La economía americana después de las ‘midterms’

Los resultados de las elecciones legislativas celebradas en Estados Unidos han deparado un mapa electoral dividido, sin apoyos absolutos ni a demócratas ni a republicanos. Conviene recordar qué estaba en juego en las votaciones de ayer. Se elegían, en primer lugar, los 435 escaños de la Cámara de Representantes; ahí los republicanos tenían una clara mayoría de 241 escaños frente a 194. Los resultados muestran un giro a favor de los demócratas en el Congreso.

Así pues, puede afirmarse que, sin que haya producido la llamada marea azul, los demócratas se han apuntado una pequeña victoria frente a Trump. La derrota era previsible -las legislativas suelen penalizar al partido que está en el poder- y no puede decirse que haya sido particularmente abultada.

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Para comprender las implicaciones económicas de estos resultados debemos valorar, en primer lugar, de dónde viene Estados Unidos en los últimos trimestres. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), la economía americana cerrará 2018 con un crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) del 2.9%, uno de los más altos entre los países avanzados. Su tasa de paro está situada en el 3.7% y se espera que se siga reduciendo en 2019 y 2020. El Dow Jones se situaba hace un año en torno a los 23.000 puntos; hoy está por encima de los 25.000, tras haber rozado los 27.000. La inflación, por su parte, apenas superará el 2% a final de año, según el FMI.

A la luz de estos datos, puede afirmarse que la agenda económica del presidente Trump está siendo un éxito. Sus recortes fiscales han sido acogidos con alegría por la base republicana y, según muchos analistas, favorecerán un incremento del crecimiento potencial de Estados Unidos en el próximo quinquenio. Su estrategia exterior, proteccionista con sectores como el acerero y el metalúrgico, le ha permitido mantener el apoyo de aquellos grupos anti-globalización que le llevaron a la Casa Blanca, sin un efecto sensible sobre el crecimiento. No puede negarse que, mientras llega la respuesta comercial de los socios de Estados Unidos, el efecto doméstico de la política comercial está siendo favorable a los intereses electorales del partido republicano. El buen momento del ciclo económico, adecuadamente aprovechado por la Administración Trump, muestra una economía dinámica y robusta.

Las implicaciones de la nueva composición del Congreso y del Senado para este dinamismo serán cuatro, fundamentalmente:

  • La perspectiva de un nuevo estímulo fiscal parece desvanecerse. Una victoria republicana en la Cámara de Representantes habría abierto la puerta a una nueva ronda de rebajas impositivas. Sí parece factible, sin embargo, que el nuevo Congreso acepte un programa de inversión en infraestructuras; habrá que ver si los demócratas están dispuestos a poner en marcha un estímulo keynesiano a dos años de las elecciones presidenciales.
  • La firma de nuevos acuerdos comerciales pudiera verse ralentizada. Desde el punto de vista político, parece poco probable que un Congreso demócrata permita al Gobierno de Trump apuntarse un nuevo tanto como el del USMCA. Desde el económico, queda por ver si la mayoría demócrata se muestra más globalista o nacionalista, como Sanders y Clinton apuntaron en varios momentos de la campaña presidencial.
  • Como consecuencia de todo lo anterior, en 2019 debe esperarse una cierta desaceleración del crecimiento americano. Los vientos de cola de la rebaja fiscal comienzan a amainar… y, sin nuevos estímulos, lo lógico es que el se sitúe en el 2.5% como apuntan casi todos los organismos de análisis.
  • Desde el punto de vista de los mercados financieros, el bloqueo del Congreso podría alejar a potenciales inversores. Económicamente, significaría una caída de los índices bursátiles y una moderación del dólar. Políticamente, podría ser un problema para el presidente Trump, que muchas veces ha medido el éxito de su Presidencia en función de la evolución de los mercados de equity.

Junto al Congreso de mayoría demócrata, la Administración Trump va a tener que lidiar con otras dos amenazas que ensombrecen el horizonte económico del país: la subida de tipos de interés y las relaciones comerciales y financieras con China.

La Reserva Federal está inmersa en un proceso de normalización monetaria que debería ralentizar el crecimiento americano en los próximos trimestres. Ni siquiera las declaraciones del presidente, asegurando que la Reserva Federal (el banco central estadounidense) “se ha vuelto loca” podrían frenar un proceso inevitable. Es necesario generar espacio monetario para la próxima recesión y evitar que la inflación se dispare a corto plazo.

La relación comercial con China amenaza la estabilidad americana por dos motivos. En primer lugar, porque el gigante asiático es uno de los principales financiadores del déficit americano, a través la adquisición de treasuries. En segundo lugar, porque los vínculos comerciales y de inversión privados existentes hacen a la economía americana vulnerable a la respuesta China respecto de las medidas proteccionistas aprobadas en los últimos meses. Es cierto que China tiene, posiblemente, más que perder en ese intercambio. Pero eso no significa que Estados Unidos no pueda verse afectado por una guerra comercial entre ambas potencias.

El escenario global dibujado tras las elecciones no cambia demasiado las cosas. Las principales amenazas siguen vigentes. El trumpismo sigue gozando de una razonable buena salud. Los demócratas no han conseguido capitalizar los errores del presidente y su equipo; siguen atrapados en la dialéctica derecha-izquierda, cuando el debate ha virado a lo nacional versus lo global.

Un cambio de inquilino en la Casa Blanca en 2020 requiere de dos cosas. Primero, los demócratas necesitan un proyecto que movilice a su electorado y un liderazgo claro y fuerte. Segundo, el ciclo expansivo de la economía americana debe debilitarse o llegar a su fin. Si no se dan ambas condiciones, parece probable que tengamos cuatro años más de proteccionismo trumpista en la Casa Blanca.

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