La presidencia Hollande, ese gran malentendido

¿Cómo será recordada la presidencia de François Hollande? Tal vez como un ejercicio ingrato pero necesario de una izquierda que se sacrifica y acomete una agenda reformista, como hizo Gerard Schröder, el canciller socialdemócrata que según algunos cimentó con su Agenda 2010 los años de bonanza que siguieron con Merkel. Tal vez como una presidencia ‘normal’, casi mundana, tal y como prometió el mismo Hollande en 2012 cuando sintió el hartazgo generalizado que había generado el estilo aturdidor de Sarkozy. Tal vez como la presidencia de los ‘couacs’, cinco años donde nunca llegó a imponerse en la Asamblea y en las filas gubernamentales la palabra comunicativa del Presidente, el cual tuvo que lidiar primero con la insubordinación del proteccionista Montebourg, luego con el estilo draconiano del republicano Valls, y al final con el plantón del ambicioso progresista Macron. O tal vez, como una presidencia marcada por la espiral de la opinión pública y la llamada cuota de popularidad, que ha alcanzado su mínimo histórico, casi forzando contra su voluntad al Presidente a hacer algo inédito en la quinta República: no presentarse a su reelección.

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El jueves, frente a las cámaras, Hollande se libró a 20 minutos de balance de su Presidencia, como si esa impopularidad formara parte todavía de un gran malentendido. Fue tal su empeño de rendir cuentas que los periodistas se preguntaron si no se trataba de la antesala de su candidatura, en vez de su particular ‘au revoir’. Solo al final, Hollande explicó que “el poder, el ejercicio del poder, los lugares del poder y los ritos del poder no han impedido nunca mi lucidez, ni sobre mí mismo, ni sobre la situación. Hoy, soy consciente de los riesgos que podría acarrear una iniciativa, la mía, que no aglutinaría un respaldo suficiente”. Habló del acuerdo contra el calentamiento global firmado en París, de su apertura del matrimonio para todos, de la reforma territorial, de las múltiples reformas laborales para invertir –sin éxito- la curva del desempleo, de su decisión de intervenir militarmente en Mali, en la República Centroafricana, en Siria, en Irak, de sus intentos de reorientar la política de austeridad en Europa, de su reacción frente a los atentados, de su único arrepentimiento cuando propuso quitar la nacionalidad a los acusados de terrorismo, y de haber hecho lo necesario para mantener a Grecia en la eurozona… Compungido frente a la cámara, consciente que no podrá defender ni su propio balance, y que el candidato que encarne la continuidad será su primer ministro.

En este sentido Hollande ha acabado provocando un sentimiento de rechazo epidérmico más que político, como ya sucedió con Sarkozy. A fin de cuentas, en el destino de Hollande, habrá pesado más esa foto en moto, saliendo a hurtadillas de una cita romántica. O esa otra, la de él hablando bajo un diluvio en l’Île-de-sein. Han pesado más todos esos ‘couacs’ que han dado la sensación de un jefe sin la rigidez para mantener a raya las mofas y las ambiciones de sus ministros. Pero sobretodo, ha pesado la falta de claridad respecto a la orientación política de su mandato. Hollande hizo campaña diciendo que las finanzas eran el enemigo, pero le dio la cartera de economía a un exbanquero. Hizo campaña pidiendo ejemplaridad al inquilino del Elysée, pero se ridiculizó con su vida personal y con la publicación del libro “Vous savez, un Président ne devrait pas dire ça…”. Prometió liderar un cambio en Europa, pero su verdadero éxito en política internacional fue en África y en el ámbito comercial con su doctrina de ‘diplomacia económica’.

Ahora, le rassemblement

¿Demasiadas contradicciones, demasiados vaivenes, demasiadas indecisiones? Y para ganar las próximas elecciones, la izquierda francesa tendrá que responder a dos desafíos de forma clara: vencer las divisiones internas y encontrar un candidato y un proyecto en el que sus votantes, así como la totalidad de la sociedad francesa, pueda proyectarse. La tarea es titánica. En primer lugar, la legislatura de Hollande ha estado condicionada por las diferentes divisiones de la izquierda y en particular del propio Partido socialista, entre un ala reformista o social-liberal y un ala más apegada a los principios de la izquierda tradicional, con sub-divisiones en cada campo. Una división ilustrada por el grupo de diputados ‘frondeurs’, los cuales llegaron hasta proponer una moción de censura de ‘izquierdas’ contra su propio Presidente. Si Hollande representaba un punto de convergencia para las diferentes corrientes protestatarias (en tanto que chivo expiatorio), su retirada del juego político de cara a las próximas elecciones hace que las diferentes fracturas aparezcan en toda su crudeza. Actualmente existen 12 candidatos de la izquierda, seis que se presentarán a unas primarias previstas para el 22 y 29 de enero y otros seis que se lanzarán directamente a la lucha por la presidencia. El rassemblement está en la boca de todos, pero nadie sabe exactamente cómo conseguirlo. ¿Aceptarán finalmente Macron, Mélenchon y Yannick Jadot (ecologista) integrar las primarias abiertas que celebrarán los socialistas bajo la llamada ‘Bella Alianza Popular’?

En segundo lugar, frente a una izquierda dividida se encuentra una derecha compacta. Por un lado, el Frente Nacional, con un programa antiliberal, proteccionista y focalizado en la identidad nacional; por el otro, Les Républicains que acaban de votar masivamente por un nuevo líder, François Fillon y su programa liberal en el terreno económico y conservador en el plano social. ¿Qué opciones tiene entonces la izquierda? ¿Hay que apostar por la ‘izquierda total’ como dice Benoît Hamon, uno de los candidatos a las primarias? Y si es así, quién para encarnarla, y qué contenido exacto darle. 

Las primarias marcarán pues el retorno de lo político. Marcarán sobre todo, una clarificación entre esas dos izquierdas que han nutrido el partido socialista francés desde la batalla fratricida de 2005 durante el referéndum sobre la Constitución Europea. En los próximos meses, el electorado francés no va a deber elegir solamente entre, por ejemplo, las diferentes medidas para reducir el déficit o disminuir el paro, sino sobre todo entre modelos de sociedad, entre proyectos colectivos. Visiones para Francia que van más allá de promesas políticas, como ya se vivió con la paradoja sufrida por el propio Hollande cuando condicionó su reelección a la reducción de la tasa de desempleo. En ese sentido el gran reto por delante para la izquierda francesa (¿para la socialdemocracia europea?) en los próximos meses es encontrar una alternativa a Hollande. Una alternativa real y realizable. La partie est lancée.

Este análisis también ha sido elaborado por Dídac Gutiérrez, Director de Asuntos Europeos del Institut Viavoice

Este texto forma parte del ciclo de análisis que publicaremos con motivo de las elecciones presidenciales que se celebrarán en abril y mayo de 2017. Posts relacionados: Macron, ¿en marcha para 2017?; El ‘sursaut’ de la derecha y el centro francés (noviembre 2016)

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