Las vidas identificables de los niños tailandeses

El exitoso rescate de los 12 niños atrapados en una cueva inundada en Tailandia ha sido el resultado de una operación en la que han participado más de 2.000 personas –entre ingenieros, soldados, buceadores y voluntarios– y que ha movilizado varios tipos de dispositivos –drones, robots, bombas de drenaje y hasta un minisubmarino diseñado por Elon Musk que no se ha llegado a utilizar. Una maniobra compleja y arriesgada seguida en directo por todo planeta. No tenemos datos, por ahora, del coste del rescate. Y no hacen falta. Sea cual sea la inversión que se haya hecho, el feliz desenlace la valida. ¿Quién, si no, estaría dispuesto a escatimar en recursos cuando hay en juego vidas inocentes?

Vale la pena detenerse en la pregunta. Si de lo que se trata es de salvar a cuantas más vidas sea posible, el Gobierno de Tailandia tiene a su alcance medidas más efectivas como, por ejemplo, administrar antiretrovirales a los portadores de VIH –niños incluidos– que carecen de ellos. ¿Qué explica la prioridad absoluta que ha recibido el rescate? ¿Por qué no nos indigna de la misma manera que haya niños con VIH sin acceso a tratamiento? ¿Qué diferencia hay entre ellos y los niños de la cueva?

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La comparación quiere llamar la atención sobre lo que se conoce como el problema de ‘las vidas identificadas frente las vidas estadísticas’ (Schelling, 1968). Las primeras son vidas sobre las que tenemos información concreta y precisa –las de los niños de la cueva–, mientras que las segundas son un dato agregado –las de los niños con VIH. En abstracto, tendemos a pensar, al menos en condiciones ideales de deliberación, que el valor moral de las vidas humanas es igual. No hay vidas que merezcan más consideración y respeto que otras. Sin embargo, en la práctica la identificabilidad pesa, y mucho. Tenemos una inclinación desproporcionada a ayudar a aquellos individuos que son identificables respecto a los que no lo son; incluso si el daño que sufren los segundos es similar o superior al de los primeros. Stalin capturó bien este sesgo cuando dijo que la muerte de una persona es una tragedia, mientras que la de un millón es una estadística.

La prioridad que damos a las vidas identificables quebranta la supuesta igualdad moral de las vidas humanas, además de producir una asignación subóptima de los recursos. Siendo así las cosas, ¿qué razón, si es que la hay, puede justificar este sesgo? Hay tres que merecen atención.

La primera apela a la numerosa evidencia empírica que muestra cómo la existencia de una víctima identificable da lugar a una respuesta intuitiva y emocional que los datos estadísticos no logran generar (Small, et al. 2007). Dicha asimetría se debe, en parte, al hecho de que la identificación reduce la distancia psicológica entre la víctima y nosotros; podemos empatizar mejor con ella y su entorno. Dar prioridad a las víctimas identificables es, por así decirlo, un impulso humano. Esta evidencia sirve a las ONGs para diseñar estrategias recaudatorias más efectivas (las historias y fotos de potenciales beneficiarios de la ayuda atraen más donaciones que los gráficos sobre la pobreza). Sin embargo, no puede justificar la acción de un Gobierno, ya que únicamente explica el sesgo hacia las víctimas identificables, no proporciona ninguna razón para no neutralizarlo en aras de no perjudicar a las víctimas no identificables.

La segunda razón enfatiza que muchas veces las vidas estadísticas se salvan mediante programas de prevención y otras medidas cuyos resultados son inciertos y sólo se materializan en largo plazo. La importancia de reducir la incertidumbre y la preferencia por las recompensas inmediatas en lugar de futuras y mayores, el descuento temporal, justificarían dar menos prioridad a este tipo de medidas. Este argumento tiene dos problemas. En primer lugar, las medidas que son necesarias para salvar vidas identificables pueden ser, en algunos casos, tan o más inciertas que las que pueden salvar vidas estadísticas. La muerte de un buzo experto horas antes de salvar a los niños mostró hasta qué punto el rescate era arriesgado.

En segundo lugar, el descuento temporal tiene sentido cuando hacemos cálculos monetarios –por ejemplo, prefiero recibir 1.000 euros hoy y no 1.100 dentro de un año porque los necesito para cubrir una necesidad urgente que tengo ahora mismo–, pero resulta menos intuitivo aplicado a personas. ¿Por qué deberíamos preferir salvar una vida hoy en lugar de salvar dos dentro de un año? La igualdad moral de las vidas humanas implica valorarlas consistentemente a lo largo del tiempo (Broome, 2014).

La tercera razón para justificar la prioridad que damos a las víctimas identificables tiene que ver con las posibles consecuencias de no hacerlo, al menos en algunos casos. El rescate de los niños tailandeses es una gesta que encarna algunos de los valores que deberían guiar nuestra vida en común: la compasión, la generosidad y la solidaridad. Una hipotética decisión por parte del Gobierno tailandés de abandonar a su suerte a los niños de la cueva argumentando que los recursos necesarios para el rescate irán destinados a medidas que salven vidas de un modo más eficiente tendría un efecto profundamente deshumanizador del Estado y erosionaría el capital social (Brock, 2015). Algo de esto ocurre también cuando el Estado permite que algunos enfermos de VIH no tengan acceso a antiretrovirales; pero en menor medida. Dada su visibilidad y excepcionalidad, el caso de los niños tailandeses –como el de los mineros chilenos en 2010 o el de los inmigrantes del Aquarius hace unas semanas– logra interpelarnos de un modo que no lo hace el goteo incesante de la pobreza con el que nos hemos acostumbrado a vivir.

Durante varios días hemos estado pendientes de si Tailandia era capaz de cumplir con uno de los fines básicos de cualquier Estado: funcionar como un sistema de ayuda mutua. El éxito de la operación sirve para reforzar esta idea del Estado y la motivación individual que subyace de forma clara y visible. Si esto es así –faltaría corroboración empírica– dar prioridad a las vidas identificables en casos de gran visibilidad y excepcionalidad contribuiría a generar confianza en el proyecto de dotarnos de instituciones comunes que resulta decisiva para salvar tanto las vidas identificables como las estadísticas.

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