Las cicatrices de la juventud en las trayectorias laborales

A principios de abril el Banco de España revisaba al alza sus proyecciones para la economía española y afirmaba que el PIB podría avanzar un 2,8% este año, para desacelerarse en 2018 (2,3%) y 2019 (2,1%). El crecimiento viene impulsado, continuaba el BdE, por las ganancias de competitividad acumuladas desde el comienzo de la crisis y las condiciones financieras favorables, sustentadas en el “tono acomodaticio de la política monetaria”. Buenas noticias para una economía donde, de acuerdo con la Encuesta Financiera de las Familias del propio BdE, la renta bruta de los hogares disminuyó una media del 15,8% en el periodo 2008-2014.

Luego está el mercado de trabajo español. En los países europeos el crecimiento ha contribuido a suavizar el desempleo y situarlo en el 8% (media UE-28). En España la tasa de paro es del 18%, muy por encima de la de países como Italia (11,5%) o Portugal (10%). Seguramente éste es un factor que ayuda a entender por qué el riesgo de pobreza aumentó en 2015 a pesar de la recuperación –la tasa de riesgo de pobreza entre los parados es del 48,5%.

Las disfunciones del mercado laboral español resultan aún más evidentes si nos fijamos en la situación de los más jóvenes (15 a 24 años), que en 2016 soportaban una tasa de paro del 44,4%. A pesar de lo que pueda parecernos ahora, nos equivocaríamos si pensáramos que España siempre ha tenido problemas a la hora de incorporar a los jóvenes al mercado laboral. En 2007 el 55,7% de los menores de 30 años participaban en el mercado laboral, una tasa superior a la de Suecia o Alemania. La crisis ha destruido en España mucho más empleo que en otros países europeos y esa pérdida de empleos ha afectado en mayor medida a los jóvenes. ¿Pero ha afectado de forma (casi) igual a (casi) todos ellos?

Dicho rápidamente, no. Según un trabajo de Begoña Cueto para el Observatorio Social de “la Caixa”, la tasa de empleo de los jóvenes con estudios superiores es 30 puntos porcentuales mayor que la de quienes tienen estudios primarios o menos y además ha sido más resistente durante la crisis (gráfico 1). En efecto, un nivel educativo alto actúa como la pócima de Panoramix contra el desempleo juvenil.

Gráfico 1. Tasa de empleo por edad y nivel educativo

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Fuente: Extraído de Cueto 2017.

La baja participación laboral de los jóvenes españoles constituye uno de los mayores retos para los decisores públicos al menos por dos motivos. En primer lugar, porque la tasa de desempleo juvenil actual no es muy diferente de las registradas en crisis anteriores como las de 1985 y 1993 –cuando se situó también en el 45%–, lo que nos indica que las disfunciones del mercado de trabajo español tienen raíces profundas. En segundo lugar, porque existe evidencia de que los jóvenes que acceden al mercado de trabajo en una fase recesiva tienen, a lo largo de su trayectoria laboral, menores sueldos, mayores tasas de sobrecualificación y más periodos de desempleo que quienes lo hacen en una fase expansiva. El desempleo juvenil importa porque deja cicatrices que son visibles en nuestras carreras laborales adultas. Pero, ¿hay algo que podamos hacer?

Dicho rápidamente, sí. Si, como acaba de decirse, un alto nivel educativo es el mejor antídoto contra el desempleo juvenil, es urgente adoptar políticas cuyo objetivo sea activar laboralmente a los jóvenes y reducir el abandono escolar temprano –y no, la insistencia en tener una de las tasas de repetición más altas de las democracias industriales no va en el interés “de todo el país”, a pesar del raca-raca de algunos editoriales–. Ahora bien: estos programas tienen un coste económico y España registró en 2016 el déficit público más alto de la UE.

Pero las “raíces profundas” del desempleo juvenil no se circunscriben a carencias en el capital humano de los jóvenes, sino que se extienden a la regulación del mercado laboral español, donde la protección laboral a prueba de bombas de los catedráticos convive con tasas de precariedad de entre un 35 y un 45% (gráfico de F. Felgueroso). Rebajar la altura del muro entre indefinidos y temporales –para suprimir la brecha de costes que alimenta la temporalidad– podría contribuir a reducir los efectos más perniciosos de la dualidad del mercado de trabajo español. Ahora bien: esta reforma tiene un coste político, porque los insiders no suelen estar ansiosos por contribuir con sus impuestos a programas –prestaciones de desempleo, rentas mínimas, etc.– de los que no esperan tener que beneficiarse gracias precisamente a su condición de insiders (argumento de Lindvall&Rueda).

Para concluir ya. Las malas noticias son que existen razones económicas por las que difícilmente el gobierno español puede contar con que la lucha contra el desempleo juvenil se la vayan a solucionar desde Europa, mientras que los costes políticos explican que Europa no pueda contar con que sea el gobierno español el que lidere entusiásticamente esas reformas. Las buenas noticias son… Bueno, a diferencia de la ficción de los Simpsons, la realidad de los episodios que acontecen en el mercado de trabajo español no acostumbra a tener finales demasiado esperanzadores. 

Artículo realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”

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