Las ‘midterms’ y el ajedrez latino de Trump

«Es la economía, estúpido» es una frase repetida y en ocasiones gastada, pero muy cierta; en el caso de Donald Trump, aún más. El magnate presidente ha asumido las famosas palabras del estratega demócrata James Carville, ex asesor de Bill Clinton. Desde su campaña, el discurso del pseudo republicano se centró en la necesidad de crear más empleos, de sanear la deuda pública, de procurar medidas que permitan una mayor competitividad de Estados Unidos con respecto a otras economías poderosas del mundo. Desde el principio, Trump puso el acento en los tratados comerciales con sus principales socios –en muchos casos, poniendo el énfasis en la desventaja y desprotección hacia su país– y elevó el tono de su discurso construyendo argumentos anti-migratorios, con especial hincapié en la construcción de un muro con México.

En 20 meses de gestión, Trump pasa la prueba en lo económico: el Producto Interior Bruto de Estados Unidos crece al 4.1% y el desempleo ha descendido al 3.7%. A lo largo del año, esta tasa disminuyó en 0,4 puntoss. Considerando estos datos oficiales y dentro de la población latina –unos 59 millones, es decir, el 18% de la población total– se registra la cifra más baja de su historia: apenas un 5% de desempleo entre los hispanos.

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En estos últimos días de campaña, tanto sus redes sociales como en los discursos en los distintos estados a través del Rally MAGA (Make America Great Again), Trump ha insistido en la necesidad de mantener ambas cámaras con el propósito de seguir fortaleciendo la economía. Personalizó la campaña mediante el entretenimiento y la polarización; la convirtió en su propia batalla. El presidente ha enmarcado la contra-argumentación de ideas sobre la base de lo que su Administración ha venido consiguiendo. En este caso, su estrategia responde a la baja popularidad del Congreso. Según la última medición de la prestigiosa encuestadora Gallup, el 73% de los norteamericanos desaprueba la gestión del cuerpo legislativo; apenas un 21% lo aprueba. Con estos datos, esa personalización se justifica.

Adicionalmente, el unipersonalismo ha provocado una mayor politización del votante hispano. Por ejemplo, según el Pew Research Center, la participación latina en las elecciones supera la de 2014. Cuatro años atrás, el 37% afirmaba estar dispuesto a votar en las midterm. Hoy es del 55%.

Estos números enmarcan otra coyuntura que el propio Trump ha sabido aprovechar para sus objetivos electorales: la caravana de migrantes centroamericanos que pretenden entrar a los Estados Unidos, aunque sea por la fuerza. Más de uno pudiera pensar que es imposible mejorar el timing. Ciertamente, la decisión de miles de hondureños y salvadoreños de emprender una larga caminata para ingresar en suelo norteamericano ha exacerbado el discurso proteccionista y del miedo, ése que le permitió alzarse con la victoria dos años atrás y que, sin duda, intenta rescatar con el propósito de repetir una hazaña impensada.

Mike Pence, vicepresidente de los Estados Unidos, llegó a acusar al Gobierno venezolano de financiar la caravana de migrantes con el objetivo de desestabilizar la región y tocar nervios sensibles en la Administración Trump. Está claro que esta acusación tiene como propósito hablarle a una migración que huyó de regímenes autoritarios, como el venezolano y el cubano, y que hoy tienen la posibilidad de votar en suelo norteamericano.  

Adicionalmente, el propio presidente ha llegado a afirmar que usará la fuerza, de ser necesario, para evitar que los indocumentados ingresen al país. Los argumentos no vulneran el voto latino; los hispanos también anhelan la protección ante el indocumentado; el latino legalizado aspira a que cualquier persona que ingrese en los Estados Unidos lo haga por los caminos correctos, tal y como lo hicieron ellos.

En este contexto, sería erróneo concluir que existe una contradicción entre la actual Administración norteamericana y la aproximación al votante hispano. Trump llegó a conseguir casi el 30% del voto latino en las elecciones de 2016. Ganó los estados de Florida y Texas, los de mayor número de electores latinos después de California, mejorándolos números de 2012. La aparente paradoja, que entonces intrigaba, hoy está más clara: no existe, y la correlación es muy posible que sea positiva.

Lo más importante para el voto latino es la liquidez de su bolsillo, no tanto la inmigración ilegal, y menos las formas extravagantes de su manera de comunicar. Los hispanos también quieren resultados, hechos. Por otro lado, cabe recordar que el indocumentado (11 millones de personas) no vota, mientras que el latino legalizado sí lo hace, y ahora más. Esto no quiere decir que en su mayoría lo hagan por el voto republicano. Sin embargo, no es el discurso proteccionista y contrario a la caravana lo que construye los argumentos del latino para votar o no por Trump; lo serán sus posiciones conservadoras pero, sobre todo, ponderando la tesis de Carville; las medidas y los resultados de los que presume el magnate convertido en presidente.

Sea como fuere, serán los demócratas quienes conquisten el voto latino en estas midterms. Y Trump tiene que resolver la partida de ajedrez que está jugando si no quiere que los republicanos pierdan más apoyo en una población, como la latina, que es la que más crece. ¿Será suficiente la economía para convencerles?

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