La esfera pública europea ante los miedos de la CDU

Mucho ruido y pocas nueces. Así valora el analista y profesor de Oxford Timothy Garton-Ash el diálogo entre Macron y Schulz sobre los ambiciosos planes de reforma que ambos líderes llevan semanas avanzando. Garton-Ash considera que los líderes europeos hablan demasiado y les invita a proclamar un año de silencio más que de activismo sobre el futuro Europa, al cabo del cual podrán compartir sus reflexiones. El autor concluye señalando que si lo hicieran comprenderían que la realidad política no se presta a un proyecto federalizante y que cualquier proceso de reforma será incremental y no hará más que complicar la ya difícil gobernanza de la UE. Se trata por lo tanto de abandonar a la vez la idea federalista de una integración cada vez más estrecha entre los pueblos, pero también el miedo funcionalista de que todo lo que no suponga un avance es un retroceso. En su lugar el autor reivindica la tradición burkeana y propone adoptar una estrategia de conservación y mejora paulatina, orgánica, de la Europa realmente existente.

Esta última es una respuesta directa a la propuesta de Macron que en su discurso de la Sorbona  propuso articular “una visión coherente, ambiciosa, proponer un camino y un horizonte” para el futuro de Europa. Visión que el recién confirmado líder de los socialdemócratas alemanes, Martin Schulz, redobla al establecer como prioridad para su partido la creación de los Estados Unidos de Europa para 2025. Ambas propuestas son planes completos y con una fecha de realización que ejemplifican lo que Garton Ash considera planes dirigistas llamados a fracasar.

El argumento de Garton Ash es interesante porque se sitúa en contraste con la mayor parte de análisis que ven una “ventana de oportunidad” para profundizar la integración europea entre las elecciones francesas y alemanas y las elecciones europeas de mayo de 2019. Los resultados electorales sin embargo han abierto una ventana menos amplia de lo esperado por muchos, y no como resultado del sistema político francés – transformado en “sospechoso habitual al que Macron se encarga de defender – sino de la muy estable democracia alemana, donde sigue sin formarse gobierno más de dos meses después de las elecciones. Por ello es espacialmente interesante que la negociación para la reedición de la gran coalición se haya relacionado directamente con el escenario de reforma de la UE pues Schulz ha demandado a la canciller que responda de manera positiva al   plan del presidente francés como contrapartida a la impopularidad de la gran coalición entre las bases del SPD.

La capacidad de Macron de condicionar el debate interno en el resto de Estados – efectos similares puede tener su propuesta de debatir las reformas en Convenciones democráticas – es uno de los aspectos que Habermas ha considerado innovadores en el debate que propone Macron. Este escenario dibuja un horizonte inédito desde hace más de 15 años: uno en el que Francia es el Estado con un gobierno más cohesionado y que asume el liderazgo en las propuestas. Junto con la reflexión abierta por Juncker sobre el futuro de Europa y el simbolismo del término “Estados Unidos de Europa” y la noción de Convención de Macron da la impresión que estamos ante un momento constituyente.

¿Hay motivos para tanta ambición? ¿No tiene razón Garton Ash sobre el alcance habitualmente limitado de las grandes reflexiones sobre el futuro? Después de todo, desde 1992 la UE ha vivido 5 reformas de tipo incremental y que han estado muy lejos de generar entusiasmo entre el proyecto de los ciudadanos. Sin ninguna intención de jugar a futurólogo, resulta sin embargo probable que en el actual contexto de crecimiento económico y horizonte electoral estable en los grandes Estados se abra algún proceso de reforma. De alguna manera el propio Macron anticipa de manera transparente el posible equilibrio: algunos elementos federadores para la gobernanza del euro para Francia a cambio de una reforma del Tratado que garantice los elementos de disciplina que Alemania ambiciona desde hace años.

En buena medida parte de las grandes expectativas tienen que ver con los aspectos simbólicamente federales del discurso de Macron: una Comisión más reducida, unas elecciones con listas paneuropeas en 2019, símbolos europeos en las Olimpiadas de Paris de 2020…  Además, Macron pronuncia una frase significativa que confirma su alejamiento del nuevo intergubernamentalismo con el que la UE ha gestionado la crisis: “la Unión no es una comunidad de copropietarios”. Sin embargo y sin dudar de la sinceridad del compromiso europeísta de Macron se plantean dos grandes obstáculos, que van más allá del argumento del presidente francés sobre que hay más diferencias de matiz que de fondo entre los gobiernos.

El primero, y más evidente, es el que señala Habermas en el artículo de la semana pasada: la CDU ya no es la de los tiempos de Kohl y la canciller forma parte de la franja más europeísta de su partido. Buena parte de sus votantes han castigado su gestión de la crisis del euro por considerar que ha expuesto demasiado a Alemania a los peligros de la deuda griega. Se entiende por lo tanto que apoyar una integración federal que incorpore una “unión de riesgo fiscal” tendrá un coste político importante para la canciller.

En segundo lugar, y quizá, sobre todo, no es acertado caracterizar la propuesta de Macron de federalista. El presidente francés si bien Macron puede estar desarrollando un nuevo método de integración europea que podríamos denominar “funcionalismo de gobierno”. Macron argumenta que Europa pasa demasiado tiempo hablando sobre métodos y procesos y demasiado poco de contenidos y de políticas concretas. En este sentido su discurso de la Sorbona se llena de propuestas precisas de áreas en las cuales la UE podría mejorar la eficiencia de la intervención estatal, de la defensa a la protección civil pasando por la investigación o la armonización de normas de mercado. Macron además propone sin ambages que la única respuesta posible al Brexit es una mayor integración liderada por Francia y Alemania, abierta a todos los Estados, pero en la cual aquellos que no quieran avanzar no puedan limitar a los demás y designa específicamente como miembros de dicho núcleo la Europa carolingia ampliada a la península ibérica. En esta propuesta, la iniciativa política para los proyectos concretos ha pasado definitivamente de la Comisión a un a un directorio de jefes de gobierno que se unen para desafiar a los populismos rampantes haciendo saltar las líneas partidistas tradicionales y ofreciendo nuevas políticas a los ciudadanos

Parece por lo tanto muy improbable que este proceso termine por confirmar la llegada de unos “Estados Unidos de Europa” en 2025. Pero quizá por otra parte el conservadurismo de Garton Ash tampoco está justificado, en la medida en que la casa común europea no tiene solamente goteras, sino que el aparecen grietas estructurales y necesita una reforma más importante. El discurso de Macron tendrá por lo menos el mérito de haber enfatizado que después de una década de parches quizá sea hora de hablar de hablar de la UE como una entidad política.

Autoría

1 Comentario

  1. Arseni Gibert
    Arseni Gibert 12-16-2017

    En general, leo con placer i admiro a Garton Ash pero su análisis (el que deduzco del artículo) puede que en esta ocasión sea algo euro-endogámico. No me parece que el futuro de Europa se tenga que pensar en clave interna: “como es”, “que es posible hacer”, “cuáles y cuántos obstáculos y resistencias hay” o “método y ritmos viables o no viables”. Creo por el contrario que el futuro de Europa solo se puede pensar poniendo en primer plano su capacidad -o incapacidad- de digestión y adaptación a la realidad externa, a la vertiginosa evolución de la globalización y la revolución tecnológica. Que el clásico “dos pasos adelante y uno atrás para ir avanzando” ya no es válido. Admito que tal vez yo esté algo deslumbrado por Macron, pero constatar que Haabermas también, me lleva al atrevimiento de formular este comentario. La expresión “funcionalismo de gobierno” como método me parece una hipótesis dinámica. Me gusta. Creo intuir que la urgencia exige un cambio de ritmo. Riesgos incluidos.

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