La socialdemocracia y los que faltan

El economista francés Jean Tirole abre el capítulo que dedica a “Vencer al desempleo” en su último libro hablándonos de una película francesa: La ley del mercado. En esta película el actor Vincent Lindon interpreta a un hombre de 50 años que ha sido despedido de su empresa y va enlazando curso de formación (sin futuro) tras curso de formación (sin futuro). “Es un filme”, remata Tirole, “que muestra el malestar que se respira en la sociedad francesa: la falta de empleo que fragiliza o margina a una parte de nuestros conciudadanos”. Una nota de la edición española del libro informa al lector de que Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, sería la película española “de referencia sobre el drama del paro, en este caso debido a la reconversión industrial”.

Si pasamos de las pantallas de cine a los libros, Hillbilly Elegy, uno de los mejores libros que he leído este año, comienza así: “Nací siendo pobre, en el cinturón industrial (Rust Belt), en una de esas “ciudades-del-acero” de Ohio que se han desangrado por la hemorragia de empleos y esperanza desde que tengo uso de razón”. Como aclara el subtítulo del libro, Hillbilly Elegy es un libro escrito en primera persona porque aunque su autor, J. D. Vance, apenas tiene 30 años, es una biografía. Durante cerca de 100 años, nos dice Vance, la historia de la región de los Apalaches donde se estableció su familia, de origen escocés-irlandés, se contaba como una historia de éxito económico y movilidad social ascendente.

A mediados de la década de 1950, en un Middletown —la ciudad donde se crió Vance— donde la empresa Armco Steel había construido parques y escuelas, los abuelos de J. D. llevaban la típica vida de clase media con el típico empleo de clase media. Pero en algún momento de los 70 esto empezó a cambiar. Y comenzó la “hemorragia” de empleos (y de esperanza) que Vance nos relata en su libro. Hoy la calle mayor de Middletown es un hipermercado de droga al aire libre. De hecho Vance aporta un dato sorprendente: en 2014, en el Condado de Bounty al que pertenece Middletown, murieron más personas por sobredosis que por causas naturales.

La ley del mercado, Full Monty, Le Havre, Hillbilly Elegy o, más cerca de nosotros, Los lunes al sol. Todas esas espléndidas historias son, en el fondo, la misma. La historia de ciudades o regiones que un día fueron prósperas y se ufanaban de formar parte del mundo industrializado, pero hoy se avergüenzan de sus tasas de paro y pobreza. Historias de ciudades que no han encontrado su sitio en una economía global. Historias de ciudades donde el ascensor social se ha convertido en descensor.

En un contexto así, algunos votantes progresistas han elegido, por qué negarlo, opciones populistas. Ya sea por cabreo o por desconfianza, o por las dos, poco más tenían que perder además de su empleo –y con ello muchas de sus esperanzas, claro–. Es cierto: los condicionantes detrás del voto a un partido xenófobo en Austria quizá no sean exactamente los mismos que en Estados Unidos. La red de protección social europea es allí inexistente. Sin embargo, la falta de expectativas y de oportunidades ante un mundo en constante cambio y la sensación de inadaptabilidad podrían ser factores comunes. A ésos, que podríamos llamar los económico-tecnológicos, se sumarían otros: la desconfianza hacia un sistema institucional y político que no ha dado la talla. Por eso es tan importante exigir pulcritud en el comportamiento de los gobernantes: no hay nada como dar ejemplo para relajar la frustración. En resumen: todo va demasiado rápido para algunos.

Pero no podríamos entender el triunfo del populismo sin la “derrota” de un modelo anterior. La falta de oportunidades y de horizonte vital es abono para el surgimiento de estos movimientos. Reducir los elementos que pueden ser utilizados como arma arrojadiza haría, por tanto, mucho más complicada su existencia y permanencia. En este punto, la responsabilidad de los partidos tradicionales se traduce en su incapacidad para articular soluciones ante la profunda crisis que sufrimos. Ni siquiera la socialdemocracia ha sabido proteger contra la vulnerabilidad. Entonces, ¿por dónde empezar?, ¿qué soluciones ofrecer? Existen básicamente dos vías.

La primera es la que podríamos llamar “la vuelta a las esencias” (Urquizu). Ante la fuga de los votantes, la tentación de los partidos es volver a aquello que en algún momento les funcionó. Si a la socialdemocracia le fue bien en el pasado enarbolando los derechos de los trabajadores industriales, defendamos ahora, en 2017, la conservación de los astilleros o la minería del carbón, aunque la única manera de hacerlo sea regándolos con abundante dinero público.

Pero incluso si nos olvidamos del impacto sobre la salud y el medioambiente que tiene una actividad como la minería del carbón, ocurre que los tránsitos desde la agricultura a la industria, primero, y desde la industria hacia el sector servicios, después, constituyen un hecho estilizado bien conocido en la economía. Mientras un país es (relativamente) pobre, su principal actividad es la agrícola. Cuando su economía comienza a crecer y los aumentos de productividad en el sector primario facilitan la transición de trabajadores a otros sectores, comienzan a hacerlo también su industria y sus servicios, hasta que definitivamente los servicios son mayoritarios. Cuando escuchamos a filósofos de la deep ecology pedir el desmantelamiento de nuestras sociedades modernas para volver a una economía agraria pre-neolítica todos pensamos que… bueno, que seguramente no es una gran idea. Volver a una sociedad industrial es algo así como una versión light o descafeinada de las ideas del anarquismo primitivista. O sea, una idea bastante mala.

El reto para la socialdemocracia ahora es, pues, abandonar esa “vuelta a las esencias” y diseñar una agenda socioeconómica alejada del rupturismo característico de los populismos capaz de generar prosperidad. Llevamos tiempo encallados en un equilibrio político y económico ineficiente e incapaz de ofrecer oportunidades para amplias capas de la población. La socialdemocracia como movimiento transformador no puede recurrir a las soluciones de hace décadas para lidiar con este presente de automatización, robotización, cadenas de valor globales y outsourcing. ¿Cómo hacer que la globalización funcione, también, en Middletown?

En un ensayo reciente, Dani Rodrik pide aparcar por un momento la globalización para volver al estado-nación como marco de acción. La gobernanza global, defiende, es crucial en algunos aspectos, como el “cambio climático o las pandemias” (o la lucha contra los paraísos fiscales, añadiríamos), pero cuando hablamos de crear las regulaciones e instituciones necesarias para el correcto funcionamiento de los mercados, el estado-nación permanece como “the only game in town”. Esta sería la forma de recuperar la cohesión social perdida. Centrarse en el estado-nación como mecanismo más efectivo de transformación no entra en disputa con la globalización. Más bien al contrario: “estados-nación robustos sólidos son de hecho beneficiosos para la economía global”, escribe Rodrik. ¿Por dónde empezamos entonces a reformar entonces esos “estados-nación robustos”?

Un buen sitio por el que empezar sería el mercado de trabajo. Tanto por razones económicas (el salario es la principal fuente de ingresos) como históricas (preocupación por las condiciones y oportunidades laborales de los trabajadores), la socialdemocracia debería dar prioridad a la generación de nuevas oportunidades laborales. Hay demasiadas personas sumidas en la inestabilidad, la precariedad y la inactividad. Como escribe Tirole en ese mismo capítulo que citamos al comienzo: “el paro es, en parte, una decisión de nuestra sociedad”. Padecemos un sesgo psicológico que dificulta la visibilidad de esta situación: el fenómeno de la “víctima identificable”. Empatizamos con los despidos de gente cercana o cuando vemos las cifras en el periódico, pero no pensamos en las “víctimas anónimas, los parados para los que no se crean puestos de trabajo”. Esas personas se quedan sin oportunidad.

Otro aspecto a considerar es la creciente concentración empresarial y las conductas anti-competitivas que podrían estar detrás de la caída de las rentas del trabajo y del capital en favor de los beneficios empresariales. Este hecho, apuntan Furman y Orszag, podría ser la causa común de un menor crecimiento de la productividad y del aumento de desigualdad que observamos en muchas economías desarrolladas. La falta de competición extrae rentas de los consumidores a través de menor producción y mayores precios. El papel de las autoridades –independientes– de competencia en este sentido es clave.

Por último, habrá que empezar a pensar en cómo regular la posesión de los datos que todos generamos cuando compramos por internet, hacemos búsquedas en Google o pedimos un taxi mediante cualquier aplicación. Como señalan Acemoglu y Johnson en este artículo, “la doctrina comercial convencional implica que la posesión de los datos pertenece a las compañías que los almacenan. Esto tiene que cambiar profunda y completamente, ya que la única forma de nivelar el terreno de juego es hacer que los datos estén disponibles para todos los competidores potenciales”. Sin duda, una idea disruptiva que haría que “los individuos sean compensados por las actividades que generan información al tiempo que reciben un alto grado de protección de la privacidad”.

Por supuesto, estos son solo algunos de los temas en los que centrar esa nueva agenda socialdemócrata. Una reforma fiscal que dote de la capacidad redistributiva necesaria al Estado, nuevas políticas de protección de rentas y de la vulnerabilidad, el acceso gratuito a la educación de 0-3 años así como la modernización de las Administraciones Públicas para aumentar su eficiencia y eficacia deberían ser igualmente incorporadas. Ampliaremos esta propuesta de agenda reformista en breve. Stay tuned.

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