La Universidad en la ciudad

La diversidad en la unidad: ésa es la idea que subyace tras la palabra universidad. Una comunidad de distintos saberes. Al igual que el universo, pero también que una ciudad. La Real Academia de la Lengua, tras las acepciones relativas a la institución de enseñanza superior, recoge este último significado: “Conjunto de poblaciones o barrios que estaban unidos por intereses comunes, bajo una misma representación jurídica”.   

El vínculo entre ciudad y Universidad no es únicamente semántico, y sus orígenes pueden remontarse a la Edad Media, incluso más allá. El resurgir de las ciudades en Europa va de la mano con la aparición de las universidades en lugares como Bolonia, París u Oxford. Desde entonces, han estado íntimamente ligadas al tejido urbano de las ciudades –o campus suburbanos– en las que se sitúan.

La economía del conocimiento ha conseguido que esta relación sea aún más importante. Donde antes había grandes empresas industriales, ahora las ciudades confían en tener una fábrica de conocimiento que revitalice sus economías y las coloquen en el mapa. Los casos de San Francisco y Boston en Estados Unidos son paradigmáticos. Sus innovadoras economías han crecido gracias a la potencia de sus instituciones académicas. Atraen talento internacional, generan capital humano y actúan como mecanismo de transferencia de conocimiento al sector privado, generando empresas que, a su vez, atraen capital y otros servicios. Motivados por las ventajas económicas de la aglomeración –la proximidad y la densidad que promueven el intercambio de ideas e incrementan la productividad– más y más empresas, inversores, creadores y trabajadores acaban instalándose en ellas.

En la edad de la movilidad (de ideas, del capital y de las personas), la estabilidad de las universidades es una bendición para las ciudades. Operan como lo que en inglés se denomina anchor institutions (instituciones ancla), refiriéndose a universidades y hospitales, principalmente. Organizaciones fijadas a un lugar, las instituciones ancla no sólo generan conocimiento y actividad económica, sino que también tienden a no marcharse –ni a reducir sustancialmente su tamaño– en momentos de crisis económica, al menos en el corto plazo. En muchas ciudades son el segundo mayor empleador, después del Gobierno, y tener o no tener una universidad puede ser cuestión de vida o muerte. El caso de Pittsburg es paradigmático.

En los años 70, mientras la industria del acero se desplomaba en todas las ciudades del Rust Belt norteamericano, las dos universidades de la ciudad (Carnegie Mellon y la de Pittsburg) se posicionaron como líderes en investigación; la primera en robótica y computación, la segunda en medicina. Aunque la caída del sector del acero dejó profundas cicatrices, Pittsburg pudo escapar del oscuro destino que persigue, hasta el día de hoy, a muchas antiguas ciudades industriales como Detroit. En 2009, Estados Unidos eligió Pittsburg como sede del G-20, y el presidente Obama justificaba la decisión señalando a la ciudad como ejemplo de urbe capaz de transformarse y competir en la economía mundial. Con Carnegie Mellon atrayendo a Google y a Uber, y con UPMC (la empresa global de servicios médicos surgida de la Universidad de Pittsburg) como segundo empleador del Estado de Pensilvania, no cabe duda de dónde está el secreto de esa transformación.

La pregunta, claro, es qué pasa con aquellas ciudades que no tienen una universidad que pueda actuar como ancla. Casi ninguna respuesta es muy halagüeña. Algo de esperanza pudiera haber en el movimiento de urbanización de algunas universidades alejadas de ciudades como Cornell que, intentando dar respuesta a los gustos cada vez más urbanitas de los estudiantes universitarios, están intentando establecerse en centros urbanos. Claro que los estudiantes y profesores de Cornell no quieren irse a una ciudad media y con dudosas perspectivas económicas, sino a Nueva York. Conclusión, las universidades pueden agravar, más que mitigar, la tendencia de concentración económica en algunas pocas ciudades clave.  

Las universidades no son sólo el instrumento esencial para atraer el capital, talento e ideas necesarias para que una ciudad, región o incluso un país puedan continuar compitiendo a escala global. Su impacto en la economía y en la sociedad de las ciudades en las que se ubican es fundamental. Las comunidades universitarias son importantes consumidores de productos y servicios en los mercados locales, generando actividad económica y empleos de todo tipo (no sólo académicos). Los profesores y los estudiantes también tienen un claro impacto en los mercados de vivienda de las ciudades, pero los efectos de las universidades pueden ir más allá. Según algunos urbanistas, las instituciones académicas también tienen consecuencias en los valores sociales de las urbes, fomentando el cosmopolitismo, la tolerancia y la diversidad (recuerden la etimología de la palabra universidad).

Algunos efectos locales son menos positivos. En Estados Unidos, las universidades han sido frecuentemente un agente de ‘gentrificación’, expulsando de los lugares más céntricos a las personas de rentas más bajas. En ocasiones este efecto ha sido indirecto, debido al incremento de los precios de las viviendas aledañas a los edificios universitarios. En otras ciudades, las universidades se han convertido en los principales propietarios de propiedades inmobiliarias, no siempre de forma transparente, y han acometido proyectos de renovación urbana con claras consecuencias para la composición demográfica de los barrios. Como entidades sin ánimo de lucro o educativas de interés público, generalmente tampoco pagan impuestos sobre estas propiedades, limitando los ingresos fiscales de los gobiernos locales. Incluso cuando se ha puesto en cuestión la justificación de esas exenciones fiscales, los gobiernos locales no han tenido fácil fijar impuestos al principal empleador y propietario de sus ciudades. El impacto redistributivo es claro.

Hay a quien todo esto no le sorprenderá. Al fin y al cabo, se puede argumentar que la universidad es desigualdad por definición: es un mecanismo de selección de élites. En principio, cuanto mayor sea ésta (la media de graduados universitarios en la OCDE es del 54% y en España del 47%), menor debiera ser la desigualdad. Cosa distinta, aunque íntimamente ligada, es la movilidad social. Mientras convertirse en élite (intelectual o profesional) no dependa del punto de partida, la movilidad social no se verá afectada; en teoría.

Hoy sabemos que la movilidad social depende mucho del lugar en el que uno nació. El trabajo de Chetty, Hendren y Katz ha demostrado que el barrio en el que los niños crecen tiene un impacto determinante en sus ingresos futuros. Traduciendo: cuando hablamos de igualdad de oportunidades, lo local importa, y mucho. Si las universidades se convierten en un mecanismo segregador y desigualador a nivel local, su contribución como mecanismo de ascenso social se verá reducida.

Este análisis se basa fundamentalmente en el caso estadounidense, y como tal no puede extrapolarse sin más a otros países. Tampoco está claro que las universidades creen más desigualdad, ni por la vía de la concentración en unas pocas ciudades ni por sus impactos a nivel local. Al contrario, probablemente sus efectos netos sean positivos en cuanto a generación de capital humano, oportunidades y crecimiento económico. Sí hay, sin embargo, algunas lecciones interesantes para cualquier ciudad.

Las ciudades no deberían creer ciegamente que crear o atraer una universidad sea la solución a todos sus retos económicos. El éxito o fracaso de esa interacción tan antigua, semántica incluso, entre ciudad y universidad, no sólo dependerá de la integración en un sistema más amplio de generación de conocimiento y tejido económico a nivel regional o incluso estatal, sino de políticas fiscales y sociales que mitiguen sus efectos negativos y fomenten los positivos. En este contexto, las ciudades han de evaluar con detenimiento todos los efectos que tienen las universidades en el tejido urbano y generar mecanismos de colaboración entre ellas y los gobiernos locales para asegurar que la relación sea mutuamente beneficiosa.

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