La hora de los políticos, no de las elecciones

La notable sensación de desconcierto con los resultados electorales de las pasadas elecciones generales parece aumentar día a día por sus consecuencias en la vida interna de los principales partidos así como por la creciente importancia de la dimensión multi-nivel de la política española (indiscutible en su interrelación con la arena catalana). Como han señalado Oriol Bartomeus y otros especialistas del análisis electoral, es posible que eventuales elecciones en Cataluña o en España sirvan para aclarar un poco más el peso de los distintos partidos, pero las tendencias electorales de fondo están para quedarse. Aunque les pese a algunos, los trabajos de Enric Juliana o de Juan Rodríguez reinterpretando la geografía de las Españas electorales de los profesores Vallés y Oñate van a seguir vigentes todavía por un tiempo.

Además, la vuelta a las urnas en Cataluña o en España puede aclarar un poco más los respectivos panoramas de la gobernabilidad pero lo que difícilmente van a poder cambiar es la inevitable conexión entre la arena política nacional y la de aquellos territorios con hechos diferenciales (léase, especialmente, Cataluña y el País Vasco). Esta ha sido una constante que se ha repetido cada vez que no ha habido mayorías absolutas en una u otra arena política y que sigue plenamente vigente.

Así pues, sólo los partidos y sus líderes pueden sacarnos de este complejo sudoku en que estamos inmersos. Cuando antes lo comprendamos todos, mejor. Siguiendo el símil de Juan Rodríguez las posibles soluciones pasan, a mi juicio, por tres grandes escenarios con diversas variaciones. En todos ellos la dimensión multi-nivel es fundamental.   

La gran coalición entre el sur y el centro peninsular

Este ha sido expuesto, entre otros, por Mario Vargas Llosa o Enric Juliana. Se trata, siguiendo pautas de geografía electoral, de un pacto entre el gran partido del Sur (PSOE) y el principal partido del Centro (PP) para abordar una reforma constitucional en profundidad. Un acuerdo de este tipo es posible que recibiera el apoyo de Ciudadanos porque sería construido como respuesta a los desafíos planteado por el soberanismo. Mariano Rajoy y Susana Díaz serían los grandes vencedores. Sin embargo, es dudoso que una reforma de la Constitución de este tipo pudiera dar respuesta al hecho plurinacional o contar con el acuerdo de los nacionalistas periféricos. Este es pues también el escenario ideal para los partidos del Norte (Podemos y los nacionalistas periféricos) porque abriría la vía a su rechazo popular en referéndum ¿Se imaginan una nueva Constitución que no contase con el apoyo de Catalunya y Euskadi y excluyera a Podemos? La incertidumbre planteada por el rechazo de la CUP a la investidura de Mas parece condicionar hoy por hoy su viabilidad, pero podría volver con fuerza una vez pasadas unas eventuales elecciones catalanas.

La vía valenciana: el acuerdo del sur con el norte

El segundo escenario, la llamada vía valenciana, ha sido explorado en profundidad por Joan Romero. Se fundamenta en un pacto entre el gran partido del Sur y los partidos del Norte. Este acuerdo, hoy en horas bajas, debería centrarse en impulsar una agenda política basada en políticas de igualdad y justicia social. Dado el poder de veto que el PP va a mantener sobre todo cambio constitucional, este pacto difícilmente podría solucionar, a corto plazo, el problema planteado por el desafío soberanista. Este escenario cuenta con dificultades añadidas como las luchas de poder dentro del PSOE o la tentación de forzar una nueva convocatoria electoral por parte de Podemos. Unas nuevas elecciones quizás alternarían la relación de fuerzas en la izquierda pero difícilmente cambiarían el poder de veto del PP en materia constitucional. 

El pacto entre el centro y el norte: ¿gran traición o gran solución?

Como ya insinuó Astrid Barrio antes de las elecciones generales, hay que contar también con un posible pacto entre el partido del Centro y algunos partidos (nacionalistas) del Norte. Hoy por hoy esto es poco más que una herejía: Mas y ERC parecen querer seguir con el proceso a toda costa y el PP de Mariano Rajoy está en guerra abierta contra el independentismo. Además, los adversarios de CDC lo presentarían como un nuevo pacto del Majestic, del que el mismo Mas abjuró ante notario (aunque luego se retractó). De todos modos, conviene señalar que Convergència ya ha dado el primer paso al reconocer durante la campaña electoral la debilidad del independentismo para culminar el proceso.

Hay dos caminos que podrían conducir a este escenario:

Desde la arena española esta alternativa empezaría barajarse si el PSOE se mantiene firme en su negativa a investir a Rajoy u otro candidato popular. La imposibilidad de articular una gran coalición debería dar paso, antes o después de otras elecciones (con Pedro Sánchez o Susana Díaz), a un intento de articular la vía valenciana. Si los socialistas fracasen en sus intentos para llegar al gobierno esta opción ganaría muchos adeptos. Aunque es pronto para discernir la forma que podría adoptar, posiblemente comportase la investidura de otro candidato popular que, libre de los compromisos de Rajoy, fuese lo suficientemente audaz para negociar importantes cambios Constitucionales que garantizasen, de entrada, tanto el apoyo de Ciudadanos como de los partidos (nacionalistas) del Norte a una legislatura necesariamente corta.

En la arena catalana esta opción podría ser la gran baza política de una CDC que tuviera que concurrir en solitario y/o perdiera unas eventuales elecciones catalanas. Con o sin Mas los convergentes podrían seguir una estrategia parecida a la utilizada en la reforma del Estatuto: pactar con un futuro gobierno español ambiciosos cambios constitucionales y presentarse ante los electores como los artífices de un nuevo estatus de Cataluña en España. Sin embargo, CDC seguramente preferiría llegar a un escenario de este tipo con Mas en la presidencia de la Generalitat. La protección institucional que nuestro sistema parlamentario otorga al presidente le permitirían culminar con mayores garantías la refundación de Convergència, controlar su sucesión y, llegado el caso, vender mejor su nuevo giro político.

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