La Universidad global en un mundo tecnológico: horizonte 2050

El próximo mes de septiembre llegará a nuestras universidades la generación de estudiantes nacida en el año 2000. No hablamos ya de los millennials, ni de los postmillennials, sino de algo muy distinto. Algunos les llaman Generation Flux, para la que será clave la versatilidad y adaptabilidad a entornos complejos y cambiantes. Si los millennials son nativos digitales que sufren las contradicciones de insertarse en una sociedad todavía anclada en modelos tradicionales de producción e interacción, los flux han venido a darle la vuelta a todo. En el año 2050 estos chicos y chicas tendrán 50 años y se encontrarán a mitad de su vida profesional (teniendo en cuenta que nuestras predicciones actuales nos dicen que, en promedio, superarán los 100 años de vida). El mundo será muy distinto al que habitamos hoy. Y también lo será, claro está, la Universidad.

Las universidades han comenzado un proceso de profunda transformación. El debate está abierto y llega a todos los rincones de la sociedad, como demuestra esta magnífica serie de posts. Es inevitable que cunda una cierta sensación de amenaza, de fin de época y de peligro de extinción. Poco a poco se extiende la idea de que son necesarias reformas profundísimas, aunque sólo sea con el ánimo de sobrevivir. Tal y como lo expresaba Francisco Longo hace unos días en este mismo blog citando a Alicia, “hace falta correr todo cuanto uno pueda para permanecer en el mismo sitio”.

La pregunta esencial, por supuesto, es: ¿en qué dirección debemos echar a correr? Longo nos daba algunas pistas, que podemos encontrar en la mayoría de reflexiones sobre el futuro de la Universidad (por ejemplo, aquí, aquí y aquí) y que pueden resumirse en una gran disolución de fronteras de todo tipo (disciplinares, espacio-temporales, territoriales, organizativas, curriculares, entre investigación y docencia, etcétera). Estoy de acuerdo en (casi) todo lo que explica Longo. Pero intentaré complementar sus reflexiones con una mirada todavía más amplia, y sobre todo con un horizonte más lejano.

Si queremos dirigir nuestras energías de reforma de las universidades en la dirección adecuada necesitamos comprender bien cuáles son las fuerzas de cambio. Deberíamos ser capaces también de anticipar en qué tipo de sociedad vivirán nuestros estudiantes flux en 2050. Si la Universidad de hoy ha de tener alguna utilidad genuina para nuestros estudiantes y para la sociedad misma, ha de ser pensando en este horizonte 2050, no en 2018.

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Así pues, ¿qué sabemos acerca del mundo que viene? Es ciertamente difícil predecir el futuro, y más en un mundo tan rápidamente cambiante. Aun así, hay dos elementos que seguramente caracterizarán este mundo que viene, y lo harán porque son los dos grandes motores de las profundas transformaciones actuales. Son, claro, la globalización y la revolución tecnológica, dos procesos de cambio para los que no habrá freno ni marcha atrás. Sea como fuere nuestro horizonte en 2050, nuestra sociedad será global y profundamente tecnológica. ¿Cómo deberían prepararse las universidades para este nuevo escenario?

Comienzo por la globalización. Las preguntas son dos: qué lugar pueden ocupar las universidades en el mundo global y cómo deben formar a sus estudiantes para vivir en dicho mundo. La primera plantea un reto fundamental. No podemos saber si todas las universidades existentes hoy, que se estiman entre 18.500 y 26.300, sobrevivirán a los cambios. No son pocos los que sostienen que muchas van a desaparecer. Sin embargo, lo que es seguro es que el número de estudiantes que requerirán educación superior aumentará exponencialmente. Si para 2025, según un estudio de la Unesco, se espera un crecimiento explosivo hasta los 262 millones, no es descabellado pensar que hacia 2050, con una población mundial estimada de unos 9.800 millones y una sociedad mundial –esperemos– más igualitaria, el número de estudiantes podría acercarse a los 400 millones. Aunque se confirmaran los escenarios más sombríos y el número de universidades decreciera en lugar de crecer proporcionalmente, aunque desapareciera el 95% de ellas, las 1.000 instituciones restantes seguirían teniendo la responsabilidad de guiar a estos millones de jóvenes por sus estudios superiores. Y si a esto añadimos la necesidad de seguir formando a los profesionales a lo largo de su carrera en un verdadero esquema de lifelong learning, como todos los expertos vaticinan y reclaman, el espacio existente para la formación superior no puede sino crecer. Las universidades del mundo global, por tanto, tienen por delante un reto fundamental: la formación permanente de millones de personas.

En segundo lugar, es evidente que las universidades, y los centros educativos en general, deben preparar a nuestros jóvenes para desarrollarse vital, personal y profesionalmente en un mundo globalizado, cambiante y multicultural. Deben tener la capacidad de comprender que muchos de nuestros problemas más importantes tienen un alcance e imbricación globales, y que muchas de las soluciones que esperamos que ellos sean capaces de identificar e implementar también requieren de una escala global. Por otra parte, los flujos de movilidad internacional de estudiantes universitarios siguen patrones de crecimiento exponencial, y seguirán aumentando en las próximas décadas. Así que nuestras universidades deben ser capaces de educar a personas provenientes de países y culturas muy diversas y de enseñarles a interactuar y colaborar persiguiendo objetivos comunes. Las que sobrevivan a la revolución tecnológica deberán necesariamente ser verdaderas universidades globales, capaces de atraer y formar a personas talentosas de cualquier nacionalidad y darles una formación con una fuerte –aunque no exclusiva– dimensión global.

Paso ahora a la revolución tecnológica, y centraré mi análisis también en dos dimensiones: el rol de la tecnología en nuestra Educación Superior y el reto que supone formar a nuestros jóvenes para desarrollarse en un mundo profundamente tecnológico. Sobre lo primero no me extenderé demasiado. La tecnología está ya revolucionando nuestras formas de enseñanza y lo va a hacer mucho más aún en el futuro. Si la tecnología del siglo XIX permitió la construcción de la Universidad moderna, centrada en el objetivo de estandarizar y extender el conocimiento superior –objetivo razonablemente cumplido hacia fines del siglo XX, al menos al nivel nacional–, el gran reto del siglo XXI será, junto con el de la extensión global del conocimiento superior, el de la personalización de la formación. La flexibilidad en los programas y en los currículos, la adaptación individualizada de metodologías y recursos de aprendizaje, la interdisciplinariedad real, dar respuestas específicas a las necesidades de lifelong learning de cada persona, todos éstos serán los componentes de un reto enorme de personalización que nuestras universidades tienen por delante.

¿Cómo conseguiremos formar a centenares o miles de millones de estudiantes en el mundo y a la vez personalizar el aprendizaje? Creo que sólo hay un modo de hacerlo, y es con un uso intensivo, combinado y estratégico de nuevas tecnologías, desde los robots asistentes, hasta la inteligencia artificial, pasando por el uso de MOOCs (Massive Open Online Courses) y de tecnologías de ‘gamificación’ que, en palabras del gran Mitchell Resnick, nos hagan aprender a lo largo de toda la vida como si estuviéramos en un centro de educación infantil.

La tecnología nos está planteando retos muy importantes ya hoy, en 2018. Pero si adoptamos como perspectiva un horizonte suficientemente largo, no hay ninguna duda de que nuestras universidades evolucionarán para convertirse en instituciones de aprendizaje híbridas o blended, en las que lo analógico se combinará naturalmente con lo digital para optimizar los resultados de aprendizaje.

Y esto me lleva a mi último punto. Estamos cansados de leer que los robots y la inteligencia artificial van a reemplazar buena parte de los actuales puestos de trabajo. Según un reciente estudio del McKinsey Global Institute, por ejemplo, se podrían perder 800 millones en el mundo hacia 2030. Otros hablan de la pérdida de un 47%. Si esto es así, ¿qué escenario nos espera en 2050? ¿Qué deberíamos enseñar en las universidades si los robots inteligentes van a reemplazarnos en tantos y tantos puestos de trabajo? Tal y como señala Joseph Aoun en su excelente Robot-proof. Higher Education in the Age of Artificial Intelligence, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿qué nos hace distintos a los seres humanos, qué es aquello en lo que los robots no podrán nunca reemplazarnos? Según Aoun, es nuestra creatividad, imaginación y flexibilidad, la posibilidad de pensamiento divergente y de transferencias mentales tanto cercanas como lejanas, la capacidad de pensamiento contextual y de aprendizaje experiencial y cooperativo; y en última instancia nuestra visión ética, nuestra capacidad de determinar fines últimos. Lo que nos hace especiales es este conjunto de capacidades que Aoun denomina “supra-racionales” y que terminarán trazando la línea de corte entre lo que las máquinas están llamadas a hacer por nosotros y lo que seguirá siendo patrimonio de la actividad humana. Las universidades que aspiren a ser útiles en un mundo profundamente tecnológico no pueden ignorar este tipo de reflexiones ni dejar de revisar sus planteamientos educativos en concordancia.

Tal vez algunas universidades no sobrevivan a esta etapa de transformación profunda. Pero el resto, las que consigan adaptarse con éxito, tendrán un futuro brillante caracterizado por grandes desafíos y oportunidades. Las que quieran seguir existiendo en el remoto 2050 serán aquéllas que comiencen a transformarse mañana mismo con la mirada puesta en ese horizonte lejano y se conviertan en universidades globales preparadas para operar en un mundo profundamente tecnológico.

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