Los muros que no vemos

Decía John Berger en su libro Mirar que las fotografías de la agonía nos atrapan. Cuando las observamos, nos sumergimos en el momento del sufrimiento del otro y nos inunda el pesimismo o la indignación haciendo propio algo del dolor ajeno. Son imágenes que no acusan a nadie y acusan a todos. Corresponden a una realidad que nos queda lejos y que paradójicamente, puede actuar como bálsamo para nuestro compromiso. Escribía Berger sobre las fotografías de guerra, las perturbadoras imágenes del Vietnam capturadas por el fotógrafo británico McCullin. Hoy hablaría de un naufragio en Lampedusa, de los muertos de frío en Lesbos o de las diásporas por Europa central. Con acierto, la pasada edición del World Press Photo Contest llevaba por título “Ver y Entender”.  La obra ganadora (un hombre que trata de pasar a un bebé a través de una alambrada) ha pasado ya a formar parte del signo de nuestro tiempo.

Vemos, pero no entendemos. El contraste entre estas instantáneas de la desesperación humana y la acción de tantos gobiernos, Unión Europea incluida, nos llena de perplejidad. Mientras una parte de la ciudadanía calcula el precio del “esfuerzo solidario” que supondría aceptar a más inmigrantes, la otra apela al espíritu democrático del proyecto de integración europea y su responsabilidad en la defensa de los derechos fundamentales, para exigir una respuesta política a este drama. De momento, parece que la interlocución está más con los primeros. “La amenaza étnica” se transforma en órdenes ejecutivas que vulneran sin límite convenciones y derechos, justifica registros ilegales, atiza sin pudor las banderas del fascismo y la xenofobia, levanta muros. Cómo entenderlo.

Se ha escrito mucho sobre las complejas razones detrás del auge de la extrema derecha, pero sabemos mucho menos sobre cómo influyen estos partidos sobre la agenda pública. El politólogo holandés Van Spanje los llama “partidos contagiosos” porque su presencia termina afectando las dinámicas del sistema de partidos en su conjunto, a un lado y otro del espectro ideológico. Esta extraña inoculación traduce apoyo electoral a partidos radicales en políticas migratorias y de asilo restrictivas. La fuerza del contagio determinaría así las distintas respuestas de los gobiernos a la crisis actual. Lo más sorprendente es la capacidad de arrastre que tienen unas fuerzas políticas que están fuera de la acción de gobierno y son, en su conjunto, minoritarias. El uso político del miedo da mucho rédito, esto lo sabemos, pero quizá nos afanemos demasiado en responder mirando sólo al otro lado.

Abrazamos la diversidad omitiendo con frecuencia los importantes desafíos que ésta plantea. Lo cierto, sin embargo, es que a medida que una sociedad se diversifica, crecen en paralelo los espacios que dividen y separan. Iris Marion Young entendía la explotación como un proceso social por el cual el trabajo de algunas personas sustenta de modo no recíproco los privilegios de otras. Las mal llamadas “políticas de integración” han acabado retroalimentando ese proceso, fabricando muros a la vez que puentes. El tan trillado argumento de que la inmigración reequilibra la balanza en nuestras sociedades envejecidas y garantiza la sostenibilidad de las pensiones, pudiendo ser cierto, no lo entiende casi nadie y menos quien se ve sometido a una constante precarización de su trabajo, a la degradación de los servicios públicos, o a la congestión de su barrio. Llegado el caso, colgar la pancarta de Refugees Welcome nos cuesta menos que reconocer nuestra complicidad con injusticias mucho más cercanas. Éstas nos interpelan y cuestionan nuestras decisiones en el ámbito más próximo cuando por ejemplo, escogemos escuelas para nuestros hijos a salvo de demasiada interculturalidad, o nos beneficiamos de bienes y servicios que provienen de mano de obra escasamente regulada y peor pagada (y no hace falta ir a Bangladesh, más de medio millón de mujeres, la mayoría de origen extranjero, trabajan en el sector doméstico en nuestro país). Desde la llegada masiva de inmigrantes a nuestras ciudades a finales de los años 90, los distintos índices de segregación social (la escolar, por ejemplo) no han hecho más que empeorar. Lo queramos ver o no, hemos acogido reforzando al tiempo los mecanismos de diferenciación y exclusión social. Deberíamos de ser capaces de enfrentarnos a las consecuencias de un reparto enormemente desigual de recursos y una muy desigual capacidad de elección entre distintos grupos sociales. No somos culpables, pero sí responsables.

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