La Universidad y la ‘cuádruple hélice’

Cualquier territorio, a través de sus órganos de representación elegidos democráticamente y de sus agentes sociales, debe plantearse qué papel quiere desempeñar en este mundo globalizado: apostar por la generación y la transferencia de conocimiento y, por ende, por la innovación, o resignarse a ser mero productor de bienes sin valor añadido y a ofrecer servicios no cualificados, a bajo precio y sin justa compensación para las personas ni para el mismo territorio. Si se opta por la primera posibilidad, que es la que en buena lógica corresponde a un país de la Europa occidental, quienes rigen los destinos del territorio han de apostar al mismo tiempo por potenciar una o más universidades y dotarlas de los recursos humanos y económicos necesarios para cumplir su cometido: generar conocimiento y transferirlo a las empresas de su zona de influencia y de todo el mundo para contribuir al desarrollo sostenible y a la mejora del bienestar de las personas.

La Unión Europea ha apostado claramente por una Europa del conocimiento –y por potenciar las regiones– basada en la investigación y la innovación, como ha puesto de manifiesto la Estrategia Europa 2020 al priorizar un crecimiento inteligente, sostenible e integrador.

Así pues, cabe concluir que las dos misiones intrínsecas de la Universidad –proporcionar a las personas el máximo grado de capacitación a lo largo de la vida, contribuyendo a su desarrollo como ciudadanos y como profesionales, y generar, transferir y socializar el conocimiento mediante la investigación– se justifican por la que se ha venido en llamar su tercera misión: contribuir como motor al desarrollo sostenido y sostenible.

La formación inicial y continua de profesionales implica transferir a unas personas unos conocimientos y unas competencias que no sólo redundan en beneficio propio. Esta formación debe ser a todos los niveles –grado, máster y doctorado–, ya que cuanto mayor sea el nivel formativo de las personas mayor será el provecho para la propia sociedad, que no sólo dispondrá de profesionales altamente calificados y, por tanto, con un mayor poder adquisitivo, sino también de un mayor potencial económico, de una mayor cohesión social y de un mayor nivel de bienestar.

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La investigación ha de ser responsable socialmente. Por tanto, sin dejar de lado la básica, que es la que sin duda contribuye al avance de la ciencia, debe estar ligada a las necesidades y potencialidades del territorio. Ya en el VII Programa marco de I+D la Comisión Europea se ponía especial énfasis en la necesidad de tener en cuenta el impacto social de la investigación, que excede el simple concepto de impacto científico. Teniendo en cuenta la complejidad del tópico, y de acuerdo con los Research Councils y la Research Evaluation Framework del Reino Unido, cabe definir como impacto social todas las contribuciones demostrables que la investigación excelente hace a la sociedad, a la cultura, a las políticas o servicios públicos, a la economía, a la salud, al medio ambiente y a la calidad de vida; en definitiva, todas las manifestaciones mediante las cuales el conocimiento basado en la investigación beneficia a las personas, a las organizaciones, a las naciones y al mundo.

Pero la investigación también ha de contribuir a una mejor formación de los profesionales a todos los niveles, ya que ésta no debe limitarse a la mera transmisión de unos conocimientos recogidos en manuales y monografías, sino que debe basarse en la  transmisión de los generados como fruto de las investigaciones y proyectos.

La Universidad no puede ni debe afrontar las misiones que le han sido confiadas por la sociedad de forma aislada, sino que tiene que hacerlo en intensa colaboración con las empresas mediante las prácticas curriculares y extracurriculares de sus estudiantes en ellas, los doctorados industriales y el desarrollo de proyectos conjuntos; con la Administración, contribuyendo de forma activa a la configuración económica, social y cultural del territorio para un desarrollo sostenible, y con la sociedad en general. Es lo que se ha venido en llamar la cuádruple hélice, o la suma de esfuerzos para alcanzar objetivos comunes que sería imposible cumplir de forma independiente. En este sentido, cabe recordar en nuestro país el programa Campus de Excelencia Internacional, dentro de la llamada Estrategia Universidad 2015, cuya primera convocatoria tuvo lugar el año 2009, pero que no contó en ningún momento con los recursos necesarios ni la continuidad deseada.

Finalmente, no se puede olvidar el impacto económico que las universidades tienen en el territorio. Un estudio publicado en octubre de 2017 por la Asociación Catalana de Universidades Públicas, Impactes socioeconòmics de les universitats públiques i el sistema públic de recerca de Catalunya, pone de relieve que en 2015 las universidades públicas catalanas contribuyeron a la economía catalana con el 1,4% del PIB y generaron 45.000 puestos de trabajo a tiempo completo, de los cuales el 62% fueron directos y el 38% indirectos (servicios de restauración, mantenimiento, limpieza, vigilancia, suministros, etcétera). Además, por cada euro invertido el retorno estimado fue de unos 3,5 euros. La conclusión no puede ser otra que la Universidad es altamente productiva y generadora de puestos de trabajo.

La Universitat Rovira i Virgili, por mandato explícito del Parlament de Catalunya recogido en el preámbulo de la propia ley de creación, –“… debe actuar como motor del progreso cultural, científico y técnico en las comarcas meridionales de Cataluña, y de manera más específica, en las ciudades donde se ubican sus centros”– asumió desde sus inicios que la generación de conocimiento útil para la sociedad, en tanto que instrumento básico para la sostenibilidad económica del territorio, tenía que ser un objetivo prioritario. La ubicación de sus campus en cinco municipios distintos, distantes los dos más extremos más de 100 kilómetros, fue, sin duda, uno de los elementos que contribuyó positivamente a la identificación de la universidad con el territorio. La creación de antenas del conocimiento en 13 municipios con el fin de mantener un contacto directo y constante con la Universidad y favorecer su desarrollo social y económico, lo que se ha venido en llamar el Campus Extens de la URV, consolidó los nexos de unión con los respectivos ayuntamientos y reforzó el sentimiento de que la Rovira i Virgili era la universidad pública del sur de Cataluña y, por tanto, la de todos sus ciudadanos, instituciones y empresas.

La Diputación de Tarragona, consciente de que el territorio sobre el que ambas instituciones debían actuar era coincidente, apostó de forma decidida por una actuación conjunta y coordinada, creando en primer lugar la oficina Tarragona, Regió del Coneixement, embrión del posterior Campus d’Excel·lència Internacional Catalunya Sud, y la cátedra Universitat i Regió del Coneixement, dirigida por el Dr. Francesc Xavier Grau, que trabaja en la definición de un nuevo sistema de gobernanza que prevea la toma de decisiones a nivel regional.

En 2009, el Claustro Universitario aprobó el Plan Estratégico de la Tercera Misión, con el fin de potenciar la implantación de sinergias que permitan ofrecer un mejor servicio a la sociedad en el ámbito cultural; social, de voluntariado y de cooperación al desarrollo; de internacionalización territorial; socioeconómico y de gobernanza regional, y de transferencia de conocimiento y de tecnología.

Y más recientemente, el año pasado, el Claustro Universitario aprobó el II Plan Estratégico de Investigación e Innovación, el cual, en función de la excelencia científica, que ha de ser nuestra razón de ser, se propone maximizar el impacto social de nuestra investigación en un doble sentido: por una parte, fortaleciendo los sectores productivos de especialización territorial –la química, la energía y los nuevos materiales; la nutrición y la salud; la enología; el turismo; el patrimonio y la cultura, y las TIC y la economía digital– y, por otra, contribuyendo a mejorar el bienestar de las personas, el desarrollo sostenible y la dinamización de las ciudades y del territorio mediante la generación y la transmisión del conocimiento.

La experiencia desarrollada por la Universitat Rovira i Virgili fue recogida por la Unión Europea en un estudio publicado en 2011: Goddard, J. i Kempton, L. (2011) Connecting Universities to Regional Growth: A Practical Guide, páginas 36 y siguientes. y Anexo, página 7 y siguientes.

Finalmente, sirva como una prueba más del éxito conseguido en este ámbito la participación de la Rovira i Virgili, como entidad asociada y beneficiaria, en tres proyectos de Especialización y Competitividad Territorial (PECT) resueltos hace unos días: TurisTic en família; Una alimentació innovadora, segura i saludable, y Ebrebiosfera.

Es evidente, pues, que en una sociedad del conocimiento y fuertemente globalizada no hay desarrollo social, cultural ni económico territorial sin una Universidad investigadora y comprometida con lo que ha venido en llamarse la ‘tercera misión’; que la actividad de la Universidad del siglo XXI viene condicionada por su papel de motor de cambio y de innovación del territorio y del mundo en generalCon los pies en el territorio y la mente en el mundo debería ser el lema de cualquier universidad del siglo XXI, y que su misión no es la de líder ni agente del desarrollo social, cultural y económico, sino la de impulsor mediante la generación y la transferencia del conocimiento en todos sus ámbitos.

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