Los desafíos de las universidades ‘online’

Quizá porque soy historiador (de la comunicación) y no economista, mis reflexiones sobre el futuro de la Universidad se fundan más en una reflexión sobre el pasado que en profetizar desde las tendencias.

La Universidad (la unión) de los profesores y de los estudiantes, la Universidad a secas, es una institución con casi 800 años de éxito. Este triunfo global oculta otra realidad menos sonriente: es un éxito de la institución, no de cada universidad.  Cuando se desciende al nivel de singulares, el panorama es desolador: son muchas las ciudades europeas que pueden presumir de haber tenido una universidad, pero pocas las que las mantienen vivas. En fin, la Universidad como institución ha sobrevivido a costa de la muerte de muchísimas universidades. La Universidad perdura, pero las universidades tienen un elevado índice de mortalidad (Cervera, Burgo de Osma, Palencia, Osuna, Baeza, Oñate…)

Quien no sabe historia no sabe nada

Ese proceso secular de selección continúa abierto. Las causas de defunción son variadísimas. Es más interesante saber por qué viven las que resisten. La mayoría de ellas ha cambiado tanto que son otra cosa, por más que mantengan el nombre. Granada, Salamanca o Complutense poco o nada tienen que ver con aquéllas que se fundaron. De hecho, se parecen más a las autónomas de Madrid o Barcelona, erigidas en 1968, que a las viejas estilo Oxford o Cambridge; que también han cambiado, pero no tanto. No sabemos aún si habrá universidades imperecederas, pero algunas han logrado edades seculares. Esos casos son los que debieran interesarnos.

Unas pocas de las viejas universidades medievales (y la cabeza se va inevitablemente a Oxford y Cambridge) lo siguen siendo en muchos aspectos. No sólo en cuanto a la docencia, también a la gobernanza. En buena parte, su supervivencia se debe precisamente a que no han cambiado. Han logrado mantener sus fuentes de ingresos acomodándose a la historia: de los privilegios medievales a los presupuestos nacionales reforzados por donaciones, proyectos competitivos, acuerdos con empresas y corporaciones, etcétera. Han adaptado su gobernanza con cambios mínimos (muchas veces puramente nominales), siempre con retraso y obligados por las circunstancias exteriores.

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Lo que les ha dado vida ha sido su éxito en lograr estudiantes satisfechos de haber pasado en ellas una parte de su vida. Sus alumni conformaron durante centurias las administraciones pública y eclesiástica británicas, identificadas en muchos casos. Luego gestionaron un imperio antes de que existieran los MBA, ¡y eso que el latín y el griego son lenguas muertas que no sirven para nada! En realidad, lo único importante era tener el título de graduado, que era la garantía de haber pasado una experiencia que era algo más que un aprendizaje en una materia. Era saber ser, saber estar, saber decidir… la vida se encargaría luego de decir dónde y en qué circunstancias.

Ese triunfo generó otro. Las viejas colonias decidieron que sus elites tuvieran la misma formación que sus metropolitanos. Y cuando ya no hubo imperio que administrar, estas universidades se llenaron de gente de todo el mundo: unos dominadores nuevos, con los mismos afanes de los de generaciones anteriores.

La aldea global y la experiencia de los ‘alumni’

Esta globalización imperial tiene hoy otras dimensiones merced a las nuevas tecnologías. Y las universidades online tienen la posibilidad de atender esa nueva globalidad. Han nacido con esa posibilidad abierta. Otra cosa es dónde se sitúe cada una; y, consiguientemente, cuanto vaya a durar. Podrán también llenar de satisfacción a sus alumni. Eso sólo dependerá de la experiencia que logren hacer vivir a sus estudiantes. Podrán igualmente limitarse a llenar una necesidad circunstancial (y durarán lo que duren esas circunstancias). He dicho universidades online y no estudios online porque hasta ahora nuestras universidades presenciales han entendido esta modalidad como un modo barato de impartir formación. Y se han equivocado, claro. Y lo peor es que han contaminado esta modalidad con versiones casi siempre de escasa calidad.

La equivocación de las universidades presenciales que han innovado es doble. Erraron primero en la evaluación de costes. No se dieron cuenta de que organizar los estudios universitarios en línea no es barato. Pensaban que bastaba con dejar materiales en la plataforma, atender un foro que no sirve para nada y que, cuando hubiera suerte, el estudiante consiguiera incluso hablar por teléfono con el profesor. No cayeron en la cuenta de que una cosa así podía ser universitaria en algún sentido, pero en ninguno sería estudios.

La segunda equivocación: gente sin experiencia en la docencia universitaria ‘online’ atiende, ‘part time’, esta modalidad. Es casi como poner a un antitaurino a hacer la crónica de una corrida. No es extraño que piensen que es una modalidad de segunda categoría universitaria, porque ellos ya se la toman así. Ser profesor universitario en línea requiere una formación específica, porque desarrollan muchas tareas que no hace un profesor presencial. Además, las que coinciden en el nombre son absolutamente diversas. La clase presencial-virtual síncrona con interactividad plena con los estudiantes no tiene nada que ver con la presencia física de un profesor en el aula.

Lo paradójico es que cuando se quiere valorar la formación universitaria online se acuda a los MOOCs (Massive Open Online Courses) y no a enseñanzas en línea verificadas y regladas. Es como comparar la formación universitaria presencial con la asistencia a ciclos de conferencias.

Un proyecto complejo al servicio del estudiante

La formación universitaria reglada online tiene gran importancia, tanta como la presencial para determinados sectores de la población. La clave es qué garantía ofrece para asegurar un alto nivel de calidad en sus estudios y programas. Y la primera conclusión adelantada es que conseguirlo exige un altísimo nivel de organización (que muy pocas universidades españolas presenciales tienen hoy en día) y, como ya se adelantó, no es nada barato. Y es necesario atender bien a los estudiantes y procurar resolver eficazmente sus problemas administrativos (el objetivo esencial de la administración pública universitaria española).

El primer escalón en esa garantía de calidad es que en España todas las titulaciones oficiales de grado, máster y doctorado deben ser verificadas por una agencia (la Aneca u otra autonómica), incluidas las de universidades online. Además de las exigencias comunes a las titulaciones presenciales, aprobar las materias exige un examen igualmente presencial cuya superación valida la evaluación continua realizada. Paradójicamente, en las universidades tradicionales hay presencialidades vacías (las aulas con casi ningún estudiante son frecuentes) que se superan con la entrega de un trabajo. Otros más serios examinan con un  test. Esta realidad no es infrecuente en facultades de Ciencias de la Salud, que curiosamente se han cerrado en banda ante cualquier intento de modalidad en línea aunque incluya prácticas ¿Hay ausencias con más presencia que otras?

El segundo escalón es la atención al estudiante. Frente al supermotivado de 17 a 21 años que puebla abundantemente las aulas universitarias convencionales, los matriculados en las on line suelen ser personas de 25 a 45 años que quieren completar su formación (o conseguir una titulación universitaria) para mejorar su posición profesional. Su compromiso, además, supera ampliamente el mero interés personal, ya que suele implicar a toda la familia y a su funcionamiento diario. No es extraño que los profesores on line se sientan orgullosos de sus estudiantes. A este grado de implicación se debe corresponder con un apoyo proporcionado. Las tareas de mentoring y de coaching que desarrollan las mejores universidades on line sencillamente no existen en las universidades presenciales.

Lo universitario y lo no universitario en la web

¿Qué tiene que ver esto con los MOOCs? Nada. Desde luego, cuentan con la garantía de calidad de la universidad o institución que los oferta; muchas veces, incluso, con la del propio profesor que los imparte. La cuestión es que la docencia no es sólo un sabio hablando, aunque lo haga muy bien. Una guinda no hace una tarta. Una aportación significativa no conforma un programa coherente. No hay una oposición entre MOOCs y universidades, pero las verdaderas posibilidades formativas universitarias en la web no se agotan en los MOOCs; donde verdaderamente se encuentran y de modo organizado es en las universidades online.  

Y la otra pregunta clave es por qué cuando se comparan universidades presenciales y formación online sólo se habla de los MOOCs. Resulta llamativo que las referencias a las universidades en línea se limiten con frecuencia a las a distancia, como si fueran lo mismo. Las mismas autoridades educativas no acaban de aclararse con qué es la formación en línea, qué la formación a distancia y qué la enseñanza semipresencial. Y lo más extraño de todo es que cuando conforman comisiones para resolver los problemas que plantea la formación universitaria online reúnen mayoritariamente a representantes de universidades presenciales. No es extraño que quien no sepa nada, o muy poco, de la formación universitaria en línea afirme que es una oferta secundaria o de baja calidad. Probablemente piensen en lo que harían ellos en ese caso. Y, tal como están las cosas, prefieren que la financiación estatal vaya en exclusiva a las presenciales, porque serían las únicas universidades de verdad.

El tercer escalón de esa cadena que garantiza la calidad de los estudios universitarios online consiste en una organización orientada a que los estudiantes obtengan el mejor resultado de su asistencia a clase, de su estudio personal y de sus trabajos. Aquí es donde se despliega un enorme potencial organizativo que pocas universidades presenciales pueden imitar. Para facilitar una incorporación más ordenada y ofrecer la mejor atención en los primeros días (cuando más lo necesitan los nuevos), las universidades online pueden comenzar en fechas sucesivas y terminar del mismo modo, asegurando la impartición de todos los créditos previstos. Esto significa temporadas de exámenes presenciales en sedes muy variadas (hasta más de una veintena en cada caso), formar los tribunales, asegurar la diversidad de modelos de exámenes, preparar el equipo que escanea cada uno nada más terminar y remitir cada uno a cada profesor…

Y la organización de las clases de manera escalonada para que ningún estudiante pierda siempre la misma materia, y el apoyo del tutor (no del profesor) en el seguimiento para recordar las ventajas de realizar los trabajos intermedios que se han de realizar, y el apoyo técnico 24/7 para profesores y estudiantes que se encuentren con dudas para acceder a algunas de las posibilidades y ventajas que supone la aplicación…

Abrir la mente a una nueva concepción

No merece la pena seguir con detalles, porque lo fundamental es que hay una concepción distinta de Universidad. No en cuanto a los objetivos docentes, o al nivel académico, o a la atención de los estudiantes, o a la formación continua del profesorado. En eso ambos modelos pueden coincidir. La diferencia atañe a la concepción de Universidad. Desde lo más elemental (frente a la rígida división entre personal docente y de administración y servicios en las presenciales, en las online tienen que trabajar ambos en equipo y al unísono para que el proyecto sea posible) hasta lo más elevado: la gobernanza.

Las universidades en línea, como las presenciales, se enfrentan a un doble desafío. El primero, escoger nivel de globalidad (local, autonómico, estatal, europeo, internacional…) en el que quieren desenvolverse para hacer una oferta con aceptación. El segundo es el más difícil: lograr ofrecer una experiencia excelente a sus estudiantes. El primero es cuestión de decisión, el segundo de competencia de la dirección, del profesorado y del resto del personal comprometido.

Luego, dirigir con la mente puesta en las demandas de la sociedad (muchas las traduce el mercado) o con la idea de atender las necesidades del personal propio (docente y auxiliar y de servicios); plantearse la financiación con ingresos propios o con el Presupuesto de la comunidad autónoma correspondiente; entender el territorio universitario como una línea de expansión (una perpetua frontera) o como un conjunto de parcelas cerradas en un solar bien vallado (¿algo parecido a un cementerio?).

En fin: dejemos que la historia siga y dentro de unos años alguien podrá decir quién tenía razón. Otra posibilidad es preguntarnos y preguntar: sobre nuestro ámbito (¿dónde queremos llegar?) y sobre la experiencia de nuestros alumni (¿qué parte de su éxito nos atribuyen?).

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