Las contradicciones de las crisis brasileñas

Durante los últimos quince años, Brasil hizo muchas cosas bien. El aumento del empleo formal junto a la subida de los salarios reales y la expansión de la política social llevaron a una reducción sustancial de la desigualdad. El número de personas por debajo de la pobreza según el Banco Mundial disminuyó de 24 millones en 2001 a 10 millones en 2013 mientras que el coeficiente de Gini cayó de 0.59 a 0.53 en 2013 en el mismo periodo con lo que el país, sorprendemente, se convirtió en una referencia en los debates sobre equidad—a pesar de seguir siendo uno de los más desiguales del planeta. Poco a poco se generó un consenso en torno a la necesidad de mantener la estabilidad macroecónomica y, a la vez, desarrollar políticas sociales más incluyentes. Sucesivos presidentes lograron, además, crear coaliciones de gobierno más o menos estables, tarea nada fácil cuando necesitaban para ello incorporar a ocho o nueve socios en el gobierno.

Caída de la desigualdad y la pobreza en Brasil, 2001-2013

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Fuente: Banco Mundial

Quedaron, sin embargo, algunas asignaturas pendientes, siendo la corrupción y la falta de transformación económica las más significativas. Ni los presidentes Lula y Dilma ni su Partido de los Trabajadores (PT) consiguieron combatir de forma efectiva la corrupción.

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