Los lógicos nervios de un reo

No es fácil ponerse en los zapatos de un reo. Cuando una persona se halla imputada en un proceso penal por un delito castigado con varios años de cárcel, la idea de huir se le pasa inevitablemente por la cabeza. Normalmente se acaba desechando esa idea porque hoy en día escapar no es nada fácil. Las buenas relaciones entre los diferentes Estados han propiciado que existan numerosas normas internacionales de extradición. Además, el hecho de vivir rodeados de tecnología hace muy complicada la huída. Es muy difícil ocultarse, y aún lo es más escapar. Y todavía más buscar medios de subsistencia en el lugar de destino.

Carles Puigdemont viajó de manera subrepticia a Bruselas quizás con la disposición de solicitar asilo en Bélgica, lo que es prácticamente inviable como han afirmado con inusitada vehemencia los responsables políticos de ese país. Y es que siendo España y Bélgica Estados Miembros de la Unión Europea, la petición de asilo es inconducente. Fallando el asilo –al que el propio Puigdemont ha dicho renunciar– sólo queda aventurar una tentativa de dificultar o retrasar su presencia ante la Justicia española, pensando en pasados litigios entre España y Bélgica a cuento de la entrega de reos. Pero ello también es difícilmente viable: dos convenios y una decisión-marco hacen imposible para Bélgica la consideración como delito político de un hecho sancionado por el código penal español, único supuesto en que Puigdemont podría ver rechazada su extradición a España.

Pero al margen de lo anterior, si se confirma la intención de escapar o dificultar la acción de la justicia, se habrían producido dos efectos colaterales terribles. El primero para el propio Puigdemont, actualmente un hombre perfectamente libre y que puede viajar donde quiera, pero que todos sabemos que pesa sobre él una terrible acusación de la Fiscalía. Dado que las acusaciones por rebelión son, pese a su espectacularidad, muy endebles en el fondo ateniéndonos a la letra estricta del código penal, lo lógico hubiera sido no acometer ninguna actuación que pudiera hacer sospechar de Puigdemont un riesgo de fuga. Por desgracia, esa actuación ha tenido lugar, y por ello, de no haber otra explicación razonable a su presencia en Bélgica –y no parece haberla–, judicialmente va a ser, por desgracia, mucho más sencilla la procedencia de su prisión provisional, si no por la rebelión, sí por otros delitos también objeto de la querella cuya fundamentación sea menos problemática.

Pero el segundo efecto colateral es, si cabe, más terrible, porque afecta a otros ciudadanos. Existen otras muchas personas señaladas por la fiscalía en sus querellas, y dos ciudadanos que están en situación de prisión provisional que era, cuando menos, discutible. Aunque la decisión sobre la libertad o prisión de cada reo debe ser considerada de manera estrictamente individual, qué duda cabe que lo sucedido con Puigdemont y algunos exconsellers puede afectar muy negativamente a la consideración para esas otras personas de un riesgo esencial para decidir la prisión provisional, pero que es de muy difícil apreciación: el de fuga. Y es que después de lo acaecido, ese riesgo amenaza con objetivarse de forma peligrosa y muy probablemente injusta.

No soy nadie para dar consejos a personas en tan delicada situación, pero cuando los daños colaterales, propios y ajenos, pueden ser tan sumamente elevados, quizás es momento de reconsiderar decisiones probablemente tomadas, comprensiblemente, sin la debida serenidad.

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3 Comentarios

  1. Carlos López
    Carlos López 11-01-2017

    Serenidad… no sé, pero a veces parece que Puigdemont tiene todo menos eso.

    DUI, un final de Berlanga
    http://pajobvios.blogspot.fr/2017/10/dui-un-final-de-berlanga.html

  2. JORDI FERRE VILLANOVA
    JORDI FERRE VILLANOVA 11-03-2017

    ..y se resume en un sólo mandamiento…meditaras previamente los actos, en especial cuando afecten a los demás, y en cualquier caso asumirás la responsabilidad q conlleven

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