‘La nostra vergogna’ o cómo Italia nos recuerda las consecuencias de votar la xenofobia

En el siglo XIX, se vivía en Estados Unidos un debate cargado de teorías pseudo-científicas que apuntaban que las personas europeas de origen mediterráneo eran inferiores a las del tipo nórdico. A finales de la década de 1880, las asociaciones antiinmigrantes crecieron en un país que se veía a sí mismo como blanco, anglosajón y protestante, y varias iglesias católicas fueron quemadas mientras la población de origen italiano era víctima de ataques de odio. En 1891, en Nueva Orleans, las acusaciones contra los gánsteres sicilianos acabaron con una revuelta en la que una masa enfervorecida acabó matando a una veintena de personas, la mayoría italianos, en uno de los linchamiento masivos mayores en la historia de EE. UU. En 1891, una viñeta recogía que “si la inmigración hubiera estado debidamente restringida, [los Estados Unidos] no tendrían que preocuparse por el anarquismo, el socialismo, la mafia y otros males afines”. En 1924, una reforma legislativa sirvió para reducir hasta mínimos las cuotas de nacionales de países del sur de Europa hacia Estados Unidos.

Estos apuntes no tienen otro valor que recordarnos que la Historia está llena de actos y acciones contra la población migrante. Pero que la Historia se repita no quiere decir que lo haga en el mismo contexto: en las democracias avanzadas de hoy, los hechos apuntados más arriba son éticamente reprobados, cuando no legalmente penalizados.

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Por eso, la actitud del nuevo Gobierno italiano ha levantado tantas voces de alarma cuando ha negado la entrada en puerto del barco Aquarius de Sos Méditerranée, que lleva a bordo a 629 personas (entre ellas, 123 menores no acompañados, 11 menores y siete mujeres embarazadas) rescatadas por Médicos Sin Fronteras. El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, ha enviado una carta a las autoridades maltesas exigiendo a las mismas que acojan a la embarcación por ser la opción más segura y porque Italia, dice, “no asumirá ni a un solo inmigrante más”. La respuesta maltesa (esto no es nuestra competencia) ha dejado el barco sin poder llegar, por ahora, a ningún puerto. Acnur (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) ya ha pedido a ambos gobiernos  una solución urgente para que los migrantes desembarquen de manera rápida y segura. No es la primera vez que Acnur envía la misma solicitud al Gobierno italiano, lo que demuestra que las malas prácticas que vulneran el derecho internacional no son nuevas, y que los países de la Unión Europea no han querido plantearse nunca respuestas serias (y que vayan más allá del ineficaz pero caro sistema de control de fronteras) al fenómeno de los boat people en su versión europea.

Salvini, el líder de la xenófoba Lega Nord (un partido que, por cierto, empezó acusando a Roma de robar al norte, y de señalar a los terroni del sur de vivir subsidiados gracias a los trabajadores del norte italiano), puede tener razón en criticar la gestión común del sistema europeo de asilo y de las personas que solicitan refugio en los países UE. Pero su respuesta unilateral, en un tuit contundente, no aporta soluciones y vulnera claramente los compromisos de Italia con el derecho internacional humanitario y el derecho europeo.

Las ciudades de Nápoles, Calabria, Palermo, Tarento y Messina ya han ofrecido una respuesta diferente, en este caso de carácter humanitario. Así, de nuevo, se evidencia que quienes gobiernan más cerca de la ciudadanía parecen más sensibles a las cuestiones de derechos humanos. Pero también queda patente que son las voces ausentes de un debate, el de las políticas migratorias, que debería afrontarse ya de manera urgente y reformadora.

Porque no se dejen engañar por las soflamas que gritan que aceptar un barco de 600 personas es una invasión descontrolada. Y tampoco se fíen de las voces que convierten el debate migratorio en una dicotomía entre el todo o la nada. No hay país en el que la llegada de migrantes haya supuesto descensos correlacionados en el Producto Interior Bruto. Las políticas sociales no se reducen porque haya migrantes: su intervención queda afectada cuando, ante mayor número de población vulnerable, se siguen manteniendo los mismos volúmenes. Y eso es una opción política, siempre. El principio del fin del proyecto europeo no se deberá a unos flujos migratorios: vendrá, si no se hace nada para evitarlo, por la falta de coordinación y respuestas a largo plazo de los estados, que prefieren culpar a Europa antes de responder a sus propias responsabilidades. Y vendrá, también, de la convicción de algunos de que los derechos son menospreciables cuando no son los propios, siendo este concepto de lo propio cada vez más reducido y discriminador.

La gestión migratoria no es sólo imprescindible, sino que es posible. Puede ser compleja, pero es factible. Requiere, eso sí, entender que el fenómeno migratorio no es cuestión de un país u otro, sino un fenómeno global que requiere de un nivel de gobernanza que supere el marco estatal. No se puede mirar hacia otro lado en las crisis humanitarias que afectan a países, especialmente cuando son vecinos (o seguir vendiendo armas a países que participan en conflictos) y pensar que eso nada tiene que ver con los miles de personas que huyen de la violencia y la persecución. No se puede pensar que cerrando cualquier vía legal de acceso y fortificando las fronteras se pararán los flujos migratorios; no ha pasado jamás en la historia, pero siempre se confirma que las condiciones empeoran y los derechos se vulneran más. No se puede apoyar a países fallidos en los que las ayudas acaban en mafias que practican la esclavitud y trafican con personas. Se deben repensar las actuaciones en origen, en tránsito y en destino. Con innovación, con convicción y con narrativa. Porque parte de lo que estamos viendo es cómo triunfa en muchos países europeos la narrativa falaz que convierte al otro en una amenaza por encima de los hechos y las razones. La población extranjera se convierte en un chivo expiatorio fácil porque, en la mayoría de casos, no vota. Y porque suscitar los miedos, como ya pasaba en el XIX, es más fácil que proponer soluciones.

La ciudadanía europea debería ser consciente de que exigir soluciones reales es posible. Que romper la solidaridad entre los países europeos lleva inexorablemente a romper la Unión Europea. Y que respuestas como la del Gobierno italiano no solucionan nada (aunque pueda parecerlo en el cortísimo plazo) y nos devuelven a tiempos más oscuros.

PD: Si bien no es la mejor de las soluciones (Italia no debería poder lavarse las manos de sus responsabilidades), la respuesta del recién estrenado Gobierno de Pedro Sánchez, que se ha ofrecido a acoger el Aquarius en Valencia por razones humanitarias, es una buena noticia; aunque queda por ver si factible. Todas esas voces que se apresuraran a hablar del ‘efecto llamada’ harían bien en dedicar los mismos esfuerzos y la misma energía a exigir a los todos los estados de la Unión Europea que se sienten para encontrar respuestas conjuntas a una situación que no es nueva. No habrá soluciones sin afrontar de manera coordinada respuestas que vayan más allá del corto plazo.

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