La precariedad severa, en el centro de la pobreza laboral

Hablar de precariedad en el mercado laboral español no es ninguna novedad, más bien al contrario. Numerosas estadísticas y estudios avalan que este problema nos acompaña desde mucho antes de la recuperación económica, la última reforma laboral, la Gran Recesión o la época de la burbuja inmobiliaria. Sin embargo, el hecho de que los trabajadores en riesgo de pobreza hayan aumentado durante el periodo de recuperación del empleo, a partir de 2014, debería disparar las alarmas. ¿Estamos recuperando los empleos precarios que teníamos? ¿O la precariedad actual es peor de la que ya sufríamos antes de la crisis?

En lo que respecta a la contratación temporal, una de las dimensiones en las que se suele medir la precariedad, las grandes cifras parecen apuntar a que se está recuperando la que ya padecíamos. Desde el principio de la crisis, la destrucción de ocupación se centró en estos empleos. Así que lo lógico es que con la recuperación también se recupere este tipo de contratación y aumente su peso sobre el total de la ocupación. Sin embargo, dentro de los asalariados temporales también existen niveles de precariedad. Como puede verse en el gráfico 1, aquéllos con contratos de corta duración (tres meses o menos) son los que más sufren los estragos de la inestabilidad y la rotación laboral. Este colectivo experimentó una caída menor que la temporalidad general y en 2017 se encuentra más cerca de los niveles precisos (-12,9% respecto a 2007) que los demás temporales (-23,4%).

Gráfico 1. Trabajo temporal de muy corta duración vs resto. Medias anualesFuente: Elaboración propia a partir de los microdatos de la Encuesta Población Activa, EPA (INE).

Según los datos que nos aporta la Encuesta de Población Activa (EPA), este grupo de temporalidad más severa estaría formado por 740.000 personas en 2017. Pero, tal y como apuntaba la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) en un estudio del pasado año (Recent trends in the use of temporary contracts in Spain), muy probablemente este dato esté subestimado, ya que la EPA no recoge correctamente las relaciones laborales más cortas. Y son precisamente los contratos de menos de una semana los que han experimentado un intenso crecimiento durante los últimos años, según datos del Ministerio de Empleo y Seguridad Social.

Los contratos de corta duración, unidos a la temporalidad general, hacen al mercado laboral español el líder absoluto en temporalidad de la Unión Europea, ya que tiene la peor combinación de estas dos variables. Sólo Croacia (HR) se acerca a las cifras de España.

 

Gráfico 2. Trabajo temporal y contratos de menos de tres meses en la UE-28 (2015)Fuente: Elaboración propia a partir de la información de Labour Market and Wage Developments in Europe 2017 (Comisión Europea).

Otra dimensión en la que podemos medir la precariedad laboral es la del subempleo, es decir, las personas que trabajan a tiempo parcial de forma involuntaria. En un reciente artículo con Manuel Hidalgo constatábamos que, pese a que la contratación a tiempo parcial puede tener efectos positivos, en España se ha convertido en una forma más de precarización. La prueba está en que el peso del subempleo dentro del trabajo a tiempo parcial ha crecido del 36,1% en 2007 hasta el 61,7% en 2017. Este cambio de tendencia y el aumento de la contratación a jornada parcial hacen que el 10% de los asalariados sufran subempleo, lo que supone 1.564.000 trabajadores, más del doble (721.000) que en 2007.

Si consideramos las dos modalidades de precariedad severa que se han comentado, la respuesta a la pregunta inicial no admite ambigüedad: sí, el mercado laboral actual es más precario que antes de la crisis. En concreto, en 2017 hubo 2.181.000 trabajadores con precariedad severa (655.000 más que en 2007) y su peso entre los asalariados era del 13,9% (4,9 puntos más que en 2007).

Gráfico 3. Precariedad severa. Medias anualesFuente: Elaboración propia a partir de los microdatos de la Encuesta de Población Activa, EPA (INE).

Si bien la situación parece haber tocado techo con el inicio de la recuperación, sobre todo por lo que respecta al peso sobre el total de asalariados, el fenómeno de la precariedad severa parece tener cierta resistencia a disminuir. Si a eso le sumamos que la recuperación de la ocupación comportará también un aumento de la temporalidad, podemos suponer que estas cifras seguirán aumentando, enquistando todavía más el problema. Además, los cálculos realizados dejan al margen otro tipo de relaciones laborales que también sufren de precariedad severa. Falsos autónomos, trabajadores de plataformas digitales, becarios o fijos discontinuos son algunos ejemplos.

Precariedad severa y pobreza laboral

Además de problemáticas ya conocidas de la precariedad laboral general, la severa se traduce en problemas de intensidad en el trabajo. Es decir, en cómputo anual, estos empleados trabajan menos horas anuales de lo que lo haría un trabajador fijo con jornada completa contratado durante un año. En el caso de los temporales con contratos cortos, las dinámicas de alta rotación laboral generan constantes entradas y salidas de la ocupación, con una alta probabilidad de tener algún episodio de paro entre cada empleo. En el caso de los subempleados, la pérdida anual de horas de trabajo se produce cada día, al no trabajar toda la jornada (además, el 49,6% del subempleo es también temporal).

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La intensidad en el trabajo es un factor determinante de la pobreza laboral, ya que repercute directamente en los ingresos anuales de los trabajadores y sus familias. Como puede verse en el gráfico 4, entre las personas asalariadas que tienen una intensidad del 100% (la mayoría, fijos a jornada completa durante un año) tan sólo el 5,8% está dentro del primer quintil de renta (el 20% que menos cobra). Ese peso va aumentando a medida que la intensidad en el trabajo disminuye, dejando patente la importancia de este fenómeno sobre los ingresos anuales.

Gráfico 4. Quintil de renta anual según intensidad en el trabajo. Año 2016

Fuente: Elaboración propia a partir de los microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de 2017, con datos de renta e intensidad en el trabajo de 2016. Los quintiles de renta (bruta) se han calculado sobre las personas que cumplen: a) están activas (paradas u ocupadas) durante todos los meses de 2016; b) han trabajado algún mes y recibido una renta por ese trabajo.

Obviamente, otros factores inciden en la pobreza laboral (como puede verse en In-work poverty, de Eurofound); por ejemplo, los salarios y la estructura familiar. Sin embargo, como ya apunta el gráfico anterior y refuerzan otros estudios (aquí y aquí), la precariedad y sus consecuencias sobre la intensidad en el trabajo tienen un peso más importante como determinantes del riesgo de pobreza laboral que los salarios.

Cabe destacar que la precariedad laboral severa se da en mayor porcentaje en los colectivos que más sufren las desigualdades. No es de extrañar que mujeres, jóvenes, personas con baja formación y trabajadores en ocupaciones de baja cualificación estén sobrerrepresentadas en la precariedad severa. Además, los episodios de desocupación que sufren estas personas tienen poca cobertura, por desocupación, por parte del sistema de prestaciones. La alta rotación laboral hace muy difícil llegar a generar el derecho a una prestación contributiva, o bien que sea de corta duración.

Poner el foco

A pesar de que la precariedad severa es el principal motivo de la pobreza laboral, pocos estudios se focalizan en este factor. Marcel Jansen, en una jornada sobre temporalidad organizada por Pimec, sugirió que puede estar relacionado con las plataformas digitales y el trabajo a demanda. Y es una hipótesis plausible, ya que muchas empresas logran flexibilizar sus plantillas con este tipo de contratos para adaptarlas a la demanda de producción inmediata. Es importante diagnosticar las causas de la precariedad severa y su funcionamiento en la organización empresarial para poder construir una normativa que, en palabras de Jansen, “haga que las relaciones laborales no se conviertan en relaciones mercantiles”.

Otro factor a tener en cuenta es la gran cantidad de personas en desempleo y que no tienen ningún tipo de cobertura y para las que aceptar cualquier oferta de trabajo, por precarias que sean las condiciones, es preferible a no tener ingresos. Muy posiblemente éste sea un catalizador, aunque no la causa, de la proliferación de este tipo de empleo.

Si bien algunos partidos políticos y los sindicatos incluyen la calidad del empleo y la precariedad laboral en sus discursos, el debate público suele centrarse en los salarios. Sin duda, la demanda de mejoras salariales están más que justificadas pero, al menos desde la perspectiva de la pobreza laboral, cabría esperar mayor atención a este fenómeno. Probablemente, el hecho de que el colectivo de precarios severos sea menor (según la Encuesta de Condiciones de vida, siete de cada 10 trabajadores por cuenta ajena trabajaron todo 2016 a jornada completa) y que también se sienta interpelado por las reclamaciones salariales no genera incentivos para que la precariedad severa consiga una atención mayor.

El contrato único ha supuesto un poco de aire fresco, ya que al menos ha conseguido centrar el debate público en la precariedad laboral (se ha hablado sobre el tema en Agenda Pública aquí, aquí, aquí o aquí). En lo que a la precariedad severa se refiere, lo que puede tener un mayor impacto son las medidas que lo rodean. En concreto, el ‘bonus’ (‘malus’) a las empresas que estén por encima de una determinada rotación laboral (en función de su sector) es la medida con mayor potencial para poner freno a los contratos temporales de baja duración. Incluso sin contrato único, con la normativa actual, sería una medida positiva.

También la Inspección de Trabajo tiene su función, ya que gran parte de los contratos de corta duración se formalizan en fraude de ley. Seguro que no se acabará el problema sólo con sanciones, pero disminuir la percepción de impunidad de las empresas que abusan de este tipo de contratos puede mejorar sensiblemente la situación.

En definitiva, la creación de empleo que se ha conseguido durante la recuperación económica es, sin lugar a dudas, una gran noticia, ya que ataca de raíz el principal factor que genera pobreza y desigualdades: el paro. Pero o se pone el foco en la precariedad severa o para muchas personas la recuperación sólo va a suponer salir de la sartén para caer en las brasas. En los últimos años, la economía y el mercado laboral españoles, como tantos otros, han sido objeto de importantes impactos por la globalización, la crisis, la tercerización del modelo productivo, la automatización, la robotización, etcétera. Las consecuencias, presentes y futuras, supondrán un cambio de paradigma en las relaciones laborales y, por ende, en la sociedad. El mercado laboral estará cada vez más polarizado y con una parte del empleo fragmentado, uberizado y, en definitiva, precarizado. Convendría abordar las reformas necesarios que permitan minimizar los efectos sobre los ganadores y los perdedores de estas dinámicas.

Correcciones sobre el artículo original publicado el 24/4/2018

En el artículo original cometí un error que ha llevado a su modificación. En concreto, en el cálculo de los asalariados con contratos temporales de corta duración (tres meses o menos) también estaban incorporados aquéllos con duración desconocida. Este error llevaba a la conclusión de que, según la EPA, los temporales con contratos cortos eran muchos más y se habían incrementado en los últimos años, cuando no es así.

Más allá de que a nadie le gusta cometer un error de cálculo, lo cierto es que al menos el resultado muestra un nivel menor de precariedad severa comparado con el publicado inicialmente. De todas formas, creo que el mensaje de fondo que se lanzó, en cuanto al problema de este tipo de precariedad, sigue inalterado, ya que los afectados por este fenómeno merecen más atención por su relación con la baja intensidad en el trabajo y los también bajos ingresos anuales.

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