La historia de España ni es excepcional ni irreversible

El título de la obra, España: la historia de una frustración, no llama a engaño al lector. El último libro del profesor Josep. M. Colomer intenta explicar que los numerosos problemas que aquejan al Estado son producto del fracaso de España a la hora de constituir un Estado nacional exitoso. El autor lo aborda mediante una aplicación del institucionalismo histórico a la construcción del Estado en España desde el siglo XVI. De forma coherente con esta perspectiva teórica, que defiende que la historia importa y que las decisiones del pasado limitan el margen de maniobra en el presente, el libro explica que el temprano fracaso en la construcción estatal es excepcional en Europa puesto que España sería el único proyecto que trató de “construir el Imperio antes que el Estado”, poniendo así “la carreta antes que los bueyes”. Este fracaso habría dejado secuelas casi irreversibles en forma de un Estado débil, incapaz de nacionalizar a la población en el siglo XIX y de construir una democracia duradera hasta el último tercio del siglo XX.

Esta tesis le sirve al autor para explicar de manera coherente que la debilidad del Estado también ha dificultado la aparición de movimientos de protesta y oposición constructivos, y que tanto las estrategias anti-hegemónicas –carlismo o anarquismo– como las respuestas de restablecimiento del orden central –pronunciamientos y guerras civiles– hayan sido siempre extremadamente violentas. La actual democracia de baja calidad sería poco menos que un espejismo en cinco siglos de fracaso que no dejaría de manifestar los problemas clásicos –neocaciquismo y tensiones territoriales– y cuyas costuras están saltando fruto de la gran recesión. Sin embargo, el autor considera que el fracaso del proyecto nacionalizador puede ser una ventaja de España ante los retos de la gobernanza supranacional en el siglo XXI. Con todo, y a pesar de ofrecer conclusiones rotundas, el libro no consigue convencer al lector ni de la excepcionalidad del caso español ni de lo irreversible de los factores históricos analizados frente a las decisiones contextuales de cada periodo histórico.

La tesis principal del libro es que la causa de la debilidad del Estado español se remonta al siglo XVI y a la construcción de un imperio europeo y atlántico. Aunque la idea de que la España de la era moderna no es el estado omnipotente de la historiografía franquista sino un imperio sobreextendido incapaz de atender todos sus frentes no es novedosa, sí que resulta ambicioso tratar de explicar la huella de esta historia imperial en el modelo de Estado. Dicho esto, la interpretación histórica del libro es demasiado simplificadora. La obra parece asumir que sólo existe un camino hacia el Estado moderno que vendría encarnada por el ejemplo británico, en una visión también popularizada por Acemoglu y Robinson. En este sentido, el único momento en que el autor realiza una comparación explícita es para referirse al Imperio Británico, explicando que hasta el siglo XVIII la historia del Reino Unido y de España aún no son tan diferentes. El sociólogo Charles Tilly demostró, sin embargo, que la construcción de los estados europeos no sigue un patrón único, sino que existen diferentes modelos en función de la mayor o menor acumulación de capacidad coercitiva y económica. Así, el modelo de Estado “largo y estrecho” tampoco es excepcional si se observan los casos de Prusia, Rusia o Polonia. Sorprendentemente, el libro pasa casi de puntillas por la compleja historia política del siglo XIX, quizá el auténtico siglo de excepcionalidad de España, si bien incluso el modelo de Estado más intenso en coerción que en capital y de pronunciamientos también es común a Portugal y los Balcanes. Aunque seguramente muchos podemos coincidir con el profesor Colomer en que otros modelos de construcción del Estado son normativamente preferibles, no parece cierto que la vía española sea una excepcionalidad que nos aleje de la modernidad europea.

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El libro tampoco convence de la irreversibilidad de este pasado al no incorporar la sociología política como correlato del institucionalismo histórico. Si es innegable que España construye al menos a la vez el imperio y el Estado, también lo es que España es el gran Estado europeo que antes pierde su imperio colonial, lo que podría haber permitido procesos nacionalizadores o modernizadores más intensos. A la hora de explicar por qué dichos procesos no fueron posibles, el libro opta por un relato fuertemente estructuralista sin prestar apenas atención –excepción hecha de las tres primeras décadas del siglo XX– a las estrategias de los actores. Es sorprendente que el autor que tan magistralmente analiza las estrategias de los actores de la Transición en El arte de la manipulación política opte por una lectura que invisibiliza las decisiones de los actores, la formación de coaliciones o el uso de las instituciones por ciertos intereses en perjuicio de otros.

En este sentido, si España no conoció una revolución industrial comparable a la de otros estados europeos en el siglo XIX puede que tenga menos que ver con una debilidad del Estado heredada del fracaso imperial como con las coaliciones que consiguieron imponerse. A modo de ejemplo, hagamos un breve viaje a la provincia de Málaga. Para sorpresa de muchos veraneantes, la Costa del Sol –denostada por la convergencia de un modelo turístico de bajo valor añadido, poco sostenible ambientalmente y favorecedor de la corrupción– se encuentra salpicada de altas chimeneas industriales a pie de playa. Son testimonio de la historia de un modelo de industrialización que podría haber sido enteramente diferente. Si un comando de funcionarios del Ministerio del Tiempo hubiera podido salvar del exilio al general Espartero en 1843, evitando la aplicación de políticas proteccionistas, la incipiente industria malagueña podría haber importado carbón barato de Inglaterra y Bélgica en lugar del más caro carbón de Asturias. La preferencia gubernamental por el carbón nacional junto con el cierre de mercados para los bienes industriales andaluces condujo al declive de los altos hornos de la provincia dando lugar, a término, al modelo orientado a los servicios turísticos en lugar de a la industria pesada. Podemos imaginar la diferencia de la historia de España si el siglo XIX hubiera estado caracterizado por el liderazgo de una burguesía andaluza exportadora de origen extranjero –Heredia, Loring, Larios, Grund, Gross, Osborne– en lugar de por un pacto inestable entre aristócratas cerealeros castellanos e industriales catalanes.

La insistencia en la excepcionalidad e irreversibilidad de un Estado débil lleva a algunas interpretaciones discutibles sobre la actualidad. La fuerte diferenciación del proceso de construcción nacional respecto a los modelos de la Europa noroccidental no lo hace menos moderno y la disputada hegemonía del proyecto nacional del Estado central no lo hace necesariamente incapaz de mantener su modelo. La larguísima tensión centrífuga-centrípeta ilustra este argumento: ni los proyectos nacionales alternativos son capaces de constituir una amenaza real al Estado central ni éste es capaz de erradicar los movimientos que le disputan la hegemonía. En todo caso, la reflexión sobre la posibilidad de romper con este equilibrio pernicioso en un marco supranacional es absolutamente pertinente.

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