enorme persistencia que poseen las economías y que suelen hacerlas muy resistentes a los cambios repentinos en la estabilidad política. En general, gran parte de nuestros actos cotidianos que conforman la suma de nuestras actividades económicas son realizados en un entorno difícilmente condicionado por eventos de este tipo, a menos que sean muy relevantes y continuos en el tiempo. Nos levantamos por la mañana y, mientras tomamos el mismo café de todos los días, leemos en los periódicos las descalificaciones que se lanzan en los medios y en las redes aquellos que tienen la obligación de representarnos. Mientras conducimos al trabajo, y después de repostar gasolina, oímos que se convoca un “escrache” frente al barco del Piolín. Mientras eso ocurre, lo normal es que las empresas paguen sus nóminas, como hacen cada mes. Los niños seguirán yendo al colegio y, si además es privado, pagarán las cuotas que deben. Los hoteles seguirán poniendo el desayuno a las 7 de la mañana y hasta 10, mientras que los restaurantes seguirán recibiendo llamadas para reservar mesas.

Evidentemente esta persistencia puede ser menos sólida en otras parcelas de la economía. Por ejemplo, la confianza empresarial o las decisiones de inversión sí pueden estar más sometidas a la evaluación del riesgo que supone la situación política actual. Sin embargo, como he explicado, los datos no parecen, de momento, validar esta hipótesis. Por otro lado, el problema puede venir del propio sistema financiero, que como todos sabemos es mucho más volátil que la economía real y puede influir sobre ella de un modo muy intenso. Nuestro panadero de la esquina no va a desplazar su obrador a Aragón en el caso en el que la situación empeore, pero sí puede cerrar si su capacidad de acceso a liquidez se viera limitada. Sin embargo, analistas como los de Goldman Sachs, por ejemplo, no ven tampoco en estos momentos motivos de preocupación.

Sin embargo, tres importantes matices son necesarios. En primer lugar, como siempre, los indicadores muestran la realidad realizada, pero no la factible en el caso en que la situación hubiera sido de completa normalidad. Es posible que esta positiva evolución de la economía catalana hubiera sido aún mejor sin el concurso de la incertidumbre existente. El segundo matiz descansa en lo que realmente nos enseñan los indicadores. Estos suelen envejecer rápidamente y cuando se publican, incluso en ese momento, ya tienen una cierta antigüedad, que en el mejor de los casos puede ser de mes-mes y medio, y en algunos de mucho más. El deterioro de la economía catalana puede que simplemente no haya sido aún detectada por estos “medidores”. Solo lo podremos saber a medida que vayan pasando las semanas y obtengamos la información adecuada. Nadie tiene información a día de hoy para poder descartar que el incremento de la incertidumbre no esté comenzando a generar paralizaciones de proyectos, retrasos en el pago de algunas nóminas o de proyectos de inversión a la espera de tiempos mejores. En tercer y último lugar, hay que considerar la posibilidad de que sencillamente los eventos no son de la suficiente entidad como para condicionar seriamente a la economía. Como he dicho, solo el tiempo nos dirá.

Todo esto está, por supuesto, al margen de que una probable declaración de independencia si finalmente esta fuera realizada unilateralmente. Es este caso, los costes implícitos de dicha independencia más la salida de la Unión Europea, la salida del Euro y la necesidad de hacer frente a unas fronteras que anteriormente no existían, sí podrían tener un efecto mucho más intenso y doloroso para ambas economías como se puede derivar de este trabajo de Andrés Rodríguez-Pose y Marko Stemšec. Aunque déjenme hacer una predicción, sería mucho mayor para mi querida Cataluña. Pero eso es otra historia que espero, sinceramente, nunca tener que contar.

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