La globalización del siglo XXI: reseña del libro de R. Baldwin

¿Qué pasaría si al hablar de la globalización no nos refiriésemos al intercambio de bienes e inversiones sino a la transmisión de conocimiento a lo largo del planeta? ¿Qué cabría esperar cuando en lugar de intercambiar bienes y flujos monetarios, los países moviesen ideas y conocimiento de un sitio a otro? Éstas son las preguntas a las que se enfrenta Richard Baldwin en su último libro, la “The Great Convergence“. A lo largo de su última obra, uno de los mayores expertos en el proceso globalizador nos ofrece una explicación acerca de las raíces últimas que estarían detrás tanto de los patrones de crecimiento de los países a lo largo de la historia, como de las causas que han llevado a que cada vez más países hayan podido integrarse en la economía mundial, hayan sacado a buena parte de sus poblaciones de la extrema pobreza, y estén mejorando sus niveles de bienestar a ritmos superiores a los experimentados anteriormente por las economías avanzadas.

De acuerdo a esto, ¿qué es lo que explicaría el proceso de convergencia tan acelerado que están viviendo las potencias emergentes desde principios de la década de los 90? Desde una visión propia del siglo XX, diríamos que la paulatina reducción en los costes de transporte, así como la caída drástica de los costes de comunicación entre diferentes partes del mundo, estarían ayudando a que los países en vías de desarrollo pudiesen explotar sus ventajas comparativas haciéndoles cada vez más competitivos. Sin embargo, Baldwin nos explica que el fenómeno de convergencia que estamos presenciando es mucho más profundo y complejo. Y lo cierto es que, si sólo la reducción de costes de transporte y comunicación fuese la causante del fuerte crecimiento que estamos viendo en las últimas décadas, no cabría esperar una convergencia tan rápida entre países ricos y pobres. Esto es, por mucho que los países (en desarrollo) poseyeran ventaja en sus costes de producción y un mejor acceso a grandes mercados de consumo gracias a los menores costes de transporte, la amplia dotación de factores productivos y los niveles de innovación y riqueza de las economías avanzadas, impedirían que las divergencias entre ambos grupos de países apenas se redujesen, tal y como ocurrió hasta la década de los 80 del siglo XX en la denominada “Gran Divergencia”.

Entonces, ¿por qué si las siete potencias más ricas llegaron a alcanzar casi el 69% del PIB mundial en 1993, en la actualidad únicamente representan en torno al 45% de dicho PIB? La respuesta que baraja Baldwin sería la adquisición por parte de las potencias emergentes del know-how generado durante décadas en las economías avanzadas, todo ello gracias a la transformación de las cadenas de producción y montaje a nivel internacional.

Estas nuevas cadenas de valor globales han permitido la combinación de altos niveles de know-how, que hasta el momento eran propios de las economías avanzadas, con los bajos salarios de los países emergentes. Es decir, no sólo la deslocalización de empresas internacionales hacia los países emergentes ha favorecido que éstos últimos puedan realizar actividades y generar productos que a las economías avanzadas les llevó muchos años desarrollar.  Sino que, además, estos países han adaptado sus procesos productivos y han enfocado sus mercados laborales hacia la atracción del talento y la captación del conocimiento albergado en las empresas internacionales pertenecientes a las economías avanzadas.  Esto ha permitido que los países emergentes no tengan que desarrollar toda una base de producción nacional para, posteriormente, pegar el salto a los mercados internacionales. Sino que, por el contrario, únicamente se han tenido que preocupar por captar, en un período de tiempo muy breve, fases muy específicas del proceso productivo de las empresas multinacionales, creando con ello todo un entramado (de know-how) productivo en torno a dichas fases de producción. Esto ha potenciado que aparezca una mayor proporción de comercio Norte-Sur debido a que las empresas venden sus productos en los mercados ricos del Norte, pero haciendo uso de los inputs que provienen desde el Sur. De hecho, ya no sólo está surgiendo este tipo de comercio, sino que cada vez tiene más relevancia el comercio Sur-Sur, pues empresas internacionales pertenecientes al Sur, especialmente las chinas, también están deslocalizando parte de sus procesos productivos hacia otros países (Vietnam, Indonesia) cuyos costes de producción son aún menores.

Este fenómeno ha sido totalmente disruptivo en las economías desarrolladas, las cuáles todavía siguen pensando que el proceso globalizador tiene las mismas características del siglo XX. Pero lo cierto es que estamos ante una etapa radicalmente nueva que nos ha abierto las puertas hacia la globalización del siglo XXI. Ésta se distingue por dar un mayor rol a las empresas internacionales, alterando con ello los métodos de producción de una manera mucho más fina y detallada que en épocas anteriores. Mientras en la globalización del s.XX, los países organizaban sus estructuras para competir a nivel sectorial explotando sus ventajas comparativas, en la nueva globalización son las empresas las que combinan los factores nacionales de la mejor manera posible, con el fin de potenciar su competitividad en los mercados mundiales. En cierto modo, estaríamos presenciando un proceso de desnacionalización de las ventajas comparativas, pues ya no son sólo los sectores y los factores nacionales los que estarían dictando los bienes y servicios en los que un país tendría que especializarse. Por el contrario, ahora serían determinadas fases del proceso productivo, así como las ocupaciones que éstas engloban, las que se verían afectadas positiva o negativamente por este nuevo fenómeno. Podríamos decir que la nueva globalización se ha vuelto más individual, impredecible e incontrolable, ya que, a diferencia con la anterior etapa en la que los trabajadores de un determinado sector se veían premiados o castigados con la apertura, la nueva globalización está provocando que los impactos sean muy diferentes dentro de cada uno de los sectores. Por ejemplo, un trabajador con la misma formación y experiencia que otro, puede verse afectado por los cambios inesperados de la globalización, simplemente porque sea su ocupación o la fase productiva en la que se encuentre, la que finalmente se deslocalice hacia otro país. Esto acaba perjudicando al trabajador de forma individual, pero posiblemente esté beneficiando a la empresa en su conjunto. En otras palabras, la nueva globalización ha hecho que resulte más difícil identificar quienes serán los nuevos ganadores y perdedores.

Además, este proceso no ha sido fortuito. Éste no habría podido llevarse a cabo de no ser por la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Éstas han roto con el monopolio que los países G7 han tenido tradicionalmente sobre el know-how existente, posibilitando tanto la reducción de los costes de transmisión de ideas, como la coordinación entre dos individuos que pertenecen a la misma empresa pero que se encuentran geográficamente muy separados. Ello no quiere decir que la distancia ya no juegue un rol en las relaciones internacionales, sino todo lo contrario. Pese a los avances en la comunicación a distancia, sigue habiendo lugares cuya posición geográfica es crucial. A la hora de entablar viajes de negocios o mejorar la coordinación entre plantas de una misma empresa, se tienden a escoger los lugares que pueden ser accesibles en uno o dos días de viaje. Sin embargo, a diferencia con la anterior etapa globalizadora, los nuevos lugares que se escogen para establecer las nuevas cadenas de montaje, suponen ser una combinación de bajos costes de producción, con la posibilidad de poder transmitir fácilmente el know-how desde los países avanzados. Ejemplos de esto los encontraríamos en Alemania con Polonia, EE.UU. con Méjico, y  Japón con China y Vietnam. Es decir, en cierto modo podemos decir que la influencia de la distancia sobre las relaciones internacionales no es que sea menor, sino que, simplemente, ha cambiado.

Dentro de todo este contexto y si aparte le sumamos el estancamiento que están viviendo los países desarrollados desde hace ya varios años, no es de extrañar que las últimas dos décadas hayan presenciado un proceso de “Gran Convergencia” de rentas entre países del Norte y del Sur.

El libro que Baldwin nos presenta resulta ser una obra necesaria y magistral para aquellos que quieran entender las raíces últimas del proceso globalizador. El uso abundante de datos y gráficos, la explicación de fenómenos recurriendo en todo momento a la teoría económica, y los análisis históricos y de prospectiva que realiza el autor a lo largo de sus páginas, confieren a su obra de un rigor raramente visto en libros divulgativos que traten acerca de la globalización.

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