La Universidad y su impacto en la economía

Nadie discute que las economías modernas dependen, cada vez más, del conocimiento y de la innovación basada en él. Partiendo de aquí parece claro que las universidades, que tienen entre sus misiones fundacionales la transmisión del saber de alto nivel y la investigación, son motores de la economía y promotoras del avance científico y tecnológico en cualquier sociedad moderna. Ello explica, sin duda, el interés de las regiones por contar con universidades en sus territorios y por que éstas sean una apuesta clave para su desarrollo.

Se reconoce, pues, a la Universidad no sólo como una institución que ofrece educación e investigación (sus dos misiones básicas y tradicionales), sino como una entidad que desempeña un papel fundamental en el desarrollo económico del territorio en el que se establece. Aunque en las áreas metropolitanas en las que conviven varias universidades -como es el caso de Madrid- resultan más complejos los análisis sobre el impacto económico que genera cada una, sí pueden realizarse estudios globales sobre el conjunto del sistema universitario. La evidencia muestra que estos impactos son muy positivos e implican desarrollo económico y social, competitividad y evolución cultural, tal y como se afirma en el primer Informe elaborado en la Comunidad de Madrid sobre las universidades públicas de la región, de noviembre de 2016.

Los cambios que promueven en su entorno a nivel social, económico, demográfico y cultural, los centros de investigación y las infraestructuras científicas que albergan y su contribución a la formación a lo largo de la vida, cada vez más imprescindible, han llevado a las universidades a convertirse en un factor fundamental de desarrollo local. Desarrollo que, en último término, se traduce en bienestar para la población, en mayores oportunidades, en eficiencia y, en definitiva, en una mejor calidad de vida.

Pero, más allá de estas consideraciones de orden general en las que no es difícil que todos podamos coincidir, es conveniente que descendamos a un plano más concreto que nos permita fundamentarlas. La presencia de una universidad genera dos tipos de efectos en el territorio en el que se asienta: directos e indirectos. A su vez, pueden ser medibles o intangibles. Y los primeros pueden ser a corto o largo plazo. De todos ellos, sólo los efectos directos medibles a corto plazo son fácilmente evaluables.

Por lo que respecta a los efectos directos, cabe precisar que no todos son fácilmente cuantificables o no lo son en la misma medida. En el entorno inmediato de la Universidad se genera gasto que afecta directa e indirectamente al consumo, a la producción de bienes y servicios (efectos sobre la renta regional, estructura productiva…), a la demanda local, al mercado de trabajo y su movilidad, al desarrollo de las infraestructuras de bienes y servicios (médicos, transporte, alojamiento…), medibles en términos monetarios y de empleo. El informe anteriormente señalado, elaborado por la Conferencia de Consejos Sociales de Madrid, resulta sumamente ilustrativo y corrobora estas afirmaciones. Según él, la inversión del Gobierno de la Comunidad de Madrid en 2014 (845 millones de euros, un 0,43% del PIB regional) revirtió en la economía madrileña un 2,05% del PIB regional, lo que representaba un 2,14% de las rentas salariales de toda la región. Por cada empleo de la Universidad pública se crearon otros 2,18 empleos: las universidades públicas madrileñas generaron en 2014 a 20.047 empleos equivalentes a tiempo completo (ETC) que representaban ese año el 0,67% de los puestos de trabajo totales, habiendo generado el equivalente a 63.849 ETC. Por cada euro gastado por las universidades públicas madrileñas (no sólo por la Comunidad), la contribución al PIB de la región ascendió a 2,79 euros. Sus gastos en 2014 ascendieron a 1.441 millones de euros, generando una actividad económica de unos 4.014 millones en los distintos sectores.

Pero, tal y como hemos señalado, esto es sólo una pequeña parte de los efectos que genera una universidad en su entorno. Hay otros que son tanto o más importantes que los anteriores aunque sean difícilmente cuantificables (cuando no imposible, al menos, con las metodologías tradicionales) y menos aún con carácter inmediato. Nos referimos al conjunto de impactos de carácter socio-cultural y de compromiso con la sociedad: mayor oferta y demanda de servicios culturales, efectos demográficos, educacionales, políticos (aumento de la participación ciudadana como consecuencia de una mayor cultura política), sociales (imagen de la región), así como la capacidad de atracción de industrias tecnológicas en busca tanto de egresados como de colaboración científica y técnica con los departamentos universitarios, de la que hablaremos más adelante.

En definitiva, la comunidad universitaria y sus egresados, altamente cualificados, generan valores sociales, impulsan y fomentan el desarrollo cultural y empresarial en donde viven, trabajan y se integran. Todo ello sin olvidar la imagen de marca y de internacionalización que para una región pueden suponer sus universidades, si éstas son de calidad y aparecen en los rankings internacionales, como es el caso de las madrileñas. El potencial de atracción de profesores visitantes y de estudiantes de otras regiones y otros países convierte a las universidades públicas no sólo en un sector exportador de educación, sino que contribuye a la internacionalización y expansión del territorio en su conjunto. Todo ello genera un evidente impacto económico.

Además de todo ello, en los últimos tiempos han ganado protagonismo otros efectos que no se miden desde el punto de vista del gasto, sino en términos de ingresos. El papel de las universidades en lo que se conoce como la tercera misión, la que está relacionada con la transferencia de conocimiento, de tecnología y su difusión, es de vital importancia. La creación de spin-offs, empresas de base tecnológica, los parques científicos, los centros de emprendimiento e innovación, etcétera, son elementos que implican el uso, aplicación y explotación del conocimiento, que generan empleo y que, en definitiva, constituyen un elemento de máxima relevancia en el proceso de desarrollo económico. El papel de la Universidad en el emprendimiento es de vital importancia para crear un entorno innovador que permita y favorezca la transferencia del conocimiento hacia el tejido productivo del territorio. A la investigación básica, función tradicional y fundamental de la Universidad, se añade ahora el valor y la importancia de la investigación aplicada orientada a las necesidades del tejido social, con el objetivo de contribuir al crecimiento y al desarrollo. En este modelo es preciso que converjan e interactúen universidades y empresas y ambas han de contar, además, con el compromiso y colaboración de las administraciones.

En definitiva, las universidades constituyen una industria con un fuerte impacto en las economías regionales y constituyen un elemento dinamizador de la vida social y cultural de su entorno. Queda por afrontar el reto de mejorar la integración con el tejido social, la colaboración con las instituciones públicas e impulsar la transferencia de conocimiento.

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