Los cinco retos económicos del nuevo presidente de México

El presidente de México, Enrique Peña Nieto, ya es un pato cojo en toda regla. Tras la avasalladora elección de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se iniciará el proceso de transición de una Administración a otra, y habrá un nuevo Gobierno que tendrá que afrontar un escenario económico especialmente complejo. El presidente electo gozará de unos pocos meses, antes de tomar posesión el 1 de diciembre, para diseñar las políticas destinadas a resolver estos cinco problemas económicos: cómo impulsar el crecimiento de México por encima de su tasa secular del 2%, con un énfasis especial en el combate contra la pobreza y el impulso de las infraestructuras como políticas clave de desarrollo; cómo, pese a esos esfuerzos de gasto, consolidar los compromisos de disciplina fiscal; cómo renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN);  cómo adoptar estrategias ante la posibilidad de una nueva crisis global en su sexenio; y cómo preservar la estabilidad financiera.

El eterno crecimiento de 2%

Pese a las reformas estructurales destinadas a impulsar la productividad del país, y pese a que la economía sorteó una recesión global durante el sexenio de Peña Nieto, la economía mexicana no logró romper su secular tendencia de crecimiento del 2%. Entre 2013 y 2017, el Producto Interior Bruto aumentó, de media, un 2,5%, ligeramente por encima de la tasa observada desde que inició el siglo (2,2%).

Tasa de crecimiento del PIBFuente: Inegi y Banco de México. * Para 2018, pronóstico Encuesta Banco de México.

Por tanto, el gran desafío del nuevo presidente será intentar traer de una vez por todas el anhelado crecimiento a la economía mexicana, un reto en el que han fracasado una Administración tras otra. El trabajo no es fácil, dado que los márgenes de los que gozan las herramientas de política económica para estimular el crecimiento son estrechos: por el lado fiscal, hereda unas cuentas públicas deterioradas, con un endeudamiento elevado cuya evolución es vigilada con lupa por las agencias de calificación, lo que le forzará a ser extremadamente cuidadoso en el gasto de cada peso, tanto si van dirigidos a programas sociales o a planes de infraestructuras. Por otro lado, la política monetaria tampoco le favorecerá, al menos a corto plazo. Los tipos de interés se han venido incrementando por la tendencia al alza de la inflación doméstica y el ciclo de subidas de tipos de la Reserva Federal (FED) estadounidense, al cual todavía le queda recorrido, por lo que seguirán presionados en el corto plazo, inhibiendo al consumo y a la inversión.

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Aun así, hay margen para que López Obrador saque a la economía de la eterna tasa de crecimiento del 2%. Para ello será crucial tener éxito en dos frentes: uno, un combate contra la pobreza que incluya una política de aumento del salario mínimo (actualmente de miseria); y dos, recuperar el gasto público en capital, en infraestructuras, un rubro que inesperadamente se abandonó durante el sexenio de Peña Nieto pese a las grandes necesidades de obra pública que precisa el país. Con la primera política se lograría impulsar el gasto de consumo, y con la segunda, espolear a la inversión, con los efectos multiplicadores que genera sobre el empleo y el crecimiento. Esa tendencia se vería reforzada una vez que Banxico (banco central mexicano) empiece a relajar las condiciones monetarias tan pronto lo permita el ciclo.  

Preservar la disciplina fiscal

Pese a las políticas sociales y de gasto en infraestructuras que planee llevar el nuevo presidente, México tendrá que preservar sus recientes esfuerzos de consolidación fiscal. Durante el sexenio de Peña Nieto, la deuda pública neta pasó de representar un 33,8% del PIB en 2012 a un 48,2% en 2016 y un 46,3% el año pasado. Los inversores y las agencias de rating están escudriñando la salud de Petróleos Mexicanos (Pemex) y de las cuentas públicas, y en caso de que regrese la indisciplina fiscal pueden castigar a los mercados mexicanos.

Deuda pública neta federal (en porcentaje del PIB)Fuente: SHCP.

Por tanto, si el nuevo presidente quiere liberar recursos para instrumentar sus políticas sociales y de infraestructuras, tendrá que ser muy efectivo en el combate contra la corrupción y en su estrategia de hacer más eficiente el gasto público. Eso es más imperativo aún si tenemos en cuenta que buena parte de la mejora en las cifras de las finanzas públicas se explica por las carretadas de dinero que han entrado en las arcas públicas provenientes de los remanentes de Banxico, un ingreso extraordinario no recurrente, y no como resultado de un ajuste fiscal de fondo.

La buena noticia para AMLO es que empezará su administración con un precio elevado del petróleo. A su vez, México tendrá que mejorar la composición de su gasto público y redirigirlo de capítulos inoperantes y suntuarios del rubro corriente al gasto productivo de inversión en capital. Por ejemplo, el componente de inversión física pasó de 820.000 millones de pesos en 2014 a 570.000 en 2017, un descalabro del 30% en términos nominales.

Inversión física (en millones de pesos)Fuente: SHCP.

Para realizar esa tarea cuenta entre sus filas con Carlos Urzúa, que ocupará la cartera de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y que fue quien se encargó de la Secretaría de Finanzas de la Ciudad de México durante los tres primeros años del sexenio de López Obrador como alcalde de la ciudad (2000-2006). Es un reputado académico del Colegio de México, matemático con doctorado en Economía, que reivindica una visión neokeynesiana de la economía con altas dosis de disciplina fiscal y ética, y con un rechazo frontal al capitalismo de amiguetes. Su rigor funcionó: durante su gestión, mejoró la recaudación de la capital, lo que le permitió cumplir con importantes programas sociales sin generar grandes desequilibrios fiscales. De hecho, detuvo la fuerte tendencia al alza de la deuda de Ciudad de México que arrastraba de los años 90.

Saldo de la deuda pública de Ciudad de México (en millones de pesos constantes)Fuente: Centro de Estudios de Finanzas Públicas.

Renegociación del TLCAN

Éste será otro de los temas delicados donde la nueva Administración tendrá que moverse con mucho tacto. El riesgo de que el TLCAN se rompa sigue vigente, más tras las recientes fricciones entre Estados Unidos y Canadá, lo que le ha llevado a Donald Trump a insistir en que un pacto trilateral parece difícil y que sería más sensato alcanzar acuerdos bilaterales con México y Canadá. Los plazos, directamente, ya no dan para que lo firme Peña Nieto y ni siquiera parece viable que se alcance un acuerdo preliminar antes de que acabe este mandato. Las negociaciones entrarían en vía muerta hasta después de las midterms estadounidenses.

AMLO ya tuvo una primera conversación telefónica con Trump, y todo parece sugerir que hubo buen entendimiento. El presidente electo está a favor de aumentar los salarios de los mexicanos, una de las demandas clave de Trump y también de Canadá. Pero además, y respecto a la política migratoria, López Obrador le planteó explorar un acuerdo integral de desarrollo que generara empleos en México con el objeto de reducir la migración y mejorar la seguridad.

Ahora bien, Trump insiste en un pacto bilateral y, además, queda un asunto espinoso, más allá de un acuerdo sobre el sector automotriz o el agropecuario: Trump tiene intención de cancelar la reforma energética, el proyecto privatizador de Peña Nieto en el que Estados Unidos tiene muchos intereses y podría complicar cualquier acuerdo. Por tanto, la negociación del TLCAN es otro factor de vulnerabilidad para México, que puede traer volatilidad al peso y seguir congelando los planes de inversión privada y, por tanto, su crecimiento.

¿Otra crisis global?

Otro riesgo que debe afrontar el nuevo presidente electo es la probabilidad de otra crisis global, muy elevada si tenemos en cuenta la duración promedio de los ciclos expansivos en Estados Unidos: desde la Segunda Guerra Mundial, ha sido de 58 meses. Es verdad que los cuatro últimos ciclos expansivos han sido especialmente largos y han rebasado por mucho esa duración. El récord histórico lo posee el explosivo auge de los años 90, asociada a la revolución tecnológica de internet, que provocó una expansión que duró 120 meses. El actual ciclo expansivo inició en junio de 2009: ya aguanta 109 meses y estamos a menos de un año de alcanzar el récord de los años 90.

Es verdad que esta fase de auge ha sido especialmente lenta: el crecimiento ha sido más moderado que en anteriores etapas. Pero los excesos son evidentes, resultado de una expansión monetaria muy agresiva y prolongada, y se observan tanto en la elevada valoración de los activos en general, tanto físicos como financieros (inmuebles, bolsas, bonos, materias primas) como en el fuerte apalancamiento de los agentes económicos. Las políticas de Trump, que se han materializado en un recorte de impuestos que incrementará los niveles de deuda estadounidense y políticas comerciales proteccionistas añaden un elemento más de peligro sobre la actual fase de expansión, reflejada en la reciente oleada de aversión al riesgo. ¿Será que una recesión está más cerca de lo que se viene diciendo?

Estabilidad financiera

Frente a todos esos retos, México deberá intentar preservar la estabilidad financiera, y para ello es elemental consolidar buenos fundamentales macroeconómicos: cuentas públicas ordenadas e inflación controlada, de modo que tanto la divisa como las tasas de interés no sufran grandes vaivenes. Para ello será crucial que se forme un buen equipo económico y mande ese mensaje a los mercados. Un buen ejemplo de ese éxito fue Lula da Silva en Brasil: llegó en 2002 a la Presidencia con el real brasileño hecho pedazos, en niveles cercanos a cuatro reales por dólar, y los tipos por encima del 20%. En 2009, antes de la crisis financiera, el real rondaba los 1,5 reales y las tasas se situaban cerca de 10%.

(Este análisis se publicó originalmente en llamadinero.com)

 

 

 

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