Los límites del poder alemán

Con la crisis, el eje franco-alemán que mantenía equilibrada Europa se ha roto y Alemania se ha convertido en una potencia hegemónica con un poder incontestable. Esta idea domina el relato que hemos construido sobre la crisis. Así, la Canciller Merkel tendría en su mano salvar definitivamente el euro y enderezar las maltrechas economías del sur si impulsara a Alemania a jugar un papel más activo en la resolución de la crisis y en la reforma del euro. Sin embargo, por el momento habría optado por mantener la incertidumbre y rechazar el ejercicio de su liderazgo (ahora natural), no entendiendo el papel que está llamada a jugar en esta nueva Europa (la hipótesis del “hegemón reacio”, “reluctant hegemon”).

Este análisis es correcto si se hace una aproximación de “brocha gorda” a la crisis. Desde 2010, la Unión Europeas se ha vuelto más intergubernamental y, dentro del Consejo Europeo, Alemania ha ganado peso mientras Francia lo perdía y los países de la periferia (o deudores) se veían obligados a aceptar los dictat de los acreedores, ya fuera en forma de austeridad, pacto fiscal o reformas estructurales. De hecho, este nuevo papel hegemónico de Alemania, con el que los propios líderes alemanes parecen estar más incomodos que otra cosa, ha dado lugar a una rica bibliografía, donde destacan especialmente los trabajos del recientemente fallecido Ulrick Beck sobre la Europa alemana, de Hans Kundnai sobre el poder alemán, algunos de los capítulos del reciente libro editado por Mark Blyth y Mattias Matthijs sobre el futuro del euro, o el provocador texto de George Soros, en el que pedía a Alemania liderar el euro o marcharse. La situación vivida desde 2010 también ha resucitado el viejo debate sobre el llamado “problema alemán”, enunciado originariamente por Kissinger, y que podría sintetizarse en que Alemania es demasiado grande para Europa pero demasiado pequeña para el mundo.

Sin embargo, en un reciente artículo publicado en el Journal of Common Market Studies, y cuya síntesis se encuentra también aquí, planteamos tanto que el poder alemán en Europa tiene más límites de lo que suele pensarse como que los intereses de los actores clave dentro de Alemania son contradictorios, lo que no permite hablar del “interés alemán” de forma monolítica.

Nuestra tesis es que la intensificación de los lazos comerciales y financieros de Alemania con el resto de la zona euro desde la creación de la moneda única en 1999, hace imposible que Alemania pueda aceptar una ruptura (total o parcial) del euro. Pero estos mismos costes han obligado al gobierno alemán tanto a ceder mucho más de lo que inicialmente tenía previsto para hacer el euro viable a largo plazo, como a entender que algunas de sus estrategias para atajar la crisis y reformar la gobernanza del euro no pueden tener éxito. En particular, hoy vemos con claridad que las políticas que Alemania ha impuesto al resto de la zona euro desde 2010, que están inspiradas en las tesis del ordoliberalismo, no pudieron evitar (e incluso reforzaron) tanto la escalada en las primas de riesgo en el periodo 2011-2012 como las peligrosas tensiones deflacionistas que se inician en 2013, y en las que aún continuamos inmersos. Como resultado, el gobierno alemán se ha visto obligado a aceptar una actitud mucho más activa por parte del BCE, cuya política de expansión cuantitativa iniciada en enero de 2015 es el último paso, y que ha encontrado una fuerte contestación por parte de amplios grupos en Alemania, sobre todo por parte del Bundesbank.

El gobierno alemán, en distintos momentos de la crisis, ha tenido que priorizar entre los intereses de los bancos alemanes (que querían garantizar la devolución de sus préstamos a la periferia, lo que exigía evitar la reestructuración de las deudas soberanas del sur, para lo que eran necesarios rescates), del sector exportador (que se negaba a una revaluación interna que hiciera más fácil la devaluación interna en los países del sur pero que les ocasionaría pérdidas de competitividad), de los contribuyentes alemanes (que querían evitar una unión de transferencias) y del Bundesbank (que se mostraba en contra de las políticas no convencionales del BCE). Pero una vez puestos a salvo los bancos alemanes, asumido que el modelo exportador alemán no va a cambiar y protegido el contribuyente por una unión bancaria incompleta, el gobierno se ha visto obligado a aceptar que el precio a pagar por la supervivencia del euro es, por el momento, un BCE que ya nunca se comportará como el Bundesbank. Sin embargo, en la medida en la que esto podría no ser suficiente a largo plazo para estabilizar el, la idea de cierta unión fiscal podría ir tomando cada vez más fuerza, siempre que las autoridades alemanas estén seguras de que la misma, además de la mutualización parcial de los riesgos, implicará un mayor control sobre el gasto ejercido desde Bruselas.

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1 Comentario

  1. Anónimo
    Anónimo 06-03-2015

    Interesante artículo. Quizás lo que se dirime en estos momentos en Europa no es tanto el poder de Alemania como el modelo de unificación europea que sigue con lógica unas pautas que superan a Alemania como nación. Independientemente de quién deba dinero a quién, lo que es irrelevante hasta cierto punto en una Europa unificada, la devaluación interna que se ha producido en la periferia ha estado acompañada de cambios estructurales que eran necesarios en dichos países. Las tensiones que se conforman en relación con Grecia no son en mi opinión tanto un problema de liquidez o solvencia: Grecia permanecería en la UEM en tanto en cuanto no supusiera un problema a una Europa unificada: un sistema tributario equiparable, unas instituciones homologables, etc. Ahora mismo todavía no cuenta siquiera con un catastro inmobiliario. En mi opinión esas tensiones son las que realmente dificultan la negociación con Grecia, que económicamente sí es un país competitivo de nuevo.

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