La ‘Internacional Nacionalista’ pierde la batalla húngara, Weber puede ganar la guerra

Este miércoles se votó en el Parlamento Europeo un informe (escrito por la diputada holandesa Judith Sargentini, del grupo Verde, y apoyado por la Comisión Europea) en el que se recomienda al Consejo Europeo aplicar a Hungría el artículo 7 del Tratado de la Unión Europea (TUE). Más de dos tercios del Parlamento (448 por el , 197 por el no) han respaldado el informe de Sargentini, muy duro con el Gobierno húngaro de Viktor Orban. El artículo 7 permite a la UE abrir un proceso sancionador contra un Estado miembro en función de la violación sistemática de los valores europeos estipulados en el artículo 2 del TUE, que incluye la democracia, el estado de derecho y el respeto de los derechos humanos. Sin embargo, en la votación sobre Hungría hay mucho más en juego que la democracia húngara (que también). Está en juego el futuro de la UE.

La crisis política abierta en 2008 sigue abierta. El colapso de Lehman Brothers (esta semana se cumplen exactamente 10 años) frenó en seco el período feliz de una globalización desregulada en el mundo occidental, dando lugar a que ciudadanos de diferentes países afectados por la crisis demandasen protección de las externalidades negativas producidas por el libre mercado. La seguridad y la protección que demandan los actores que tratan de canalizar en su favor el descontento puede distinguirse en dos ideologías muy diferentes. La primera es de izquierdas, y culpa a los ricos de la creciente desigualdad y la precariedad del empleo, puesto que han aprovechado el mercado libre para explotar y estafar a la clase trabajadora. En 2011 nació en EEUU Occupy Wall Street, un movimiento que tendría como sucesor a Bernie Sanders en la campaña presidencial de 2016. En España tuvimos el 15-M, un movimiento que en parte se canalizaría institucionalmente en Podemos. En el Reino Unido hubo un movimiento anti-austeridad muy fuerte, que más tarde contribuyó a que Jeremy Corbyn se convirtiera en líder laborista en 2015.

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La segunda ideología crítica con la globalización desregulada es marcadamente de derechas y nacionalista, y culpa de todos los males fundamentalmente a la migración. Por eso hay que proteger a los ciudadanos de los otros (que suelen no ser blancos y/o practican una religión que no es la cristiana), pues representan una amenaza para la seguridad del país. En 2009 nació en EEUU el Tea Party, una de las bases sociales de apoyo a Trump en 2016. En el Reino Unido, el partido nacionalista UKIP ganó las elecciones europeas de 2014, logró que gran parte del Partido Conservador se uniera a sus postulados antieuropeos, lo cual se tradujo finalmente en el Brexit de 2016. Recientemente, la extrema derecha europea ha tratado de organizarse a nivel europeo, con un emprendedor como Steve Bannon creando la organización The Movement y reuniéndose con políticos de gobiernos como el polaco del PiS, el húngaro de Fidesz, el italiano de la Lega o la líder del Front National francés Marine Le Pen. Esta red paneuropea (o incluso transatlántica, si se incluye a Trump) de nacionalistas es una suerte de Internacional Nacionalista que tiene el objetivo común de estimular un choque de civilizaciones.

La crítica nacionalista de la globalización ha tenido particular eco en Europa central. El Grupo de Visegrado (Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría) ha liderado un frente nacionalista en el seno de la UE contra la acogida de refugiados. De estos cuatro países, Hungría es el único gobernado por una formación (Fidesz) que pertenece al Partido Popular Europeo (PPE). El líder de Fidesz es Viktor Orban, al frente del Gobierno húngaro desde 2010.

En su discurso en el Parlamento Europeo antes de la votación, Orban criticó el informe argumentando que “insulta a Hungría y el honor de la nación húngara”. Se situó así como el defensor de este país frente a la elitista UE, un marco que claramente le beneficia. La realidad es muy distinta, dado que los húngaros son los primeros perjudicados. En abril, una manifestación reunió decenas de miles de personas en Budapest. Sin embargo, el Gobierno de Fidesz ha contado desde 2010 con numerosos apoyos dentro de la UE, el más importante de los cuales es el PPE, el grupo político más numeroso en el Parlamento Europeo y que, además, cuenta con el liderazgo de la Comisión Europea (a través del luxemburgués Juncker) y el propio Parlamento (a través del italiano Tajani).

El apoyo del PPE a Orban ha sido cuestionado por varios de sus diputados, incluida la ex comisaria luxemburguesa Viviane Reding. Pero el líder del grupo parlamentario, el alemán Manfred Weber, se había situado en todo momento a favor de Orban; hasta el miércoles. Junto a las delegaciones austriaca, portuguesa, danesa, sueca, maltesa, griega, luxemburguesa y polaca, Weber votó a favor de la aplicación del artículo 7, junto a los grupos políticos de la Izquierda (GUE), los Verdes, los Socialistas y los Liberales. Por tanto, los apoyos de Orban se han reducido a las delegaciones italiana, checa y eslovena, así como con unos cuantos escaños de las delegaciones francesa, alemana, checa, eslovaca, lituana y croata, y a los grupos euroescépticos de (extrema) derecha ECR (liderado por los conservadores británicos), ENF (encabezado por el Front National francés) y EFDD (con el británico UKIP y la italiana Lega Nord como principales partidos). El PP español se ha dividido: algunos diputados se abstuvieron y tres votaron en contra del informe.

Hay mucho de estrategia en la votación sobre Hungría, dado que se acercan las elecciones europeas de mayo de 2019. Tal y como apuntaba Cristina Ares, Weber está tratando de unir tras de sí a toda la derecha europea una vez que el Partido Conservador británico y el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) salgan del Parlamento Europeo tras el Brexit. Weber serviría de mediador entre el ala moderada del PPE (representada por Merkel) y el ala radical anti-inmigración (representada por Orban), que apoyaría a Weber incluso a pesar de votar a favor de la aplicación a Hungría del artículo 7 ya que, por ahora, Fidesz continuará siendo miembro del grupo parlamentario.

El voto de Weber contra contra el Gobierno de puede entenderse como una forma de cabalgar en las contradicciones del PPE. Hoy ha contentado al ala moderada del partido; mañana le hará algún guiño al ala radical. El objetivo es mantener intacta la coalición de ambas que es el PPE de cara a las elecciones 2019. De conseguirlo, Weber será el favorito a suceder a Juncker como presidente de la Comisión Europea.

La UE ha ganado esta batalla contra la Internacional Nacionalista, pero ni mucho menos la guerra. La paz en Europa ya no sirve como recurso legitimador de la UE, cuyo consenso permisivo es cada vez más cuestionado. La Internacional Nacionalista politiza la Unión, esgrimiendo la soberanía nacional como argumento para pedir que la UE no pueda sancionar a los estados miembros que no cumplan con sus obligaciones legales. Y eso que Hungría no cumpliría hoy con los requisitos democráticos para ser país candidato a entrar en la UE.

A pesar de su derrota en el Parlamento Europeo, el mero hecho de que la ‘Internacional Nacionalista’ sea la alternativa paneuropea más visible al ‘statu quo’ es ya una victoria para ellos. ¿Dónde está la izquierda europea en este contexto? Fragmentada por el soberanismo. Ni está, ni se espera la creación de una Internacional Socialista moderna. Y sin una izquierda europea (y/o global) unida y federalista que politice de otra forma el debate europeo, con un proyecto que sirva de verdadera alternativa tanto al ‘statu quo’ como a la Internacional Nacionalista, habrá que elegir entre una UE de derechas y otra de extrema derecha. O un punto medio entre las dos: Manfred Weber.

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