Los fondos o la forma: repensar la ayuda oficial al desarrollo

El reciente lanzamiento de la convocatoria Work4Progress, de la Obra Social de la Caixa, que busca identificar y promover soluciones innovadoras para el empleo en países en desarrollo, abre el camino de un nuevo paradigma de financiación e implementación de proyectos de cooperación. En la actualidad, inmersos como estamos en pleno de debate sobre el Plan Director de Cooperación Española, se hace indispensable introducir una discusión técnica sobre cómo instrumentar la ayuda, buscando un modelo más eficiente que permita la experimentación y que incorpore sistemas efectivos de seguimiento y medición de impacto. 

Los tremendos recortes promovidos por el actual gobierno en el sistema de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), de un 73% desde 2008, han condicionado, y a la vez limitado, este debate al campo de los números. Esta batalla de cifras, que ha ido agravándose y a la vez diluyéndose conforme los fondos decrecían año tras año hasta acercarse terriblemente a cero, nos ha desviado de una discusión que, en los años previos a la crisis, había copado los comités de dirección de todos los organismos e instituciones envueltas en el sector de la ayuda: una profunda reforma del sector y la búsqueda de un nuevo paradigma que fomente la eficiencia y el impacto en las intervenciones de desarrollo. Y es que esta discusión, casi olvidada en una España que se debate entre una trasnochada solidaridad filantrópica (los que se lo creen y no exigen) y una deslegitimación del sistema (los que no se lo creen y lo desmontan), debería centrar la discusión sobre la nueva estrategia de AECID.

La realidad es que, hoy en día, el complicado entramado de incentivos de la AOD, deja muy poco espacio a la innovación, al error y, como resultado de lo anterior, al éxito y a la generación de impacto social. Con el actual modelo, los donantes se preocupan de dos cosas: la imagen y los números; las ONGs, de sobrevivir y satisfacer las complejas, y muchas veces absurdas, demandas de los anteriores; y los beneficiarios (aberrante palabra que indica de forma meridiana la posición pasiva de los afectados en el sistema) en conformarse con que les llegue algo. Todo esto no quiere decir que las ONGs y los donantes no hagan nada bien, sino que hacerlo (y se hace mucho, no me malentiendan), se convierte en una lucha contra viento y marea frente a un sistema anquilosado y encorsetado en el que las necesidades de los afectados se pierden en un marasmo de intereses y agendas cruzadas que hacen de la labor del profesional de la cooperación un infierno en el que ofrecer resultados se convierte casi en una quimera.

Como destaca Joeri Van der Steenhoven, director de MaRS Solutions Lab, en un mundo con problemas cada vez más complejos, las organizaciones (ONGs, AAPP e incluso empresas) identifican los problemas sociales en función de su visión y capacidad para resolverlos, aplican las herramientas de las que disponen (no necesariamente aquellas que resolverían el problema) y se habilitan como solucionadores necesarios de un problema erróneamente identificado con propuestas que no responden a las necesidades de los afectados. Y, cuando esto se hace obvio, es demasiado tarde para alterar la definición de un proyecto formulado de principio a fin sin posibilidades de cambiarlo. Esta forma de implementar proyectos no surge fruto de la casualidad, sino de un ecosistema que fomenta y promociona una forma concreta de crear y generar iniciativas que agrava las asimetrías y las ineficiencias en la implementación.

En este sentido, el debate sobre la AOD es un asunto espinoso. Opciones ideológicamente enfrentadas acaban por ser extraños aliados para deslegitimarla. Académicos como Easterly o Dambisa Moyo, lo hacen para desmantelarlo e implementar políticas liberales de mercado. Otros, como Chomsky, lo critican por su afán neocolonizador. Por su parte, los promotores del concepto de “la trampa de la pobreza”, entre los que destacan Stiglitz o Krugman, consideran que la falta de inversión en países en desarrollo es la clave para entender su situación. Este debate, más ideológico que técnico, ha empañado también el verdadero quid de la cuestión: cómo generar ciclos virtuosos en la ayuda que consoliden instituciones (formales o informales) que generen impactos positivos y ayuden a resolver problemas sociales. A esta discusión, que se genera más a nivel micro y en el entorno los estudios geográficos y sectoriales, han pretendido contribuir Esther Duflo y Abhjit Banerjee, abriendo una nueva ola de pragmatismo en el planteamiento de la ayuda al desarrollo. Su visión es simple y sencilla, olvidémonos de los prejuicios ideológicos y estudiemos caso por caso cómo generar políticas y programas que mejoren la calidad de vida de las personas, y apliquemos métodos rigurosos para la medición y evaluación que nos permitan tomar decisiones racionales sobre las políticas de desarrollo. Ambos, a través del centro de estudios de la pobreza, J-Pal, han popularizado los llamados “Randomized Control Trials” (pruebas de control aleatorias) como mecanismos para analizar de la forma más objetiva posible diferentes alternativas de intervención a problemas sociales y fomentar su escalabilidad.

Es en esta línea en la que se debe avanzar en el Nuevo Plan Director: en generar instrumentos que favorezcan la creación de ciclos virtuosos de desarrollo económico y social en base a intervenciones de ayuda. En su informe “Los ciclos virtuosos de la cooperación al desarrollo”, miembros del Instituto de Tecnologías para el Desarrollo de la Universidad Politécnica de Madrid (ITD), muestran algunos ejemplos de cómo generar este tipo de dinámicas en base a la creación de alianzas, los procesos de innovación y nuevas herramientas de análisis, evaluación y medición de impacto. Para ello, es necesario generar procesos basados en metodologías abiertas de diagnóstico con la participación de los afectados, espacios de co-creación de soluciones con diferentes actores en alianzas híbridas y promover procesos de experimentación y pilotaje de soluciones antes de una fase de expansión y escalado que maximicen las posibilidades de éxito, al tiempo que se minimizan los riesgos.

Este camino está siendo liderado ya por algunos donantes internacionales. USAID ha abierto varias líneas de financiación en este sentido (Developing Innovative Ventures), la cooperación británica (DIFID) también lo ha hecho y en España, la convocatoria de innovación para el desarrollo de AECID apunta (aunque todavía de manera tímida) en esta dirección. Sin embargo, el sector privado y las fundaciones están avanzando de manera firme en el camino correcto: agencias como NESTA y Young Foundation en Inglaterra, Rockefeller Foundation en EEUU o Social Impact en Alemania están dedicando importantes esfuerzos en procesos abiertos de innovación social para el desarrollo. En España, y como destacábamos al comienzo de este post, la Obra Social de la Caixa ha lanzado la convocatoria más atrevida e innovadora que se ha visto en el continente (Work4Progress) para promover este tipo de enfoque, abriendo huella en un camino que no debería tener retorno.

Pero para que esta tendencia se consolide, es necesario que los donantes públicos se unan al cambio y creen instrumentos y herramientas que apoyen y fomenten la transformación del paradigma, generando espacios de experimentación y disminución de riesgos. Son ellos los que deben consolidar una base de proyectos exitosos que permita justificar el destino de los fondos y su efectividad en apoyar los esfuerzos de los contribuyentes a la lucha contra la pobreza. Esto supone alterar sustancialmente los mecanismos de gestión de la ayuda de la AECID. No es solo cuestión de presupuestos, sino de poner cerebros al servicio de estos presupuestos y romper barreras que permitan al sector de la AOD ganar la legitimidad que requiere. Si no, volveremos a caer, otra vez, en la misma dinámica de no tener argumentos para justificar un aumento de fondos sin demostrar resultados. Y a ser el último mono en recuperarlos.

Artículo realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”

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