La Universidad en el planeta de la reina roja

Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido”. (La reina roja a Alicia, en A través del espejo, de Lewis Carroll)

Hablaba hace poco Víctor Lapuente en un artículo de El País de la longevidad y resistencia a todo tipo de pruebas de las universidades, algunas de las cuales hunden sus raíces en la Edad Media. Sin embargo, en los últimos años han proliferado augurios sombríos sobre su capacidad de sobrevivir a los enormes cambios que vivimos. Hay expertos, como Dan Levy, de Harvard, que pronostican incluso el inevitable cierre de muchas en un plazo relativamente corto. ¿Debemos creerles? Rehuyendo el catastrofismo, es notorio que la globalización y la disrupción tecnológica, combinadas, impulsan tendencias de fondo que desafían la propuesta de valor que las universidades vienen trasladando a la sociedad y cuestionan el alcance y la validez de su contribución a las finalidades colectivas.

Durante el siglo XX y los primeros años del actual, los principales desafíos a la Universidad tradicional derivaron de la democratización de la educación superior que obligaba a instituciones elitistas, reservadas a una aristocracia del conocimiento, a recibir y formar a ingentes masas de jóvenes de orígenes mesocráticos, deseosos de aprovechar la educación terciaria como principal palanca del ascensor social. Hoy, además de esos retos, que distan de estar resueltos, las universidades afrontan problemas de hondo calado cuyo origen se halla, sobre todo, en la velocidad sin precedentes a la que avanza en nuestros días el conocimiento humano.

Ir allí donde se aprende

La aceleración exponencial de la ciencia y las tecnologías –que tiene su punto de inflexión, según Brynjolfsson y McAffee, en la segunda década de este siglo– está desplazando el valor del saber –en palabras de John Hagel– de los stocks de conocimiento a los flujos de conocimiento. Los primeros se deprecian a velocidad creciente. Por eso, para quienes se ocupan de producir, difundir, capturar, evaluar y transferir saberes, se torna esencial el participar, desde diferentes posiciones y contribuciones, en flujos relevantes de nuevo conocimiento.

Este desplazamiento de valor tiene, para la educación superior, implicaciones importantes. De entrada, traslada el foco desde la enseñanza al aprendizaje. Las universidades van a ser cada vez menos concebibles como almacenes de saberes establecidos, administrados por expertos que cuentan con todas las claves de acceso y los instrumentos de descodificación. Serán deseables, más bien, como ecosistemas de conocimiento vivo y fluyente en los que es necesario insertarse para aprender y estar al día. En estos entornos, todos están dedicados a aprender y los aprendizajes individuales nacen de interacciones y experimentaciones múltiples y abiertas. Los procesos unidireccionales y verticales de intermediación profesor-alumno ceden el paso a fórmulas diversas de articulación de esos roles donde una mayor autonomía y responsabilidad de los estudiantes se combina con un profesorado más experto en la gestión de comunidades de innovación y aprendizaje.

Cambia aceleradamente la secuencia temporal de la formación. El flujo torrencial del conocimiento se lleva por delante las esclusas generacionales que nos servían cuando el saber humano avanzaba pausadamente, como un río canalizado. Ya no hay una etapa en la vida para aprender, de la que la Universidad debe cuidarse. Pertenece al pasado la idea misma de que la edad de la persona determina los contenidos de conocimiento que le resultan útiles. Para constatarlo, basta apreciar cómo se distribuye generacionalmente la capacidad de manejo en entornos digitales. El ser humano tiene que aprender de todo, a toda hora y en todo momento de su vida. La Universidad va a volverse crecientemente intergeneracional para ser relevante, y eso le exigirá atender demandas y expectativas sociales mucho más plurales.

Fronteras que se diluyen

La gestión de flujos de conocimiento hace que estén llamadas a disolverse muchas de las fronteras que hoy existen en la educación superior.

  • Entre investigar y enseñar. Se hará insostenible la separación entre –por una parte– una investigación encerrada en su burbuja autorreferencial donde se alimentan las carreras académicas y –por otra– la a menudo relegada actividad docente de los profesores. Investigación, innovación, experimentación, transferencia, aprendizaje están llamadas a ser actividades imbricadas, multidireccionales y abiertas.
  • Disciplinares. El conocimiento fluye entre las disciplinas, vadeando las demarcaciones y silos que los profesores hemos construido, en buena medida, para protegernos. Lamenta Emilio Lledó, citado por Jiménez Asensio, que “el concepto de asignatura ha convertido a la Universidad en un conglomerado de conocimientos estancos e inútiles”. La complejidad del mundo exige aprender en modo gran angular, adoptando una perspectiva multidisciplinar de las cosas.
  • Territoriales. Vamos hacia una Universidad verdaderamente universal, a una movilidad prácticamente irrestricta de estudiantes y profesores, con acuerdos colaborativos, trabajo en red, recursos abiertos, certificaciones compartidas. La competencia por ofrecer una experiencia de aprendizaje valiosa y atractiva se globaliza aceleradamente. Como señala Andrés Pedreño, “hace unos años, una universidad local competía más o menos con las de su entorno; hoy día lo hace con las mejores del mundo”.
  • Espacio-temporales. Mediante el uso de las tecnologías digitales se puede situar en línea el acceso a recursos de conocimiento de alto valor añadido, con bajo coste y grandes ganancias de flexibilidad y personalización. La digitalización de buena parte de los aprendizajes obliga a reinventar el aula, reservando para ella aquello que la hace imprescindible, esto es, las interacciones humanas que transforman lo aprendido en metaconocimiento y en saberes aplicables, listos para pasar la prueba de la realidad.
  • Organizativas. En el mundo de los flujos de conocimiento carecen de sentido las barreras defensivas y la endogamia en la captación de talento. Múltiples redes abiertas, plataformas y alianzas conectarán a las universidades entre sí y con centros de investigación, think tanks, núcleos de innovación, emprendimientos, compañías y otros actores sociales, dinamitando las estructuras burocráticas.
  • Curriculares. Vamos hacia una significativa personalización, en buena medida autogestionada, de los currículos. Así como en la industria discográfica los viejos LPs fueron sustituidos por fórmulas que permiten seleccionar, prescindiendo del resto del disco, una o más canciones que interesan y agruparlas con las de otros discos e intérpretes, muchos programas formativos vivirán procesos análogos de desagregación y re-agregación. Educandos cada vez más autónomos y conscientes de lo que les interesa reclamarán para sí un poder de diseño de sus aprendizajes que la universidad tradicional no les concedía.

Y al mismo tiempo, como contrapeso a los muros que se derrumban, las universidades tendrán que reforzar los cimientos, aquello que hay de más permanente en la educación. La recuperación de las humanidades –derrotadas en los currículos actuales por la hiperespecialización– se hace imprescindible para metabolizar los cambios desde la perspectiva de la persona. Como afirmaba hace poco el ministro francés Jean-Michel Blanquer, “la gran pregunta de nuestra época es en qué medida un mundo más tecnológico puede ser un mundo más humano”.

Además, en un contexto de aceleración de los conocimientos especializados y de competencia con las máquinas, la empleabilidad de los graduados conectará cada vez más con cualidades y valores personales –discernimiento, espíritu crítico, disposición a aprender, aptitud para entender y trabajar con otros, comunicarse, actuar responsablemente, manejar la complejidad y la incertidumbre– que sólo el retorno a los saberes humanísticos estará en condiciones de garantizar.

Deprisa para mantenerse. Más deprisa para ser relevantes

La velocidad del cambio social contrasta con la lenta digestión que del mismo tienden a hacer, en general, unas instituciones sobre las que gravitan poderosas inercias. Además, hablamos de retos que transforman el contrato psicológico de los dos actores principales del proceso educativo: estudiantes y profesores (hace algún tiempo, escribí sobre ello aquí), lo que obliga a contrarrestar expectativas y percepciones muy consolidadas. No es de extrañar, por todo ello, que muchas respuestas surjan desde fuera del sistema. Ya hoy, la educación superior es un escenario en el que nuevos actores, con mayor flexibilidad y menos hipotecas, responden con éxito a una parte de las nuevas expectativas, apropiándose incluso de elementos centrales –por ejemplo, algunas credenciales– del rol tradicional de la Universidad.

En el caso de España, los retos que se desprenden de todo lo anterior van bastante más allá de los problemas de financiación en los que suele concentrarse el diagnóstico sobre los problemas de la Universidad. A los desafíos adaptativos que afrontan las universidades en todo el mundo, se añaden en nuestro país desajustes derivados de un modelo de gobernanza que tiende a la captura interna de las instituciones, una fuerte tradición endogámica en la gestión del talento, y un sistema de gestión de personas anquilosado por la lógica funcionarial que lo rige. Reformar estos rasgos con el vigor necesario será, en mi opinión, imprescindible para que nuestras universidades puedan dedicarse, de verdad, a ganar el futuro.

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1 Comentario

  1. Miquel Porta Serra
    Miquel Porta Serra 04-23-2018

    No sé si tenemos claro el valor social e individual de la universidad, los retornos y beneficios sociales que la universidad genera. Pero este artículo señala muy bien algunos. La incuria o el desdén hacia tales retornos es uno de los aspectos más graves de la farsa de Cifuentes y compañía.

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