La nueva normalidad de la Unión Europea

Hay contextos políticos donde la reforma de las reglas del juego es un tema tabú, y otros donde constituye un asunto invariablemente destacado en la agenda política. Quizás ninguno de estos extremos sea deseable. Pero, la política es el arte de lo posible, y la UE, el mejor caso, hasta la fecha, de sistema en permanente construcción. De hecho, los ciudadanos de la Unión suelen participar en la conversación política europea más sobre temas constitucionales, por ejemplo, qué competencias deben atribuirse a las instituciones supranacionales o cuál puede ser el alcance de la solidaridad a escala europea, que acerca de decisiones ordinarias, como el sentido de una norma en materia de economía digital o la asignación de recursos a las flotas pesqueras.

En 2018, tendremos que tomar posiciones de nuevo sobre normas e instituciones de la eurozona, incluida la aproximación al marco legal de la UE del MEDE, el último de los instrumentos de rescate creados durante la Gran Crisis fuera y sin escrutinio democrático. En diciembre pasado, la evolución de los datos de crecimiento y empleo y la constatación de que el apoyo a la integración monetaria ha regresado a las cifras del momento de puesta en circulación del euro en 2002, permitieron al Presidente Juncker no solo hablar de avances en la senda acordada para progresar en la Unión Económica y Monetaria sino también adelantar otras iniciativas, como la elaboración de un documento de discusión sobre las funciones que a partir de las próximas elecciones al Parlamento Europeo en 2019 podrá asumir una nueva figura de Ministro Europeo de Economía y Finanzas, presidente del Eurogrupo y vinculado como vicepresidente a la Comisión, al modo de la actual Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad en su ámbito de actuaciones.

En las elecciones de mayo de 2019 concluirá el debate más amplio abierto con el Libro Blanco sobre el futuro de Europa de marzo de 2017, en el sesenta aniversario de la firma de los Tratados de Roma. Este papel planteó cinco escenarios para la UE sin el Reino Unido en 2025, algunos de los cuales supondrían la devolución de competencias a los Estados, en contra de la idea de “una unión cada vez más estrecha” (an ever closer union), frase que substituye en el Tratado a una palabra que empieza por f, impronunciable en suelo británico, o al reconocimiento explícito de la vocación federal de la Unión. En esta reflexión, se puede criticar la omisión de cuestiones relativas a la calidad democrática de los procedimientos, y asimismo reconocer el acierto de Juncker al subrayar el desgastador desajuste entre las atribuciones y los recursos de las instituciones y las expectativas de los ciudadanos.

Se hablará además en 2018 del reparto del presupuesto de la Unión en el período 2021-2027. En mayo, se presenta el próximo Marco Financiero Plurianual y hay que tomar decisiones sobre el hueco en la caja producido por el abandono del Reino Unido, uno de los principales contribuyentes netos. El presidente Macron acaba de cruzar otro Rubicón europeo al adelantar que Francia está dispuesta a modificar sustancialmente la Política Agraria Común, a la que en el período 2016-2020 todavía se dedica un tercio de los recursos financieros de la UE.

Antes, ya este mes de enero, el Parlamento Europeo resolverá sobre el segundo gran agujero del Brexit: los 73 escaños británicos en la Eurocámara. Son prescindibles, pero también reasignables entre Estados o aprovechables para ensayar la fórmula de las listas paneuropeas. Esta última opción podría coadyuvar a corregir la principal debilidad democrática de la Unión: la realidad de que la competencia tanto en las elecciones generales como en los comicios al Parlamento Europeo se centra en temas políticos propios del “vaciado” ámbito estatal, en expresión en sus últimos años del prematuramente fallecido profesor Peter Mair. La omisión de los asuntos de la UE implica una despolitización sin precedente, y sin duda insostenible. 

Finalmente, en 2018 toca nada menos que definir la nueva relación comercial entre la UE-27 y el Reino Unido. Pero esto no parece problema para la Unión, donde ya es posible dedicar algo de tiempo a alabar el vídeo que acaba de difundir el gobierno búlgaro para la presentación de su Presidencia del Consejo de enero a junio. Bulgaria reivindica el encanto de la complejidad y que unidos seguimos siendo fuertes. No le falta ni razón ni buen gusto. 

En definitiva, los 27 han descubierto un nuevo normal, en el que conviven el renovado eje franco-alemán, el retrato de los cuatro países más poblados en Versalles o la nueva presencia de la hasta ahora tímida reunión de siete Estados del sur (Francia, Italia, España, Portugal, Grecia, Malta y Chipre). La demanda de estos últimos de “una nueva aproximación sobre los bienes públicos europeos, que deben ser ofertados en el presupuesto de la Unión”, según puede leerse en su declaración conjunta del día 10 de enero, suena muy diferente al triste discurso de los cuatro de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia) o a aquel de los rubitos norteños que nunca quieren pagar más.

Continuamos otro día. Mientras, no pierdan el sueño por la UE. Todo controlado. 

Bienvenido, nuevo normal.

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